Un testimonio, un convenio y un testigo


Jeffrey R. Holland
Doy testimonio de que el Libro de Mormón es un nuevo convenio, un nuevo testamento proveniente del Nuevo Mundo para toda la tierra.

Las afirmaciones sagradas que he tenido acerca del Salvador y de Su Iglesia restaurada las recibí por primera vez cuando era joven al leer el Libro de Mormón. Fue mientras leía ese registro sagrado que sentí, una y otra vez, los susurros innegables del Espíritu Santo que declaraban su veracidad a mi alma.

Leer el libro fue el comienzo de mi luz; fue la fuente de mi primera certeza espiritual de que Dios vive, de que Él es mi Padre Celestial y de que en la eternidad se había diseñado un plan de felicidad para mí. Ello me llevó a amar la Santa Biblia y los demás libros canónicos de la Iglesia; me enseñó a amar al Señor Jesucristo, a vislumbrar Su compasión misericordiosa y a considerar la gracia y la grandeza de Su sacrificio expiatorio.

Gracias a que supe por mí mismo que el Libro de Mormón es un testigo verdadero —otro testamento y un nuevo convenio— de que Jesús es el Cristo, también supe que José Smith fue y es un profeta de Dios. Como dijo el padre de mi tatarabuelo en los primeros días de la Restauración: “Ningún hombre inicuo podría escribir un libro así; y ningún hombre bueno lo haría, a no ser que fuera verdadero y que Dios le hubiera mandado hacerlo”1.

A mis primeras convicciones se han agregado todos los otros momentos inspiradores y las manifestaciones sagradas que hoy dan un significado más profundo a mis días, dan un propósito a mi vida y un fundamento sólido a mi testimonio.

Yo no navegué con el hermano de Jared; no escuché al rey Benjamín pronunciar su sermón angelical; no estuve entre la multitud nefita que tocó las heridas del Señor resucitado, ni lloré con Mormón y Moroni por la destrucción de una civilización. Sin embargo, mi testimonio de este registro y de la paz que brinda al corazón humano —que recibí por medio de los susurros del Espíritu Santo, tal como lo reciben ustedes— es tan indiscutible e inequívoco como lo fue el de ellos. Testifico de este libro tan ciertamente como si, junto con los Tres Testigos, hubiese visto al ángel Moroni, o como si, con los Ocho Testigos, hubiese palpado las planchas de oro.

Testifico además que ninguno de nosotros puede obtener una fe plena en la obra de estos últimos días, y de ese modo encontrar la paz y el consuelo máximos en nuestra época, hasta que haya aceptado la divinidad del Libro de Mormón y del Señor Jesucristo, de quien el libro testifica. Como le dijo Mormón a Moroni en uno de los momentos más difíciles, también yo expreso en nuestros tiempos tan difíciles: “…sé fiel en Cristo… Y la gracia de Dios el Padre, cuyo trono está en las alturas de los cielos, y de nuestro Señor Jesucristo, que se sienta a la diestra de su poder… te acompañe y quede contigo para siempre” (Moroni 9:25–26).

El Libro de Mormón es la expresión sagrada del último y grandioso convenio de Cristo con la humanidad. Es un nuevo convenio, un nuevo testamento proveniente del Nuevo Mundo para toda la tierra. La luz por medio de la cual camino es Su luz. Su misericordia y magnificencia nos conducen —tanto a mí como a ustedes— a ser testigos de Él ante el mundo.

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    Nota

  1.   1.

    George Cannon, cita en “The Twelve Apostles,” en la edición de Andrew Jenson, The Historical Record, tomo VI, pág. 175.