Nuestro hogar, nuestra familia

Una fiel pionera, muchas generaciones bendecidas


Una fiel pionera, muchas generaciones bendecidas

Cuando tenía quince años, mi padre y yo salimos a caminar un domingo por la tarde. De repente, mi padre se detuvo y sugirió que fuésemos a la iglesia mormona. Me sorprendió, pero, por curiosidad, fui con él. El coro estaba cantando un himno hermoso; nunca había oído algo tan conmovedor.

Después de la canción, un misionero se puso de pie y dio un discurso sobre la Trinidad. Más tarde, él habló unos minutos con mi padre y conmigo.

No volví a la Iglesia hasta un año después cuando fui a aprender inglés con los misioneros. Al terminar cada una de las clases de inglés, la conversación derivaba a temas religiosos. Los misioneros me enseñaron en cuanto al Evangelio y la manera de orar a Dios el Padre en el nombre de Jesucristo. Me hablaron de la restauración del Evangelio por medio del profeta José Smith, de la salida a luz del Libro de Mormón y de muchos otros principios del Evangelio.

Todo era muy nuevo para mí, pero a la vez sonaba familiar. Estudié las Escrituras con detenimiento y oré con sinceridad para recibir esclarecimiento, y lo obtuve.

Mi padre notó un cambio en mí, pero cuando se dio cuenta de que estaba considerando la Iglesia seriamente, se enojó y me prohibió que fuera a la Iglesia. Yo iba de todos modos y, con frecuencia, él enviaba a mi hermano para que me buscara en el transcurso de las reuniones.

Cuando cumplí los 17 años, mi padre me preguntó qué quería para mi cumpleaños. Le dije que quería su permiso para bautizarme. Golpeó la mesa con el puño y gritó: “¡Nunca!”.

Para entonces, mis padres se habían unido a una iglesia diferente. Mi padre mandó al ministro de su iglesia y a otros a hablar conmigo, pero yo me mantenía firme en mi testimonio del Evangelio. Mi padre me dijo que yo era una deshonra para la familia y se me obligó a irme de mi casa. Me quedé una semana en casa de una de las hermanas de la Sociedad de Socorro. Durante ese tiempo, el corazón de mi padre se ablandó y me permitió volver a casa.

En unos meses, mi padre se dio cuenta de que nada me despojaría del testimonio que tenía del Evangelio, así que me dio permiso para bautizarme. Mi alegría y felicidad eran tan grandes que mi padre quedó profundamente impresionado; incluso quiso ir conmigo a Oslo para asistir a mi bautismo.

Durante todo ese tiempo, mi madre no decía mucho, pero me daba cuenta de que ella creía que el Evangelio era verdadero. Pasamos muchas horas juntas hablando acerca del Evangelio.

Sin embargo, la batalla en casa no había concluido. Mi padre no quería escucharme. Yo dejaba folletos en su mesa de luz, pues él siempre leía hasta tarde en la noche. Con frecuencia invitaba a los misioneros a casa y ellos hablaban con mi padre, pero nada parecía ayudar.

Un día, mi padre me preguntó: “¿Tú oras?”. Le dije que oraba todos los días para que sus ojos fueran abiertos y reconociera la veracidad del Evangelio. Respondió que todo eso venía del diablo, pero luego dijo: “Oremos juntos”.

Le dije: “Está bien; tú ora a tu Dios y yo oraré a mi Dios, y veremos quién responde primero”. Y así lo hicimos.

Poco después comencé a notar que él estaba leyendo los folletos y el Libro de Mormón. Fue a la Iglesia varias veces conmigo, pero nunca hablaba al respecto ni me demostraba que sus creencias hubieran cambiado. Sin embargo, era raro que pasara un día sin que habláramos de diferentes principios del Evangelio.

Un día, después de tres años de lo mismo, me dijo que iba a Oslo y que quería que yo lo acompañase. Cuando llegamos a la estación, uno de los misioneros locales se encontraba allí. Le pregunté a dónde iba.

El misionero dijo: “¿No lo sabes? Voy a bautizar a tu padre”.

¡Lloré y me reí! Un mes más tarde, mi madre y mi hermano menor también se bautizaron. Poco tiempo después, mi hermana y su esposo se unieron a la Iglesia, al igual que tres de mis hermanos.

La fiel posteridad de Sara Elvira Eriksen en la Iglesia ahora asciende a más de cien. Este relato de su historia personal lo enviaron sus hijos: Rose Anderson, Betty Farley, Aksel Tanner y Janet Bylund.

Fotografía cortesía de Janet Bylund.