Una obra sagrada


Él fue receptivo a todo lo que le enseñamos; entonces, ¿por qué no tomó el Libro de Mormón cuando se lo entregué?

Una noche, mi compañero de misión y yo llamamos a la puerta de un joven que era estudiante internacional en una de las muchas universidades de Londres. Nos invitó a pasar y le explicamos que éramos misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Parecía tener deseos de saber más acerca de la restauración del Evangelio, de modo que testificamos del profeta José Smith y le dijimos acerca de un libro sagrado que provenía de nuestro Padre Celestial, llamado el Libro de Mormón. Hicimos hincapié en que era sagrado porque testifica de Jesucristo.

Le explicamos que podría saber de su veracidad por él mismo y ofrecimos darle un ejemplar. Al extenderle el Libro de Mormón, se levantó de la silla y salió de la habitación sin decir palabra. Sostuve momentáneamente en la mano el Libro de Mormón y mi compañero y yo nos miramos en silencio y perplejos, preguntándonos qué hacer. Puse el libro sobre la mesa.

Veíamos que nuestro joven amigo estaba en la cocina lavándose las manos y secándoselas con una toalla limpia. Regresó a la habitación, tomó el Libro de Mormón que estaba sobre la mesa, y dijo simplemente: “Mi gente siempre se lava las manos antes de tocar algo sagrado”. Se me llenaron los ojos de lágrimas al ver a ese joven abrir el Libro de Mormón por primera vez y con manos limpias dar vuelta a sus sagradas páginas.

Alma enseñó que las Escrituras son sagradas y se han preservado para traer almas a la salvación. A su hijo Helamán le declaró: “…Dios te ha confiado estas cosas que son sagradas, que él ha conservado sagradas, y que también guardará y preservará para un sabio propósito suyo, para manifestar su poder a las generaciones futuras” (Alma 37:14).

Se me envió en una misión para enseñar el evangelio restaurado de Jesucristo; no obstante, yo fui el que recibió la enseñanza de ese joven con manos limpias. En muchas culturas, incluso la mía, no es necesario lavarse las manos para leer las Escrituras, pero ese simple gesto de respeto fue un reverente y potente recordatorio del carácter sagrado del Libro de Mormón.