Hablamos de Cristo

Una respuesta para cada “¿Y si…?”


“Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo” (Alma 7:11).

Una respuesta para cada “¿Y si…?”

Hace ya varios años, mi motocicleta se deslizó y quedé tirado en medio de la calle. Casi de inmediato me atropelló un vehículo —uno grande— y me arrastró por la calle. Las personas que llamaron para informar del accidente me dieron por muerto.

Cuando los paramédicos se dieron cuenta de que todavía estaba con vida, me llevaron de urgencia al hospital, donde, durante los días siguientes, fui sometido a varias operaciones de emergencia. Mientras me encontraba inconsciente y conectado a máquinas que me mantenían con vida, mi padre y otros hermanos pusieron sus manos sobre mi cabeza y, por medio del poder del sacerdocio, me bendijeron. A partir de ese momento, el proceso de recuperación fue milagroso. Pero más importante que lo que me ocurrió físicamente fue lo que me ocurrió espiritualmente.

Esa experiencia me abrió el corazón a la influencia del Salvador. Una semana después del accidente, recobré el conocimiento y me enteré de lo que había ocurrido. Me di cuenta de que el Señor me había protegido y me había permitido permanecer con mi esposa y mis hijos en la tierra. Me sentí reconfortado, no abandonado, por Dios; y, en vez de sentirme traumatizado y abrumado por el proceso de recuperación que tenía por delante, sentí paz.

Durante los días que siguieron, mi amor por el Padre Celestial y Jesucristo alcanzó mayor profundidad y mi deseo de permanecer fiel toda la vida aumentó. Veía el amor del Señor por medio de las buenas personas con quienes me asociaba y reconocía que el Padre Celestial escuchaba y contestaba las oraciones y los ayunos que personas de diferentes religiones hacían por mí.

A medida que he compartido mi experiencia con otras personas, han surgido innumerables preguntas del tipo “¿Y si…?”: “¿Y si hubieras muerto?”, “¿Y si hubieras quedado paralítico?”, “¿Y si tuvieras que sufrir dolor intenso por el resto de tu vida?”. Lo asombroso para mí es que la Expiación nos da una respuesta para cada “¿Y si…?”.

Gracias a la Expiación, voy a resucitar y cualquier enfermedad o dolor desaparecerá. Mi esposa, mis hijos y yo estamos sellados como familia eterna; la Expiación también hizo que eso fuera posible. Si avanzamos con fe en nuestro Salvador al pasar por las pruebas de la vida y perseveramos hasta el fin, la Expiación nos proporcionará la senda que debemos seguir y tendremos la gloriosa promesa de la vida eterna esperándonos al final.

El poder sanador de la Expiación

Élder Dallin H. Oaks

“[Jesucristo] conoce nuestras angustias y está allí para ayudarnos. Al igual que el buen samaritano de Su parábola, cuando nos halla heridos al costado del camino, Él venda nuestras heridas y cuida de nosotros (véase Lucas 10:34). Hermanos y hermanas, el poder sanador de Su expiación es para ustedes, para nosotros, para todos”.

Élder Dallin H. Oaks del Quórum de los Doce Apóstoles, “Él sana a los que están cargados”, Liahona, noviembre de 2006, pág. 7.

¿De qué manera nos fortalece el Señor?

El élder David A. Bednar, del Quórum de los Doce Apóstoles, ayuda a responder esta pregunta en su discurso de conferencia general “En la fuerza del Señor” (Liahona, noviembre de 2004, págs. 76–78):

  • “En la fuerza del Señor, podemos hacer, soportar y vencer todas las cosas”.

  • “El aspecto de la Expiación que nos habilita y fortalece nos ayuda a ver y a hacer el bien y a convertirnos en personas buenas de formas que jamás reconoceríamos o lograríamos con nuestra limitada capacidad mortal”.

  • “En la fuerza del Señor y mediante Su gracia, sé que ustedes y yo podemos tener la bendición de lograr todas las cosas”.

Piensen en compartir con alguien su testimonio de las bendiciones que vienen como resultado de la expiación de Jesucristo.

Para mayor información sobre este tema, véase Mateo 11:28–30; 3 Nefi 17:7–9; y Bruce C. Hafen, “Gloria en lugar de ceniza: La expiación de Jesucristo”, Liahona, abril de 1997, pág. 38.