Venid, adoremos


Patrick Kearon

Venid, adoremos

La Navidad pasada, mientras prestaba servicio en las Oficinas Generales de la Iglesia, en Salt Lake City, Utah, EE. UU., observé un fenómeno meteorológico local llamado inversión. La inversión es un fenómeno por el cual el aire que se encuentra cerca del suelo es más frío que el aire de más arriba, lo opuesto (lo inverso) a las condiciones usuales. La inversión no es exclusiva de Salt Lake City, pero su efecto es más pronunciado allí porque la ciudad está situada en un valle rodeado de altas montañas. Eso hace que el esmog de la ciudad quede atrapado y lo mantiene contra el terreno del valle, cubriendo así la ciudad y los alrededores con una nube espesa, oscura y helada. El esmog es dañino para la salud de las personas que tienen dificultades respiratorias y afecta el ánimo de muchas otras, ya que el aire se siente sucio y el sol permanece oculto por días, y a veces semanas, a la vez.

Sin embargo, al subir un poco por las montañas, se puede ver que el esmog sólo tiene un espesor de aproximadamente unos cien metros. En pocos minutos, uno se encuentra en la brillante luz del sol, respirando aire puro y con una vista de perfectas montañas con picos cubiertos de nieve. El contraste con el valle no podría ser más marcado. Al seguir subiendo la montaña y mirar hacia abajo el esmog que quedó atrás en el valle da la apariencia de un manto sucio debajo de un cielo azul celeste.

Hay veces en la vida que nos encontramos, de manera figurada, enclavados en el valle bajo la penumbra de la niebla oscura y tóxica. Debido a las malas decisiones que hemos tomado, a comportamientos que ofenden al Espíritu, o simplemente a las dolorosas y exigentes decisiones y dificultades habituales de la vida mortal, nos sentimos atrapados en una neblina espesa y asfixiante. No podemos ver con claridad, nos sentimos confundidos y nos damos cuenta de que nos hemos alejado de la luz y del calor del amor de nuestro Padre Celestial. Nos olvidamos de que la luz pura del Señor nos espera, nos invita y se encuentra sólo a unos pocos pasos de fe. Debemos reconocer que tenemos el poder y la capacitad de sacarnos de entre el aire inmundo del valle y llevarnos a la brillante luz del sol de paz y esperanza que se halla únicamente al ir hacia el Salvador.

En esta época navideña, nos regocijamos en el nacimiento de Jesucristo, la Luz del mundo, que nos ha invitado a todos a venir a Él y a Su luz. Leemos en las Escrituras acerca de hombres y mujeres que tuvieron la bendición de literalmente ir a Él cuando nació. Algunos viajaron de lejos, mientras que otros estaban más cerca. Unos recibieron la visita de ángeles y otros actuaron de acuerdo con la revelación personal; pero cada uno de ellos aceptó la invitación de ir a Él.

¿Qué aprendemos de los pastores, de Simeón, de Ana y de los magos, quienes tuvieron la bendición de ir y ver al niño Jesús con sus propios ojos? Al meditar sobre su fiel manera de responder a la invitación de venir a Cristo, podemos aprender a mejorar nuestra habilidad para salir de nuestras inversiones, de cualquier abatimiento y confusión que estemos experimentando, y dirigirnos a la esperanza clara y pura que ofrece la Luz del mundo. Es allí, con Él, que llegamos a sentir quiénes somos en realidad y qué lugar ocupamos en el plan eterno. Nuestras inversiones se revierten y recobramos la perspectiva apropiada.

Los pastores

En los conocidos versículos de Lucas 2, aprendemos hechos significativos sobre los primeros testigos del nacimiento de Cristo, los pastores en los campos cerca de Belén. Cuando “…se les presentó un ángel del Señor… tuvieron gran temor” (vers. 9); pero oyeron las “nuevas de gran gozo” de que el Salvador, que por tanto tiempo se había anunciado, el Mesías, el Cristo, había nacido (vers. 10). Escucharon para saber la señal mediante la cual reconocerían al Salvador: que estaría “envuelto en pañales, acostado en un pesebre” (vers. 12). Cuando las huestes celestiales habían concluido su gozosa proclamación, los pastores respondieron de inmediato y dijeron: “Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido” (vers. 15). Fueron “de prisa” (vers. 16) y hallaron al niño Jesús, tal como el ángel lo había anunciado, y luego “volvieron, glorificando y alabando a Dios” (vers. 20). Porque querían compartir las gloriosas nuevas del nacimiento del Salvador, “[las] dieron a conocer” (vers. 17).

Al igual que los pastores, siempre que el Espíritu nos hable, debemos en responder de inmediato, con prontitud. Citando las palabras del presidente Thomas S. Monson: “…nunca, nunca, nunca demoremos en responder a una inspiración”1. En ocasiones, después de actuar según hemos sido inspirados, no podemos ver con claridad por qué el Espíritu nos ha guiado a actuar de cierta manera; pero con frecuencia, al igual que los pastores, vemos que ocurren milagros, y la manera fiel en que reaccionamos a la inspiración se ve confirmada. Entonces podemos aprovechar la oportunidad de compartir nuestro gozo y nuestro testimonio con los demás; al hacerlo, podemos fortalecer la fe y la esperanza de otras personas, confirmar aún más nuestro propio testimonio y acercarnos más al Salvador y a Sus senderos.

Simeón

Otro selecto testigo del niño Jesús fue Simeón. Él era un hombre “justo y piadoso” que habitualmente recibía comunicación del Espíritu Santo (Lucas 2:25). Se le había revelado que “no vería la muerte antes que viese al Cristo del Señor” (vers. 26), y vivía con la esperanza y la expectativa de ese bendito acontecimiento. El Espíritu lo impulsó a ir al templo el día que María y José llevaron al niño Jesús a Jerusalén “para presentarlo al Señor” (vers. 22). Simeón reconoció al bebé como el Mesías prometido y “lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios” (vers. 28), profetizando el destino del santo niño como la “luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (vers. 32).

La vida recta y fiel de Simeón le permitió estar presente en el templo a fin de que pudiera testificar de la Luz cuando finalmente la encontró. Nosotros, al igual que Simeón, podemos esforzarnos por ser más sensibles y obedientes a los susurros del Espíritu Santo a fin de seguir el sendero que nuestro Padre Celestial tiene en mente para nosotros. Debido a que Simeón había ejercitado su capacidad de escuchar y responder al Espíritu, se encontró en el lugar apropiado en el momento justo, y las promesas que el Señor le había hecho se cumplieron de la manera más gloriosa.

A cada uno de nosotros se nos conceden las mismas oportunidades, y de igual manera podemos permitir que el plan del Señor se manifieste en nuestra vida. Cuando tenemos que tomar decisiones de importancia eterna, cuando nos encontramos en una encrucijada, necesitamos claridad para pensar y una perspectiva apropiada. A veces, el hecho mismo de tomar esas decisiones importantes nos hace sentir inseguros, vacilantes, incluso incapaces de actuar, sumidos en las profundidades del oscuro valle debajo de la inversión. Pero al dar pasos de fe y actuar de acuerdo con principios correctos, gradualmente vemos el plan del Señor tomar forma en nuestra vida y se nos lleva de nuevo a la brillante luz solar del amor de Dios.

Ana

Ana era una mujer de “edad avanzada”, una viuda a la que se describe como “profetisa” (Lucas 2:36), cuya vida devota y prolongada se caracterizaba por su constancia en el ayuno y la oración, y porque “no se apartaba del templo” (vers. 37). Al ver al bebé Jesús en el templo, “daba gracias” por el niño Jesús y “hablaba [de Él] a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (vers. 38).

De la experiencia de Ana aprendemos que podemos vivir fielmente a través de todas las situaciones, si somos constantes en el ayuno y la oración y si no permitimos que el templo se aleje de nuestro corazón. Aunque todavía no hayamos tenido la oportunidad de viajar a un templo y recibir las bendiciones del mismo, igual podemos disfrutar de las bendiciones que vienen a nuestra vida al conservar dignamente una recomendación para el templo. Los profetas nos han invitado repetidas veces a tener una recomendación para el templo aun cuando las circunstancias no nos permitan asistir a él2. Podemos superar los momentos oscuros y entrar a la luz de la gratitud mediante la adoración en el templo y al testificar de Jesucristo a todos los que busquen paz y esperanza.

Los magos

Por último, en Mateo 2 leemos acerca de los magos, quienes viajaron de lejos “porque su estrella [habían] visto en el oriente” y habían comprendido la señal (vers. 2). Preparados con presentes de tributo y de adoración, fueron a buscarlo y preguntaron: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” (vers. 2). Cuando finalmente concluyó su búsqueda y encontraron al niño Jesús, “postrándose, le adoraron” y le ofrecieron sus tesoros (vers. 11). A pesar de que Herodes trató de engañarlos, fueron “avisados por revelación, en sueños, que no volviesen a Herodes”, sino que regresaran a su tierra “por otro camino” (vers. 12). Los magos actuaron de acuerdo con la revelación de Dios y protegieron a la santa familia de las intenciones perversas de Herodes.

Podemos aprender mucho de los magos. Al igual que ellos, debemos estudiar las Escrituras y llegar a conocer las señales que debemos buscar al prepararnos para la segunda venida del Salvador. Luego, al escudriñar y meditar las Escrituras, tendremos un mayor deseo de buscar al Señor todos los días de nuestra vida y, como un presente hacia Él, dejar de lado el egoísmo, el orgullo y la rebelión. Cuando se recibe la revelación personal de modificar los planes que hemos hecho, podemos obedecer con fe y confiar en que Dios sabe lo que es mejor para nosotros. Y finalmente, por medio de una vida de verdadero discipulado, debemos inclinarnos y adorar al Salvador con humildad y amor.

Ese discipulado no requiere necesariamente que dejemos nuestras ovejas en el campo ni que crucemos el desierto. Nuestro trayecto hacia Él no es físico; es en espíritu y en conducta. Requiere aceptar y abrazar el hecho de que Su expiación es infinita y que cubre todos los aspectos de nuestra vida: nuestros pecados, nuestras debilidades, los dolores, las enfermedades y los padecimientos (véase Alma 7:11–13). Significa que podemos librarnos de las cosas que nos mantienen en la sombría niebla de nuestra inversión y, en cambio, vivir en el calor y el amor de la Luz del mundo. Como el presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia, ha instruido: “Las palabras ‘venir a Cristo’ son una invitación, la más importante que ustedes, en su vida, podrían extender a otra persona. Es la invitación más importante que cualquier persona podría aceptar”3.

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    Notas

  1.   1.

    Véase Thomas S. Monson, “El Espíritu vivifica”, Liahona, julio de 1985, pág. 65.

  2.   2.

    Véase, por ejemplo, Howard W. Hunter, “El símbolo supremo de ser miembros de la Iglesia, Liahona, noviembre de 1994, pág. 2.

  3.   3.

    Véase Henry B. Eyring, “Venir a Cristo”, Liahona, marzo de 2008, pág. 49.