La tradición de una vida recta y equilibrada

Del Quórum de los Doce Apóstoles

De un discurso pronunciado el 15 de enero de 2010 en la Universidad Utah Valley.

Elder L. Tom Perry
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Dios los bendiga con la voluntad y el deseo de ser un ejemplo al mundo y de vivir la vida recta y equilibrada que Él espera que Sus hijos vivan durante su prueba mortal.

Al comienzo de la inolvidable obra musical El violinista en el tejado, Tevye, el protagonista, presenta su historia diciendo:

“En nuestra pequeña villa de Anatevka, se podría decir que cada uno de nosotros es un violinista en el tejado, tratando de tocar una agradable y sencilla melodía sin quebrarse la nuca. No es fácil. Tal vez se pregunten: ¿por qué permanecemos aquí arriba si es tan peligroso? Lo hacemos porque Anatevka es nuestro hogar. ¿Y cómo mantenemos el equilibrio? Eso se los puedo decir en una sola palabra: ¡tradición!

“Debido a nuestras tradiciones, hemos mantenido nuestro equilibrio durante muchos, muchos años… Debido a nuestras tradiciones, cada uno sabe quién es y lo que Dios espera que haga”1.

Tanto yo como otros miembros mayores de la Iglesia hemos tenido el privilegio de vivir en una época especial de la historia de la Iglesia. La era de los pioneros nos ha dado maravillosas tradiciones. Debido a que la supervivencia misma de los pioneros dependía de ello, desarrollaron un grandioso espíritu de unidad. Soy la tercera generación descendiente de una noble familia mormona pionera, pero he podido disfrutar de las bendiciones de un hogar moderno, del transporte en automóvil y de una educación universitaria. Sin embargo, mi vida no estaba tan alejada de la vida de los pioneros, y sus tradiciones sigueron practicándose en nuestra familia, nuestro barrio y nuestra comunidad.

En el hogar de mi niñez, era evidente que mi padre y mi madre se amaban el uno al otro y que amaban a cada uno de sus hijos. Fueron generosos al dedicar la mejor parte de sus vidas a la familia. Nuestra familia acostumbraba comer junta tres veces al día. El tipo de hogar tradicional que conocí es cada vez menos común hoy en día. A veces añoramos “los viejos tiempos”.

Nuestras actividades sociales se centraban en el barrio o en la escuela primaria local. Los miembros del barrio venían a ver nuestra participación en las actividades deportivas y los bailes de barrio eran para toda la familia. Las celebraciones tales como la Navidad, el día de la independencia, el día de los pioneros y la feria del condado eran actividades de la comunidad a las que asistía la familia entera.

También teníamos tradiciones familiares, y las experiencias que teníamos a través de esas tradiciones nos enseñaron principios básicos. Una divertida tradición familiar que teníamos dejó una perdurable impresión en nosotros. Cuando los niños cumplían un año de edad, se los colocaba en un extremo de la habitación y la familia se ponía en el otro extremo. Del lado donde se encontraba la familia se colocaban cuatro objetos en el suelo: un biberón, un juguete, una pequeña alcancía y las Escrituras. Entonces se animaba al niño a que gateara hasta donde estaban los objetos y seleccionara uno.

Yo seleccioné la alcancía y llegué a ser administrador financiero. Mi hermano Ted seleccionó las Escrituras; durante toda su vida le gustaron mucho los libros y llegó a ser abogado. Mi hermano Bob fue el miembro más equilibrado de la familia; él gateó y se sentó sobre las Escrituras, agarró la alcancía y la colocó a sus pies, se puso el biberón en la boca con una mano y con la otra sostuvo el juguete; él llegó a ser contador y vivió una vida equilibrada.

Valiéndome de esos cuatro objetos como ejemplos, quisiera hablar sobre una vida equilibrada.

Nuestro cuerpo es un templo

El biberón representa nuestra salud física, y las Escrituras testifican en cuanto a lo importante que es nuestro cuerpo físico para nuestro progreso eterno.

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

“Si alguno profanare el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16–17).

El Señor ha fijado elevadas normas para nosotros al decirnos que consideremos nuestro cuerpo como un templo. He tenido el privilegio de acompañar al Presidente de la Iglesia a muchas dedicaciones de templos. Antes del servicio de dedicación, el Presidente siempre desea inspeccionar el trabajo del nuevo templo, el cual es de la más alta calidad y está diseñado de forma hermosa. Los jardines alrededor del templo son siempre los lugares más bonitos de las comunidades en las que se construyen.

Vayan y colóquense frente a un templo; estudien con detenimiento la casa del Señor para ver si no los inspira a realizar algunas mejoras en el templo físico que el Señor les ha dado para alojar su espíritu eterno. El Señor ha establecido algunas normas básicas para el trato de nuestro cuerpo físico. La obediencia a esas normas sigue siendo un requisito para la ordenación en el sacerdocio, para recibir una recomendación para el templo y para tener un llamamiento en la Iglesia.

Es posible que algunas veces pensemos que la gente no nos aceptará tan fácilmente debido a los elevadas normas que nos hemos fijado; aún así, hay cosas que simplemente no hacemos. Tenemos la Palabra de Sabiduría, la cual nos ayuda a vivir una vida más saludable, una clase de vida que es propicia para nuestro progreso y bienestar. Tenemos normas, ideales y un modo de vida que son la envidia de gran parte del mundo. Me he dado cuenta de que si viven de la manera que deben vivir, la gente se da cuenta y admira sus creencias, y ustedes ejercen una influencia en la vida de los demás.

Pasé mi carrera profesional en el negocio de tiendas o almacenes. Debido a que integraba el equipo de la gerencia, era importante que me relacionara a nivel social con organizaciones locales de negocios. Las reuniones con la mayoría de esas organizaciones siempre empezaban con la hora del cóctel; era un tiempo para relacionarse y conocer a las personas que pertenecían a la organización. Siempre me he sentido incómodo en esas reuniones sociales. Al principio empecé a pedir una gaseosa de limón, pero no tardé en descubrir que esa gaseosa tiene la apariencia de las otras bebidas. No podía dar la impresión de que no bebía si tenía una gaseosa clara en las manos. Traté con un refresco de zarzaparrilla y tuve el mismo problema.

Finalmente decidí que tendría que tomar algo que claramente me distinguiera como una persona abstemia; fui y pedí un vaso de leche. Al camarero nunca le habían hecho un pedido así; fue a la cocina y me trajo un vaso de leche. Ahora tenía una bebida que lucía muy diferente de las bebidas alcohólicas que los demás estaban bebiendo. De pronto fui el centro de atención; se hicieron muchos chistes a costa de mi bebida. La leche fue el tema de conversación y esa noche conocí a más líderes de negocios que los que jamás había conocido en una hora de cocteles.

La leche se convirtió en mi bebida preferida durante esas recepciones. Muy pronto llegó a saberse que yo era mormón. El respeto que recibí realmente me sorprendió, así como un acontecimiento interesante que empezó a ocurrir. ¡Muy pronto otras personas empezaron a hacer lo mismo que yo con cocteles de pura leche!

Atrévanse a ser diferentes; vivan a la altura de las normas que nos enseña el Evangelio.

“La buena salud física y espiritual nos ayuda a mantenernos en el sendero estrecho y angosto”, dijo el élder Joseph B. Wirthlin (1917–2008), del Quórum de los Doce Apóstoles. “En la Palabra de Sabiduría el Señor dio Sus normas para la buena salud, ‘un principio con promesa’ que la ciencia médica continúa comprobando (D. y C. 89:3). Todos los mandamientos de Dios, incluso la Palabra de Sabiduría, son espirituales (véase D. y C. 29:34–35). Debemos nutrirnos espiritualmente, aun más que físicamente”2.

Cuán agradecidos debemos estar por las enseñanzas del Evangelio sobre la importancia de mantener nuestro cuerpo físico puro y digno de alojar a nuestro espíritu eterno.

Los juguetes que brinda el mundo

Vivimos en un mundo interesante; el deseo de tener los juguetes que brinda el mundo parece ser irresistible. Las naciones desarrolladas se están volviendo tan seculares en sus creencias y acciones, que afirman que un ser humano tiene autonomía total. Creen que no tenemos que responder ante nadie ni nada, excepto ante nosotros mismos y, a un grado limitado, ante la sociedad en la que vivimos.

En las Escrituras se nos advierte: “No buscan al Señor para establecer su justicia, antes todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios, cuya imagen es a semejanza del mundo y cuya substancia es la de un ídolo que se envejece y perecerá en Babilonia, sí, Babilonia la grande que caerá” (D. y C. 1:16).

Las sociedades en las que se arraiga este estilo de vida secular tienen que pagar un gran precio espiritual y moral. La búsqueda de lo que suelen llamarse libertades individuales sin tener en cuenta las leyes que el Señor ha establecido para gobernar a Sus hijos en la tierra dará como resultado la maldición de lo mundano y el egoísmo en sumo grado, la decadencia de la moral pública y privada, y la falta de respeto por la autoridad. En medio del bullicio del mundo secular, con su segura incertidumbre, debe haber lugares en los que se halle refugio espiritual, renovación, esperanza y paz.

En comparación a este estilo de vida secular, el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) nos enseñó la importancia de buscar conocimiento de Dios:

“En la secuencia correcta viene primero el conocimiento de Dios y Su programa, que es el camino a la vida eterna; segundo, viene el conocimiento de las cosas seculares, que también es muy importante…

“Pedro y Juan poseían poco conocimiento en cuanto a cosas seculares y se les denominó ignorantes; pero conocían las verdades trascendentales de la vida: que Dios vive y que el Señor crucificado y resucitado es el Hijo de Dios. Conocían el sendero que conduce a la vida eterna. Todo esto lo aprendieron en unas pocas décadas de su vida mortal. Sus vidas rectas abrieron la puerta para alcanzar la condición de dioses y crear mundos con progenie eterna, para lo cual necesitarían, con el tiempo, un conocimiento total de las ciencias. Pero mientras que Pedro y Juan sólo tenían décadas para aprender y hacer lo espiritual, han tenido aproximadamente diecinueve siglos para aprender lo secular, o sea, la geología de la tierra, la zoología y fisiología, y la psicología de las criaturas de la tierra. La mortalidad es el período en el cual se debe aprender primero todo lo referente a Dios y el Evangelio, y realizar las ordenanzas; sólo después de que nuestros pies estén firmemente asentados en el camino a la vida eterna podemos aprender más acerca de las cosas seculares…

“El conocimiento secular, no obstante su importancia, no puede salvar un alma ni abrir el reino celestial, ni crear un mundo, ni convertir a un hombre en un dios; pero sí puede ser de gran ayuda para aquél que, habiendo dado prioridad a lo más importante, ha encontrado el camino a la vida eterna y puede utilizar todo conocimiento para servirle de herramienta y de siervo”3.

Procuren las cosas de Dios, donde les esperan recompensas eternas.

Confiemos en el buen carácter

El Salvador nos enseñó esta lección, según se encuentra registrado en Lucas 14:

“Porque, ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, para ver si tiene lo que necesita para acabarla?

“No sea que después que haya puesto el fundamento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él,

“diciendo: Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar” (Lucas 14:28–30).

A medida que se preparan para el futuro, deben asegurarse de que lo que estén contribuyendo a esta experiencia mortal los capacitará para terminar victoriosos y obtener su recompensa eterna.

Nuestro mundo de hoy se vuelve cada vez más rápido y complejo. Siempre hay oportunidades para que las personas actúen de forma desenfrenada y sin escrúpulos. A muchas personas les gusta participar de actividades que producen ganancias rápidas y con frecuencia se aprovechan de otras personas que tratan de actuar de acuerdo con las reglas establecidas por las buenas prácticas. Este mundo veloz ha aumentado la tentación de que la gente viva según sus propias reglas.

No obstante, siempre debemos responder a la ley de la cosecha. “…porque lo que sembréis, eso mismo cosecharéis. Por tanto, si sembráis lo bueno, también cosecharéis lo bueno para vuestra recompensa” (D. y C. 6:33). Ésa es una ley que nunca se revocará.

“El carácter de un hombre es la realidad de sí mismo; su reputación es la opinión que los demás tienen de él. El carácter está en él; la reputación proviene de otras personas; [el carácter] es la substancia, [la reputación] es la sombra”4.

Un buen carácter es algo que deben forjarse por ustedes mismos, no lo pueden heredar de los padres, no se puede crear al tener ventajas extraordinarias. No es un don que viene de nacimiento, por riquezas, talento ni clase social; es el resultado de su propio empeño, es la recompensa que proviene de vivir buenos principios y de manifestar una vida virtuosa y honorable.

Con esa noble cualidad de la confianza viene la reputación de una persona que es honrada y que posee integridad. Ésos son los rasgos del carácter que asegurarán una carrera larga y de éxito. Lo más valioso que pueden acumular es la reputación de ser una persona de confianza.

El estudio diario de las Escrituras

Al escribir sobre lo que pensaba de las Escrituras, Nefi dijo: “…sobre éstas escribo las cosas de mi alma, y muchas de las Escrituras que están grabadas sobre las planchas de bronce. Porque mi alma se deleita en las Escrituras, y mi corazón las medita, y las escribo para la instrucción y el beneficio de mis hijos” (2 Nefi 4:15).

Encontramos una riqueza de convicción y conocimiento en nuestras Escrituras: la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. A lo largo de cada una de ellas encontramos hebras de inspiración que reconoceremos fácilmente durante nuestro estudio.

En las Escrituras se enseña que Jesucristo es el Hijo de Dios. Él vive y es nuestro Redentor y Salvador. Para seguirlo y demostrar nuestro amor por Él debemos recordarlo y guardar humildemente Sus mandamientos.

Por medio de Su expiación podemos arrepentirnos y ser purificados. Somos Su pueblo del convenio y siempre debemos guardar los convenios que hemos hecho.

Debemos tener fe, arrepentirnos, ser bautizados, recibir el Espíritu Santo y perseverar hasta el fin.

La experiencia personal y sincera con las Escrituras produce fe, esperanza y soluciones a nuestros desafíos cotidianos. El leer, meditar y aplicar las lecciones de las Escrituras con frecuencia, junto con la oración, se convierte en una parte irremplazable de obtener y mantener un testimonio fuerte y vibrante.

El presidente Kimball nos recordó la importancia de la lectura constante de las Escrituras cuando dijo: “Me doy cuenta de que cuando tomo a la ligera mi relación con la divinidad y cuando me parece que no hay… voz divina que me hable, es porque yo estoy lejos, muy lejos. Si me sumerjo en las Escrituras, la distancia se acorta y vuelve la espiritualidad”5.

Hagan que el estudiar las Escrituras sea un hábito diario.

Un ejemplo ante el mundo

Mi generación está pereciendo a un ritmo acelerado y estamos dispuestos a transferir la antorcha a una generación nueva y mejor preparada de Santos de los Últimos Días. Esperamos que:

  1. Mantengan sus maravillosos cuerpos físicos puros y santos como templos de Dios.

  2. Den preeminencia al aprendizaje espiritual y al conocimiento de Dios.

  3. Sean una generación en la que se pueda confiar y utilicen el fundamento de las verdades eternas del Evangelio para establecer normas y valores.

  4. Procuren aprender de las verdades eternas que se encuentran en las Santas Escrituras.

Dios los bendiga con la voluntad y el deseo de ser un ejemplo ante el mundo y de vivir la vida recta y equilibrada que Él espera que Sus hijos vivan durante su prueba mortal.

Fotografía © iStockphoto.

Ilustración fotográfica por John Luke.

Izquierda: ilustración fotográfica por Frank Helmrich; derecha: ilustración fotográfica por John Luke.

Ilustración fotográfica por Christina Smith.

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Notas

  1. 1.

    Joseph Stein, Jerry Bock, Sheldon Harnick, El violinista en el tejado, 1964, págs. 2–3.

  2. 2.

    Véase Joseph B. Wirthlin, “El sendero estrecho y angosto”, Liahona, enero de 1991, pág. 73.

  3. 3.

    Véase Spencer W. Kimball, “Joven, formas parte de una generación selecta”, Liahona, junio de 1982, págs. 47–48.

  4. 4.

    Henry Ward Beecher, en Tryon Edwards, comp., The New Dictionary of Thoughts, 1944, pág. 67.

  5. 5.

    Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Spencer W. Kimball, 2006, pág. 75.