Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


Así como Cristo nos consuela

Angela Fallentine, Nueva Zelanda

Era nuestra primera Navidad en la isla Norte de Nueva Zelanda, un lugar hermoso y fascinante. Sin embargo, a pesar de los días soleados y la bondad de los miembros de la Iglesia, me sentía sumamente sola al estar lejos de mis padres y hermanos. Nos habíamos mudado allí de Estados Unidos ese año, y echaba de menos mi hogar.

En nuestro nuevo lugar de residencia, mi marido y yo nos hicimos amigos de la familia Wilson, una familia irlandesa joven que pertenecía a otra religión cristiana y que también había llegado recientemente a Nueva Zelanda. Noleen Wilson era mi compañera de trabajo; pronto nos hicimos muy amigas y compartimos las experiencias de haber inmigrado y del amor por nuestro nuevo hogar. Al afianzarse nuestra amistad, me di cuenta de que la familia de ella también se sentía sola, además de sentirse abrumada. Tenían tres hijos pequeños y el cuarto en camino.

Una tarde en la que me sentía especialmente sola y sentía pena por mí misma, tuve la impresión de que la mejor forma de sobreponerme a mi soledad era servir a otras personas, específicamente, a la familia Wilson. Esa noche, mi marido y yo decidimos empezar a celebrar los doce días previos a la Navidad dejándole a la familia Wilson, noche tras noche, mensajes anónimos con regalitos frente a la puerta de su casa. Cada noche, mi soledad era reemplazada por entusiasmo y expectativa cuando nos acercábamos furtivamente a la casa de ellos, dejábamos el mensaje y el regalo, tocábamos a la puerta y nos escapábamos muy sonrientes.

En el trabajo, todos los días Noleen me hablaba de unos misteriosos “duendes de Navidad” que habían pasado por su casa la noche anterior. Me contaba la forma en que sus hijos esperaban con anhelo la llegada de los visitantes, quienes estaban haciendo que la época navideña de la familia fuese feliz. Varias de esas noches, los jóvenes del barrio nos acompañaron en nuestra divertida actividad.

La última noche, la de Nochebuena, los Wilson dejaron unas galletitas y un mensaje junto a su puerta en el que preguntaban si podían conocer a los duendes. Cuando llegamos con los jóvenes para cantar villancicos como último regalo, los niños estaban encantados y nuestros amigos nos abrazaron con lágrimas de gratitud. La soledad de mi corazón se reemplazó con amor y dicha, y el lazo de amistad entre nuestras familias se fortaleció.

Posteriormente, nos llegó un correo electrónico de un hombre que pertenecía a la iglesia de los Wilson en el que nos decía que se sintió muy conmovido por lo que habíamos hecho por esa familia, y nos preguntaba sobre nuestra Iglesia y los actos de servicio que hacemos por los demás. Esa congregación nunca había oído de la tradición de dar regalos los doce días antes de la Navidad, y ahora la relaciona con los Santos de los Últimos Días.

Jamás olvidaré aquella primera Navidad en Nueva Zelanda, donde descubrí una inesperada forma de olvidarme de mí misma, ponerme a trabajar y “consolar a los que necesitan de consuelo” (Mosíah 18:9), así como Jesucristo nos consuela en tiempos de necesidad y soledad.

La tarjeta de Navidad proveniente de Obregón

Robert Ramos, Oregón, EE. UU.

Durante mi misión en México, mi compañero y yo conocimos a un señor de Ciudad Obregón, ubicada en el noroeste de México, cerca del Golfo de California. Le interesó nuestro mensaje sobre la restauración del Evangelio, pero sólo podía conversar por diez minutos porque tenía que tomar un tren. Le enseñamos todo lo que pudimos en ese breve tiempo, y le dimos un ejemplar del Libro de Mormón y todos los folletos que teníamos. En ese entonces, la misión no tenía misioneros en Ciudad Obregón.

Varios meses después, recibí una tarjeta de Navidad de alguien de Ciudad Obregón. Miré la tarjeta preguntándome quién me la podía haber mandado, y entonces me di cuenta de que me la había enviado el hombre con quien habíamos conversado por diez minutos. Colgué la tarjeta en nuestro apartamento junto con las demás tarjetas de Navidad que habíamos recibido los otros misioneros y yo.

Después de Navidad, estaba a punto de deshacerme de la tarjeta cuando tuve la impresión de que debía guardarla. La impresión no era una voz audible sino un sentimiento en el corazón. En lugar de tirar la tarjeta, la guardé en mi maleta.

Unos meses después, me encontraba leyendo la carta mensual de la casa de la misión cuando vi el anuncio de que se empezaría a hacer la obra misional en Ciudad Obregón. Una vez más pensé: “¿Qué tiene que ver esa ciudad conmigo?”, y nuevamente recordé al hombre que habíamos conocido que era de allí. Me puse a buscar en mi maleta y encontré la tarjeta de Navidad, en la cual escribí: “Estos élderes son mis amigos, y los mando para que le enseñen más acerca del Evangelio”. Entonces envié la tarjeta a los élderes asignados a servir en Ciudad Obregón y les dije que fueran a visitar a ese señor y se la llevaran.

Al poco tiempo me llegó una carta de los élderes de Ciudad Obregón, la cual decía: “Estimado élder Ramos: La obra aquí ha sido tan difícil que el presidente de misión pensaba sacarnos, hasta que recibimos su tarjeta. Fuimos a visitar a este hermano, y estaba tan entusiasmado con nuestro mensaje que nos llevó a conocer a toda su familia y amigos. Por causa de este hermano, hemos organizado una rama”.

Los años han pasado, y ya se han organizado tres estacas en Ciudad Obregón. Me siento humilde al saber que, gracias a que escuché los susurros del Espíritu, tuve la bendición de participar, de manera pequeña, en ayudar a que mis hermanos de Ciudad Obregón recibiesen el evangelio de Jesucristo.

No teníamos nada para comer

Estilita Chacin Hart, Utah, EE. UU.

El día antes de Navidad, me desperté temprano porque estaba preocupada ya que no teníamos nada de comida para la cena de Nochebuena esa noche; ni tampoco teníamos dinero para comprar alimentos. En ese entonces yo vivía con mi hermana Edicta, en Maracaibo, Venezuela.

Cuando me levanté de la cama, me puse de rodillas y empecé a orar. Le rogué a mi Padre Celestial que se acordara de nosotras y le pedí que por lo menos nos otorgase algo de comida para esa ocasión tan especial, la Nochebuena.

Al orar, sentí gran paz, y me pareció escuchar una voz suave que me decía: “Todo saldrá bien. No te preocupes”. Para cuando había terminado de orar, sabía que algo bueno iba a suceder ese día.

Después de despertar a mi hermana, salí a barrer el porche. La vecina de enfrente me vio y cruzó a darme 1.000 bolívares que me debía por un mantel y unas decoraciones de Navidad que yo le había bordado. Eso me sorprendió porque no recordaba que ella me debiera dinero.

Corrí al cuarto de mi hermana y le mostré el dinero que había recibido. Sorprendida, me preguntó de dónde lo había sacado. “…para Dios todo es posible” (Mateo 19:26), le dije.

Unos minutos después, escuchamos que alguien afuera llamaba a mi hermana. Cuando nos dimos cuenta de que era la misma vecina, salimos a conversar con ella. Entonces ella le pagó a mi hermana 1.000 bolívares que le debía por unas costuras. Mi hermana y yo estábamos muy felices porque ahora podíamos comprar comida para el desayuno, el almuerzo y la cena.

Cuando volvimos de hacer las compras, encontramos a un amigo que nos estaba esperando. Nos preguntó si podía pasar la Nochebuena con nosotras ya que no quería pasar la velada solo. Le explicamos que solamente íbamos a hacer una cena modesta en casa pero que con gusto nos podía acompañar. Él aportó 2.000 bolívares para ayudar con el costo de la cena. No podíamos creer cuánto nos estaba bendiciendo Dios.

Más tarde, mi sobrina llamó para decirnos que iba a llegar esa noche y que nos iba a traer 15 kilos de carne adobada. Al mediodía llegó mi sobrino con su esposa y sus hijos, y preguntaron si podían regresar por la noche con algo de comida para celebrar juntos la Nochebuena.

“No vamos a tener una gran cena”, les contestamos, “pero alcanzará para todos”.

Esa tarde, Edicta y yo preparamos pollo al horno, ensalada de papas, un postre de limón y majarete, un flan de coco típico, que disfrutamos junto a todos nuestros invitados; pero primero dimos gracias al Padre Celestial por la grandes bendiciones que nos había dado. Ese día se nos recordó que si tenemos fe y no dudamos, Él nos bendecirá cuando le pidamos ayuda.

La última Navidad de Linda

J. Audrey Hammer, Utah, EE. UU.

Cuando cursaba el segundo año de mis estudios en la Universidad Brigham Young, nuestro obispado inscribió al barrio en un programa llamado “Sub-for-Santa”, mediante el cual proporcionaríamos regalos de Navidad a una familia necesitada.

Sin embargo, el nombre de nuestro barrio desaparecía una y otra vez de la lista de voluntarios. Se aproximaba la Navidad y todavía no teníamos ninguna familia a la que ayudar. Fue entonces que uno de los consejeros del obispado nos comentó de una familia fuera del programa que podía beneficiarse de nuestra ayuda. Cuando supimos más acerca de esa familia, todos tuvimos la certeza de que debíamos concentrar nuestros esfuerzos en ella.

Linda (se ha cambiado el nombre), que tenía varios hijos varones entre nueve y quince años, había librado una batalla durísima contra el cáncer de mama. Durante el estrés de esa enfermedad, el marido la había dejado. Ella se acababa de mudar de otro estado a Provo, Utah, a fin de empezar a trabajar en un empleo nuevo, pero el trabajo no se concretó.

Cuando conocimos a Linda, de inmediato le dimos cabida en nuestro corazón. Tuvimos la bendición de verla como la veía el Salvador, como un espíritu noble y grande que había sobrellevado muchos retos difíciles. Nunca la consideramos un proyecto, más bien era una amiga eterna. Cada miembro del barrio aportó algo para ayudarla a ella y a sus hijos. Todos éramos jóvenes universitarios y bastante pobres también, pero con gusto aportamos, porque la queríamos.

Linda asistió a la fiesta de Navidad del barrio y, mientras ella estaba allí, varios integrantes del barrio fueron a su apartamento y le llenaron las alacenas y el refrigerador de alimentos. Le decoraron un árbol de Navidad y lo rodearon de regalos para toda la familia. Además, le dejaron cuatro neumáticos nuevos para el automóvil y le pagaron varios meses de alquiler. No estoy seguro de cómo nuestras escasas contribuciones alcanzaron para todo eso, pero supe que el Padre Celestial se había valido de nuestros sacrificios para bendecirla a ella.

Un año después, yo estaba en otro barrio de estudiantes, pero en la época de Navidad regresé a visitar a mi obispado anterior. Me enteré de que el marido de Linda había regresado con su familia y que la economía familiar se había normalizado; pero después, el cáncer reapareció y ella falleció. Me di cuenta de que habíamos ayudado a que Linda celebrase su última Navidad.

Sentí “el amor puro de Cristo” (Moroni 7:47) con tanta fuerza durante esa experiencia que aprendí que la verdadera caridad es un don espiritual inestimable que nos impulsa a actuar como lo haría el Salvador.