Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


Haz invisible nuestra casa

Alice W. Flade, Utah, EE. UU.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando yo tenía 19 años, las tropas enemigas ocuparon el pueblo donde vivíamos en Europa. Una tarde, mientras mis padres y yo estábamos sentados a la mesa, oímos un gran estruendo. Descorrimos las gruesas cortinas que colgábamos para que los bombarderos no pudieran detectar nuestra casa durante la noche, y vimos que las tropas enemigas entraban en el pueblo con sus motocicletas, camiones y tanques desde dos direcciones diferentes. Yo estaba aterrorizada.

Mi padre, siempre un hombre de fe, dijo simplemente: “No se asusten”. Ante lo que estaba sucediendo a las puertas de nuestra casa, aquélla fue una frase fuera de lo normal. Todos sabíamos que los soldados terminarían por invadir el vecindario para saquear las casas. Mi padre nos sugirió que nos arrodilláramos al lado del sofá y rogáramos a nuestro Padre Celestial que nos protegiera. Él oró: “Padre Celestial, por favor, ciega a esos soldados. Haz invisible nuestra casa para que no la vean”.

Después de que él oró, oró mi madre y luego yo. Entonces regresamos a la mesa y miramos cautelosamente por la ventana. Vimos a los soldados irrumpir en cada casa de nuestra calle. La nuestra era la última. Se acercaron a nuestra casa pero pasaron de largo en dirección a la calle siguiente. Los observamos entrar en cada casa que alcanzábamos a ver desde nuestra ventana.

Después de dos horas de invasión, alguien dio un fuerte silbido y los soldados volvieron a sus vehículos. Cuando comenzaron a irse lentamente, nos sentimos enormemente aliviados y nos arrodillamos de nuevo para dar gracias a nuestro Padre Celestial por Su bondad y protección.

Al día siguiente, supe por una amiga muy consternada que los soldados habían hecho cosas terribles en todas las casas. Cuando le dije que no habían entrado en la nuestra, quedó asombradísima. Me dijo que los había visto dirigirse en nuestra dirección y que no sabía de ninguna casa de nuestro sector en la que no hubiesen entrado. Nuestra casa fue la única que los soldados dejaron en paz.

Sé que nuestro Padre Celestial escucha nuestras súplicas y las contesta. A veces parecería que nunca recibimos una respuesta y deseamos que nos conteste más rápido, pero sé que hace sesenta y cinco años, en nuestro hogar, Él nos respondió al instante.

Descorrimos las gruesas cortinas y vimos las tropas enemigas que entraban en el pueblo desde dos direcciones diferentes. Yo estaba aterrorizada.

Echaba de menos el Espíritu

Victoria Mikulina, Rusia

A los 16 años de edad, participé en un programa internacional de intercambio de estudiantes. Viajé de mi hogar en Ucrania a un pequeño pueblo de Arizona, EE. UU., donde me alojé con una familia Santo de los Últimos Días durante un año. Nunca antes había oído hablar de los Santos de los Últimos Días.

El programa de intercambio no permitía que la familia me predicara ni que los misioneros me visitaran; pero yo decidí ir a las reuniones con la familia y participar en todas las actividades de la Iglesia.

Sentía el Espíritu con aquella familia y sentía mucho amor en la capilla. En aquel entonces no sabía que lo que sentía era el Espíritu, pero ya me había tocado el corazón.

Al regresar a Ucrania eché mucho de menos aquel sentimiento. Recordaba cómo era mi vida cuando iba a las reuniones y vivía las enseñanzas del Evangelio. Me daba cuenta de lo que echaba de menos, pero no había capilla ni misioneros donde yo vivía, por lo que pensé que nunca más volvería a tener aquel sentimiento.

Sin embargo, cuatro años más tarde, unos misioneros llamaron a mi puerta; estaba tan contenta de verlos. Mientras estaban trabajando habían escuchado al Espíritu, el cual los guió hasta mi casa. Me siento muy agradecida de que hayan sido obedientes. Poco después me bauticé y fui confirmada.

Desde entonces me he sellado a mi esposo, un ex misionero ruso, en el Templo de Estocolmo, Suecia; y ahora hay un templo en Kiev al que tenemos pensado asistir con regularidad.

El templo es el lugar más asombroso de la tierra, pues en él se puede estar cerca de nuestro Padre Celestial. Me siento muy agradecida de que en el templo podamos recibir uno de los dones más grandes de nuestro Padre Celestial: el sellarnos como familia por la eternidad.

Estoy agradecida a los miembros de aquella familia Santo de los Últimos Días que me ayudó a sentir el Espíritu y me inició en el camino que me llevó a tener mi propia familia sellada para siempre.

Nota: Para ver un video inspirador acerca de la celebración cultural juvenil del Templo de Kiev, Ucrania, visite LDS.org y busque “Kyiv Ukraine Temple video”.

¡Ve a la iglesia!

Dwight LeRoy Dennis, Utah, EE. UU.

Durante mi primer año de secundaria conocí a una joven Santo de los Últimos Días en la clase de arte; ella fue una influencia tan grande en mi vida que me hice miembro de la Iglesia.

Al terminar la escuela secundaria, mis padres decidieron mudarse de California a Idaho, EE. UU. Enganchamos nuestra casa remolque a la camioneta y nos dirigimos rumbo al norte. Acabábamos de pasar Lovelock, Nevada, cuando empecé a manejar demasiado rápido colina abajo. Como la casa remolque no tenía barras estabilizadoras, empezó a moverse bruscamente de un lado a otro; pisé el freno a fondo y la casa remolque giró noventa grados, lo que nos hizo caer por un terraplén, al fondo del cual la camioneta quedó volcada hacia un lado y la casa remolque hacia el otro.

Afortunadamente, nadie resultó herido, pero tanto el exterior como el interior de la casa remolque eran un completo desastre. El enganche del remolque estaba torcido, las ventanas se habían roto y nuestras pertenencias estaban esparcidas por todas partes.

La policía de carreteras llegó y llamó a una grúa. Mis padres no sabían qué hacer. El poco dinero que tenían fue a parar a la compañía remolcadora. En ese momento tuve la profunda impresión de que al día siguiente, domingo, debía ir a la Iglesia. Papá, que no era miembro de la Iglesia, pensó que yo estaba loco. Teníamos que recoger nuestras pertenencias y arreglar el remolque, y dado que él estaba incapacitado y no tenía buena salud, yo era mayormente quien hacía el trabajo. Pero la impresión de ir a las reuniones de la Iglesia persistía, así que le pedí a mi madre que intercediera por mí ante papá. Lo hizo y, para mi sorpresa, él accedió.

El domingo por la mañana fui al centro de reuniones local y me senté en la última fila de la capilla justo cuando comenzaba la reunión sacramental. Oré para que el Espíritu estuviera con mi familia en aquel momento difícil.

Al término de la reunión se acercaron una o dos personas para presentarse y les expliqué brevemente lo sucedido; luego regresé adonde estábamos acampados y pasé el resto del día ayudando a limpiar todo.

El lunes por la mañana acabábamos de retomar las tareas de limpieza cuando de repente empezaron a llegar miembros del barrio al que había asistido, ofreciéndose para ayudar. El propietario de una vidriería dijo que repondría todas las ventanas de la casa remolque sin costo alguno, y un soldador se ofreció a enderezar el enganche gratuitamente.

Mi padre apenas habló, pero era evidente que estaba asombrado; mi madre lloraba de gratitud, y mi hermana y yo estábamos agradecidos por la ayuda. Al final del día estábamos listos para retomar nuestro viaje a Idaho.

Como resultado de aquella experiencia, aprendí que las impresiones del Espíritu son reales. También sé que nuestras oraciones suelen recibir respuesta a través de otras personas y que confiar en el Señor brindará paz y gozo a nuestro corazón.

Afortunadamente, nadie resultó herido en el accidente, pero el enganche del remolque estaba torcido, las ventanas se habían roto y nuestras pertenencias estaban esparcidas por todas partes.

¿Debíamos vender la casa de nuestros sueños?

Sullivan Richardson, Nevada, EE. UU.

En 1998, las impresiones del Espíritu me indicaban que vendiera la casa de nuestros sueños, la cual hacía sólo cuatro años que habíamos terminado y habitado. A medida que nuestros hijos mayores terminaban la escuela secundaria y se iban de casa, se hacía evidente que nuestra casa era más grande y costosa de lo que necesitábamos. Además, yo acababa de pasar por cambios en el trabajo que me mostraron lo vulnerable que eran mis ingresos ante cualquier eventualidad.

Cuando asistí a la sesión del sacerdocio de la conferencia general de octubre de ese año, me llamaron la atención las palabras del presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) cuando, refiriéndose a las finanzas, les dijo a los poseedores del sacerdocio: “Ha llegado el momento de poner nuestra casa en orden”. Y entonces nos advirtió: “Hay un presagio de tiempo tormentoso al cual debemos hacer caso”.

Hacia el final de su discurso añadió: “Quizás sea necesario pedir un préstamo para comprar una casa, pero compremos una casa cuyo precio esté dentro de nuestras posibilidades, a fin de menguar los pagos que constantemente pesarán sobre nuestra cabeza sin misericordia ni tregua hasta por treinta largos años”1.

Le hablé a mi esposa sobre el consejo del presidente Hinckley, añadiendo que pensaba que debíamos vender nuestra casa y, para mi sorpresa, ella estuvo de acuerdo.

En los meses siguientes, nos preparamos para vender la casa y comprar otra. Fue un proceso largo y extenuante que requirió mucha oración y un ayuno familiar. Finalmente, un año después, nos mudamos a nuestra nueva casa, por la cual pagábamos una mensualidad mucho más pequeña.

Las palabras del presidente Hinckley ciertamente resultaron ser proféticas. Al año siguiente, el mercado de valores estadounidense alcanzó su punto máximo cuando estalló la burbuja de las compañías en internet. A eso le siguieron varios años de intereses bajos, lo cual nosotros aprovechamos para saldar nuestra hipoteca.

Ahora que una nueva crisis económica se cierne sobre muchos países, las palabras del presidente Hinckley son tan ciertas hoy como lo fueron en 1998.

Cuán felices somos por haber seguido el consejo del profeta y las impresiones del Espíritu. Ya no tenemos la deuda de una hipoteca y nos alegra ver que nuestros hijos no gastan más de lo que ganan.

Cada conferencia general esperamos con anhelo el consejo de los líderes de la Iglesia pues sabemos que seremos bendecidos si damos oído a sus indicaciones.

Cuando asistí a la sesión del sacerdocio de la conferencia general, me llamó la atención el consejo del presidente Gordon B. Hinckley, el cual compartí con mi esposa.

    Nota

  1.   1.

    Gordon B. Hinckley, “A los jóvenes y a los hombres”, Liahona, enero de 1999, pág. 65.

Ilustraciones por Bjorn Thorkelson.