Mi padre cantaba con un tono de voz propio; no tenía voz de tenor ni de bajo, sino algo parecido que era más bien una mezcla de ambas. Aunque no era capaz de distinguir una nota de otra, papá cantaba con fuerza y vigor.

No recuerdo haberme avergonzado de cómo cantaba mi padre, pero sí recuerdo escuchar su alegre ruido con placer y desconcierto. ¿Acaso no se daba cuenta de que otras personas lo escuchaban?

A mi padre le encantaban los himnos del Evangelio y no iba a permitir que la falta de talento le impidiera adorar mediante la música. Cantaba con alegría, entusiasmo y sentimiento. Me gustaba la forma en que podía cantar un himno como “El Espíritu de Dios” con energía y convicción y luego, pocos minutos después, cantar el himno sacramental con ternura y reverencia.

Una tarde, mi padre me enseñó una poderosa lección por medio de un himno. Yo estaba tocando el piano como tantas veces lo hacía para relajarme después de un día en la escuela secundaria. Papá, que siempre buscaba la oportunidad de que pasáramos tiempo juntos, vino y se sentó junto a mí. Era una práctica habitual a la que estaba acostumbrada: hojeaba las páginas de un himnario, buscaba una canción y luego me pedía que la tocara mientras él cantaba.

Ese día en particular, tomó el himnario y lo abrió en cierto himno.

“Este himno es hermoso; uno de mis preferidos”, dijo, mientras apoyaba el himnario en el piano. Se trataba de “Un pobre forastero”. Papá me contó que era uno de los himnos preferidos del profeta José Smith y que José le había pedido a John Taylor que lo cantara en la cárcel de Carthage poco antes de que él y Hyrum fueran martirizados.

A continuación, papá cantó las siete estrofas mientras yo lo acompañaba. En ese momento ocurrieron dos cosas asombrosas. La primera fue que mi padre cantó todo el himno sin desentonar en una sola nota. ¡Cantó con una afinación perfecta! Cantó con humildad y sencillez, y a mí me pareció que sonó hermoso. El segundo acontecimiento asombroso fue menos sorprendente, pero mucho más importante. Mientras papá cantaba, supe que él amaba a José Smith y que tenía un testimonio de su llamado profético. El Espíritu me testificó que José Smith era un profeta.

Mi padre falleció pocos años después, y a menudo recuerdo ese día y la influencia que tuvo en mí. Una parte importante de mi testimonio del Evangelio se encuentra firmemente arraigada debido a que un padre que “no sabía cantar” decidió cantar de todo corazón.

Ilustración por Diane Hayden.