“Como yo os he amado”


Barbara Thompson
El amor y el servicio es lo que nos distingue como discípulos de Cristo.

Una vez tuve una compañera de cuarto que era una persona encantadora, pero parecía que casi todo lo que yo hacía le molestaba. Yo pensaba: “¿Cómo es posible que yo la moleste? Soy una persona con quien es fácil convivir, ¿no es verdad?”.

Ya que ella no me estimaba mucho, usé eso como excusa para no quererla a ella tampoco. Afortunadamente, recordé el consejo que un obispo había dado en una reunión sacramental cuando yo iba a la universidad. Recuerdo su consejo vívidamente: “Si no quieres mucho a una persona, quizás sea que no le has prestado suficiente servicio; si sirves a una persona, la amarás”.

Después de pensar en el consejo de mi obispo, decidí que tenía que prestar servicio a esa compañera y poner a prueba el consejo del obispo. Comencé a buscar pequeñas formas de ayudar a mi compañera, de ser amable con ella y de ser más receptiva a sus necesidades y deseos.

Entonces, casi de inmediato, ¡sucedió un milagro! Me di cuenta de que yo realmente la quería. Ella era una persona maravillosa y talentosa. Era una bendición para mí compartir mi apartamento con ella. Estaba sorprendida de cómo mi punto de vista había cambiado en tan poco tiempo.

Amar y prestar servicio a los demás

Al analizar Juan 13, aprendemos algunas de las lecciones más importantes que el Salvador enseñó durante Su ministerio terrenal, entre ellas se encuentran:

  1. 1.

    Servirse los unos a los otros.

  2. 2.

    Amarse los unos a los otros.

Cuando el Salvador y Sus apóstoles se reunieron para la cena de Pascua, es probable que el ambiente que reinaba en la habitación haya sido de gran tristeza. El Salvador sabía que estaba a punto de ser entregado y crucificado. Estoy segura de que aun cuando los apóstoles no entendían la trascendencia de los acontecimientos de esa noche, pronto conocerían y comprenderían mejor la misión del Salvador.

Después de la cena, Jesús tomó una toalla, vertió agua en una vasija y lavó los pies de cada uno de los hombres que estaban presentes. El Salvador les lavó los pies con reverencia y humildad mientras, sin duda, albergaba sentimientos de tristeza por los eventos que pronto ocurrirían, incluso la traición inminente.

Pedro, sabiendo que Jesús era el Mesías y el Salvador prometido, quería servir al Señor en vez de que el Señor lo sirviera a él. “Si no te lavo”, dijo el Salvador, “no tendrás parte conmigo” (Juan 13:8). Entonces Pedro prontamente aceptó el amoroso servicio del Salvador.

Después, Jesús explicó:

“Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy.

“Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.

“Porque ejemplo os he dado, para que así como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:13–15).

Jesús quería que los Doce aprendieran, y desea que cada uno de nosotros aprendamos, que la humildad y el servicio son características encomiables que debemos tratar de adquirir. Él enseñó que nadie es demasiado importante como para no prestar servicio a los demás. De hecho, una de las cosas que nos engrandece es nuestra disposición a servir y a dar de nosotros mismos. Como dijo el Salvador: “El que es el mayor entre vosotros será vuestro siervo” (Mateo 23:11; véase también Lucas 22:26).

Seguir el ejemplo del Salvador

Esto nos recuerda el servicio que se prestó después de algunos desastres naturales ocurridos durante los meses y años pasados. Hemos sido testigos de tormentas, terremotos, hambruna y pestilencia. Hay muchos relatos de personas que, aun cuando ellos también sufrían, ayudaron a otras personas que estaban heridas, enfermas o con alguna otra necesidad.

Después de que un terremoto en Perú destruyó los hogares de miles de personas, un obispo dejó las ruinas de su propia casa y se apresuró para ver cómo estaban los miembros de su barrio, y para bendecir y consolar a su pequeño rebaño.

Aun cuando una madre en Haití lloraba la pérdida de los miembros de su propia familia después de un terremoto, tendió la mano para ayudar a calmar los temores y aliviar los corazones destrozados de las demás personas al fortalecer a los sobrevivientes y ayudarlos a conseguir alimentos y refugio.

Los jóvenes adultos de Chile se apresuraron a ayudar a distribuir comida y suministros a aquellos que habían sido más afectados por un terremoto en esa región. Al prestar servicio, las caras felices y manos dispuestas de esos miembros ocultaban el hecho de que sus circunstancias personales también eran precarias.

Todas esas personas y muchas otras siguieron la súplica del Salvador de que “así como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15). Más adelante, en el capítulo 13 de Juan, leemos:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (versículos 34–35).

¿Han notado con cuánta frecuencia los líderes de la Iglesia —desde el presidente Thomas S. Monson hasta los Doce Apóstoles, las presidencias locales, los obispados y los maestros— expresan su amor por aquellos a quienes sirven? Ese amor viene por seguir el ejemplo del Salvador.

El servir a los demás es la manera en que demostramos amor por ellos. Tal vez el amor y el servicio sean exactamente lo mismo. Verdaderamente, eso es lo que nos distingue como discípulos de Cristo.

Extender amor semejante al de Cristo

“Amemos en todo momento; y en especial, tendamos una mano a nuestros hermanos y hermanas durante épocas de adversidad…

“Al extender nuestras manos y nuestro corazón hacia los demás con amor semejante al de Cristo, nos sucede algo maravilloso. Nuestro propio espíritu es sanado y se vuelve más refinado y más fuerte; somos más felices, tenemos más paz y somos más receptivos a los susurros del Santo Espíritu”.

Véase presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “Ustedes son Mis manos” Liahona, mayo de 2010, pág. 75.

Jesús quería que los Doce aprendieran, y desea que cada uno de nosotros aprendamos, que la humildad y el servicio son características encomiables que debemos tratar de adquirir. Él enseñó que nadie es demasiado importante como para no prestar servicio a los demás.

Detalle de Dejad a los niños venir a Mí, por Carl Heinrich Bloch, cortesía del Museo Histórico Nacional de Frederiksborg en Hillerød, Dinamarca.

Jesús lavando los pies de los Apóstoles, por Del Parson © IRI.