Niños


Neil L. Andersen
Testifico de la gran bendición que son los hijos y de la felicidad que nos traerán en esta vida y en las eternidades.

Al mirar a los ojos de un niño, vemos a un amigo hijo o hija de Dios que estuvo con nosotros en la vida premortal.

Es el privilegio culminante de un esposo y una esposa que pueden tener hijos proporcionar cuerpos mortales para esos hijos espirituales de Dios. Creemos en las familias y creemos en los niños.

Cuando a un esposo y a una esposa les nace un hijo, están cumpliendo parte del plan de nuestro Padre Celestial de traer hijos a la tierra. El Señor dijo: “…ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”1. Antes de la inmortalidad, debe haber mortalidad.

La familia es ordenada por Dios. Las familias son fundamentales en el plan de nuestro Padre Celestial aquí en la tierra y a través de las eternidades. Después de que Adán y Eva fueran unidos en matrimonio, en las Escrituras dice: “Y los bendijo Dios y les dijo Dios: Fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra”2. En nuestros días, los profetas y apóstoles han declarado: “El primer mandamiento que Dios les dio a Adán y a Eva se relacionaba con el potencial que, como esposo y esposa, tenían de ser padres. Declaramos que el mandamiento de Dios para Sus hijos de multiplicarse y henchir la tierra permanece en vigor”3.

Este mandamiento no se ha olvidado ni se ha desechado en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días4. Expresamos profunda gratitud por la enorme fe que demuestran los esposos y las esposas (especialmente nuestras esposas) en estar dispuestas a tener hijos. Cuándo tener un hijo o cuántos hijos tener son decisiones privadas entre el esposo, la esposa y el Señor. Éstas son decisiones sagradas, decisiones que se deben tomar en sincera oración y realizarse con gran fe.

Hace años, el élder James O. Mason, de los Setenta, me compartió este relato: “El nacimiento de nuestra sexta hija fue una experiencia inolvidable. Al contemplar esta bella y nueva hija en la guardería poco después de que nació, claramente oí una voz decir: ‘Aún vendrá otro más, y será un varón’. Imprudentemente, fui de inmediato al lecho de mi esposa que estaba absolutamente exhausta y le di las buenas noticias. No escogí el mejor momento para decírselo”5. Año tras año, los Mason esperaban la llegada de su séptimo hijo. Pasaron tres, cuatro, cinco, seis, siete años, y por fin, ocho años después, nació su séptimo hijo, un varoncito.

El pasado abril, el presidente Thomas S. Monson declaró:

“Si bien antes las normas de la Iglesia eran casi todas compatibles con las de la sociedad, ahora nos divide un gran abismo que cada vez se agranda más…

“El Salvador de la humanidad se describió a sí mismo diciendo que estaba en el mundo sin ser del mundo. Nosotros también podemos estar en el mundo sin ser del mundo al rechazar los conceptos falsos y las enseñanzas falsas, y ser fieles a lo que Dios nos ha mandado”6.

Muchas voces del mundo de hoy disminuyen la importancia de tener hijos o proponen que se demoren o que se limiten los hijos en una familia. Recientemente, mi hija me habló de un blog escrito por una madre cristiana (que no es de nuestra fe) y que tiene cinco hijos; ella comentaba: “[Al crecer] en esta cultura, es muy difícil obtener una perspectiva bíblica en cuanto a la maternidad… Los hijos ocupan un lugar más inferior que el ir a la universidad; ciertamente más inferior que el viajar; más inferior que el poder salir por la noche a divertirse; más inferior que el de poner el cuerpo en forma en el gimnasio; más inferior a cualquier trabajo que uno pudiera tener o que esperara tener”. Después agrega: “La maternidad no es un pasatiempo; es un llamamiento. Uno no colecciona hijos porque nos parezcan más bonitos que las estampillas; no es algo que hay que hacer si se las arregla para encontrar el tiempo. Es para lo que Dios nos dio tiempo”7.

El tener hijos pequeños no es fácil; muchos días simplemente son difíciles. Una joven madre subió a un autobús con sus siete hijos. El conductor preguntó: “Señora, ¿son todos suyos?, o ¿se van de picnic?”.

“Todos son míos”, contestó. “¡Y no es ningún picnic!”8.

A medida que el mundo pregunta con más frecuencia: “¿Son todos suyos?”, les damos gracias por crear dentro de la Iglesia un refugio para las familias, donde honramos y ayudamos a las madres con hijos.

Para un padre recto, no hay palabras suficientes para expresar la gratitud y el amor que él siente por el don incalculable de su esposa de dar a luz a los hijos y cuidarlos.

El élder Mason tuvo otra experiencia pocas semanas después de que se casó, la cual lo ayudó a poner en orden de prioridad sus responsabilidades familiares. Él dijo:

“Marie y yo habíamos llegado a la conclusión de que para que yo pudiera terminar mi carrera de médico, ella tendría que seguir trabajando. A pesar de que no era lo que [queríamos] hacer, el tener hijos tendría que esperar. [Mientras hojeaba una revista de la Iglesia en casa de mis padres], vi un artículo escrito por el élder Spencer W. Kimball, en aquel tiempo del Quórum de los Doce, que destacaba las responsabilidades relacionadas con el matrimonio. Según el élder Kimball, una de las sagradas responsabilidades era la de multiplicar y henchir la tierra. La casa de mis padres [estaba cerca] de las Oficinas de la Iglesia. Inmediatamente fui a las oficinas y treinta minutos después de leer su artículo, me encontraba sentado frente al escritorio del élder Spencer W. Kimball”. (Eso no sería tan fácil hoy en día).

“Le expliqué que quería ser médico y que no había otra alternativa sino el postergar tener hijos. El élder Kimball escuchó pacientemente y después respondió con voz suave: ‘Hermano Mason, ¿querría el Señor que quebrantara uno de sus importantes mandamientos a fin de que llegue a médico? Con la ayuda del Señor, puede tener familia y aún llegar a ser doctor. ¿Dónde está su fe?’”

El élder Mason prosiguió: “Nuestro primer hijo nació menos de un año después. Marie y yo trabajamos arduamente y el Señor abrió las ventanas de los cielos”. Los Mason fueron bendecidos con dos hijos más antes de que él se graduara de la facultad de Medicina cuatro años después9.

Por todo el mundo, ésta es una época de inestabilidad económica e incertidumbre financiera. En la conferencia general de abril, el presidente Thomas S. Monson dijo: “Si les preocupa el proveer económicamente para una esposa y una familia, permítanme asegurarles que no tiene nada de bochornoso el que una pareja sea frugal y economice. Por lo general, es durante estas épocas desafiantes que se unirán más como pareja al aprender a sacrificarse y tomar decisiones difíciles”10.

La penetrante pregunta del élder Kimball: “¿Dónde está su fe?” nos dirige a las Santas Escrituras.

Adán y Eva no tuvieron su primer hijo en el Jardín de Edén. Al salir del jardín, “Adán [y Eva empezaron] a cultivar la tierra… Adán conoció a su esposa, y… ella [tuvo] hijos e hijas, y [actuando con fe] empezaron a multiplicarse y a henchir la tierra”11.

No fue en su hogar en Jerusalén, con oro, plata y cosas preciosas, que Lehi y Saríah, actuando con fe, tuvieron a sus hijos Jacob y José; fue en el desierto. Lehi se refirió a su hijo Jacob como “…mi primer hijo nacido en los días de mi tribulación en el desierto”12. Lehi dijo en cuanto a José: “Tú naciste en el desierto de [nuestras] aflicciones; sí, tu madre te dio a luz en la época de mis mayores angustias”13.

En el libro de Éxodo, un hombre y una mujer se casaron y, actuando con fe, tuvieron un hijo varón. En la puerta de la casa no hubo ningún cartel de bienvenida para anunciar su nacimiento; lo escondieron porque Faraón había dado la orden de que todo varón israelita recién nacido sería “echado al río”14. Ustedes saben el resto de la historia: el bebé al que con ternura se colocó en la cesta hecha de juncos, que fue echado al río, a quien su hermana vigiló con detenimiento, quien fue encontrado por la hija de Faraón, a quien lo cuidó su propia madre, como nodriza. El niño fue devuelto a la hija de Faraón, quien lo adoptó como su propio hijo y al que dio el nombre de Moisés.

En la historia más querida sobre el nacimiento de un niño no hubo una habitación especialmente decorada ni una cuna de marca exclusiva, sólo un pesebre para el Salvador del mundo.

En “el mejor de los tiempos [y]… [en] el peor de los tiempos”15, los verdaderos santos de Dios, actuando con fe, nunca han olvidado, desechado ni descuidado “el mandamiento de Dios… de multiplicarse y henchir la tierra”16. Vamos adelante con fe, reconociendo de nuevo que la decisión de cuántos hijos tener y cuándo tenerlos es asunto entre el esposo, la esposa y el Señor. En este asunto no debemos juzgarnos unos a otros.

Tener hijos es un tema sensible que puede ser muy doloroso para las mujeres rectas que no tienen la oportunidad de casarse y tener una familia. Digo a ustedes, nobles mujeres, que nuestro Padre Celestial conoce sus oraciones y deseos. Cuán agradecidos estamos por su maravillosa influencia, incluso por tender sus brazos de ternura a los niños que necesitan su fe y fortaleza.

El tener hijos puede ser también un tema doloroso para las parejas rectas que se casan y descubren que no pueden tener los hijos que esperaban con tanto anhelo, o para un esposo y una esposa que planean tener una familia numerosa pero son bendecidos con una familia más pequeña.

No siempre podemos explicar las dificultades de nuestra mortalidad; a veces la vida parece ser muy injusta, en especial cuando nuestro más grande deseo es hacer exactamente lo que el Señor ha mandado. Como siervo del Señor, les aseguro que esta promesa es cierta: “Los miembros fieles cuyas circunstancias no les permitan recibir las bendiciones del matrimonio eterno y de la paternidad en esta vida recibirán todas las bendiciones prometidas en las eternidades, siempre y cuando guarden los convenios que hayan hecho con Dios”17.

El presidente J. Scott Dorius, de la Misión Perú Lima Oeste, me relató su historia. Él dijo:

“Becky y yo teníamos veinticinco años de casados sin poder tener [ni adoptar] hijos. Nos mudamos en varias ocasiones, y cuando nos presentábamos en cada diferente lugar, era incómodo y a veces doloroso. Los miembros del barrio se preguntaban [porqué no teníamos] hijos, y ellos no eran los únicos que se hacían esa pregunta.

“Cuando fui llamado como obispo, los miembros del barrio expresaron preocupación de que yo no tenía ninguna experiencia con niños ni adolescentes. Les agradecí su voto de sostenimiento y les pedí que me permitieran practicar en sus hijos mis aptitudes en la crianza de los hijos, a lo cual accedieron con mucho amor.

“Esperamos, adquirimos perspectiva y aprendimos la paciencia. Después de veinticinco años de matrimonio, llegó a nuestra vida el milagro de una bebé; adoptamos a Nicole, de dos años, y después al recién nacido Nikolai. Ahora la gente extraña nos felicita por nuestros hermosos nietos; nos reímos y decimos: ‘Son nuestros hijos; hemos vivido nuestra vida al revés’”18.

Hermanos y hermanas, no debemos juzgarnos unos a otros en esta sagrada y privada responsabilidad.

“Y tomó [Jesús] a un niño… en sus brazos [y] dijo…

“El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y el que… me recibe a mí, [recibe] al que me envió”19.

¡Qué maravillosa bendición tenemos de recibir hijos e hijas de Dios en nuestro hogar!

Con humildad y en oración procuremos entender y aceptar los mandamientos de Dios, escuchando reverentemente la voz de Su Santo Espíritu.

Las familias son fundamentales en el plan eterno de Dios. Testifico de la gran bendición que son los hijos y de la felicidad que nos traerán en esta vida y en las eternidades, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.   1.

    Moisés 1:39.

  2.   2.

    Génesis 1:28.

  3.   3.

    “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  4.   4.

    De acuerdo con la Encuesta anual sobre la Comunidad Estadounidense, publicada por la Oficina del Censo de los Estados Unidos, “Estadísticamente el estado de Utah tiene el mayor índice de personas por hogar de la nación, mayor índice de fertilidad, menor índice de edad mediana, edad promedio más baja al momento de casarse y mayor índice de madres que no trabajan fuera del hogar” (“Who Are Utahns? Survey Shows We’re Highest, Lowest, Youngest”, Salt Lake Tribune, 22 de septiembre de 2011, págs. A1, A8).

  5.   5.

    Correo electrónico del élder James O. Mason, 25 de junio de 2011.

  6.   6.

    Thomas S. Monson, “El poder del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2011, págs. 66, 67.

  7.   7.

    Rachel Jankovic, “Motherhood Is a Calling (and Where Your Children Rank)”, 14 de julio de 2011, desiringgod.org.

  8.   8.

    Véase “Jokes and Funny Stories about Children,” thejokes.co.uk/jokes-about-children.php.

  9.   9.

    Correo electrónico del élder James O. Mason, 29 de junio de 2011.

  10.   10.

    Thomas S. Monson, Liahona, mayo de 2011, pág. 67.

  11.   11.

    Moisés 5:1, 2.

  12.   12.

    2 Nefi 2:1.

  13.   13.

    2 Nefi 3:1.

  14.   14.

    Éxodo 1:22.

  15.   15.

    Charles Dickens, Historia de dos ciudades, Signet Classic, 1997, pág. 13.

  16.   16.

    Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  17.   17.

    Manual 2: Administración de la Iglesia (2010), 1.3.3.

  18.   18.

    Correo electrónico del presidente J. Scott Dorius, 28 de agosto de 2011.

  19.   19.

    Marcos 9:36–37.