Echaba de menos el Espíritu

Victoria Mikulina, Rusia

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    A los 16 años de edad, participé en un programa internacional de intercambio de estudiantes. Viajé de mi hogar en Ucrania a un pequeño pueblo de Arizona, EE. UU., donde me alojé con una familia Santo de los Últimos Días durante un año. Nunca antes había oído hablar de los Santos de los Últimos Días.

    El programa de intercambio no permitía que la familia me predicara ni que los misioneros me visitaran; pero yo decidí ir a las reuniones con la familia y participar en todas las actividades de la Iglesia.

    Sentía el Espíritu con aquella familia y sentía mucho amor en la capilla. En aquel entonces no sabía que lo que sentía era el Espíritu, pero ya me había tocado el corazón.

    Al regresar a Ucrania eché mucho de menos aquel sentimiento. Recordaba cómo era mi vida cuando iba a las reuniones y vivía las enseñanzas del Evangelio. Me daba cuenta de lo que echaba de menos, pero no había capilla ni misioneros donde yo vivía, por lo que pensé que nunca más volvería a tener aquel sentimiento.

    Sin embargo, cuatro años más tarde, unos misioneros llamaron a mi puerta; estaba tan contenta de verlos. Mientras estaban trabajando habían escuchado al Espíritu, el cual los guió hasta mi casa. Me siento muy agradecida de que hayan sido obedientes. Poco después me bauticé y fui confirmada.

    Desde entonces me he sellado a mi esposo, un ex misionero ruso, en el Templo de Estocolmo, Suecia; y ahora hay un templo en Kiev al que tenemos pensado asistir con regularidad.

    El templo es el lugar más asombroso de la tierra, pues en él se puede estar cerca de nuestro Padre Celestial. Me siento muy agradecida de que en el templo podamos recibir uno de los dones más grandes de nuestro Padre Celestial: el sellarnos como familia por la eternidad.

    Estoy agradecida a los miembros de aquella familia Santo de los Últimos Días que me ayudó a sentir el Espíritu y me inició en el camino que me llevó a tener mi propia familia sellada para siempre.