Guardemos los convenios: Un mensaje para los que servirán en una misión

De una transmisión vía satélite para misioneros presentada el 25 de abril de 1997.


Jeffrey R. Holland
La clave de esta obra yace en que guardemos nuestros convenios. No existe ningún otro medio por el cual podamos reclamar y demostrar los poderes de la divinidad.

Les hablaré acerca de la tremenda importancia de guardar convenios, yo los míos y ustedes los suyos. Este tema abarca más que un diálogo sobre la obediencia, aunque, ciertamente, la obediencia es parte del mismo; y es un asunto sumamente personal.

En cierto modo, es lo más básico de lo que podemos hablar en el plan del Evangelio, ya que sólo aquellos que hacen convenios y los guardan pueden reclamar las más supremas bendiciones del reino celestial. Así es; cuando hablamos de guardar convenios, nos referimos al cuerpo y alma de nuestro propósito en la mortalidad.

Edificar el reino un convenio a la vez

Un convenio es un contrato espiritual vinculante, una promesa solemne a Dios nuestro Padre de que viviremos, pensaremos y actuaremos de cierta manera: la manera de Su Hijo, el Señor Jesucristo. A cambio, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos prometen el pleno esplendor de la vida eterna.

Me resulta interesante que los convenios se hagan personal e individualmente. Hay un convenio que se hace al momento del bautismo y de confirmación, mediante el cual emprendemos el camino hacia la vida eterna. Esas ordenanzas se llevan a cabo a favor de personas individuales, una por una, sin importar cuántas sean las que, en última instancia, habrán de recibirlas.

Otro convenio tiene lugar cuando los hombres reciben el sacerdocio. Ese otorgamiento siempre se da una persona a la vez.

Los convenios más elevados que podemos concertar se llevan a cabo en el templo; allí es donde le hacemos nuestras promesas más solemnes al Padre Celestial y donde Él nos revela más íntegramente el verdadero significado de las promesas que nos hace. Repito: éstas son experiencias personales, incluso cuando vamos al templo a ser sellados a otras personas.

Así es como se edifica el reino de Dios: una persona a la vez, un convenio a la vez, mientras que todos los caminos de nuestra trayectoria mortal nos conducen a los convenios supremos del santo templo.

La función de los convenios del templo

Es de suma importancia que comprendan que el ir al templo para recibir su propia investidura, incluso las grandiosas ordenanzas que los preparan para dicha investidura, son una parte indispensable de su preparación para la misión y su compromiso misional.

Al ir al templo, empezarán a entender la importancia de los convenios del templo, el firme vínculo que existe entre la investidura que allí reciben y su éxito como misioneros.

Efectivamente, el término investidura transmite la esencia de ese vínculo indispensable. La investidura es un don y, en inglés, comparte la misma raíz que la palabra dote, que es un regalo especial con el que el nuevo matrimonio comienza la vida conyugal. Cuando fui rector de la Universidad Brigham Young, pasé cierto tiempo tratando de aumentar la dote de la universidad, su tesoro de dádivas de donantes generosos.

Eso es lo que Dios hace por nosotros cada vez que hacemos un convenio con Él: nos dota, nos inviste. Nosotros prometemos hacer ciertas cosas, según la ordenanza de que se trate, y Él promete concedernos dones especiales a cambio, dones maravillosos, dones indescriptibles, casi incomprensibles. Por eso les digo, tal como me digo a mí mismo: si realmente deseamos tener éxito en nuestros llamamientos, si queremos tener acceso a todo tipo de ayuda, todo tipo de ventaja y todo tipo de bendición del Padre, si deseamos que las puertas del cielo nos sean abiertas a fin de recibir los poderes de la divinidad, ¡debemos guardar nuestros convenios!

Ustedes saben que no pueden llevar a cabo esta obra solos. Debemos contar con la ayuda de los cielos; debemos contar con los dones de Dios. Él enseñó esto al comienzo de la obra en esta dispensación. Al enseñar sobre “la redención de Sión”, el Señor dijo:

“…para que ellos mismos se preparen, y mi pueblo sea instruido con mayor perfección, y adquiera experiencia, y sepa más cabalmente lo concerniente a su deber y a las cosas que de sus manos requiero;

“y esto no puede llevarse a cabo sino hasta que mis élderes sean investidos con poder de lo alto.

“Pues he aquí, he preparado una magna investidura y bendición que derramaré sobre ellos, si son fieles y siguen siendo humildes delante de mí” (D. y C. 105:10–12).

Esta obra es tan solemne y la oposición que el adversario ejerce contra ella es tan grande que necesitamos todo el poder divino para magnificar nuestros esfuerzos y hacer que la Iglesia progrese de forma constante. La clave de ello para cada uno de nosotros es el convenio que hacemos en el templo: nuestra promesa de obedecer y de sacrificarnos, de consagrarnos ante el Padre, y Su promesa de investirnos con “una magna investidura”.

Los convenios y la obra del Señor

¿Los ayuda esto a ver cuán fundamentales son nuestras promesas personales para el empuje y la grandiosidad generales de la obra? Al igual que todo lo demás en el plan de salvación, el éxito de todos los élderes y de todas las hermanas en el mundo lo determina un misionero a la vez.

No hacemos convenios como barrios ni como estacas. No; hacemos convenios como el hermano Gómez o el hermano Paz, la hermana Díaz o la hermana López. La clave de esta obra es que cada persona individualmente guarde los convenios.

No sé en qué misión prestarán servicio, pero no creo que nuestro Padre Celestial haya hecho ninguna promesa en particular a su misión como tal. Lo que sí sé es que Él les ha hecho grandes promesas a cada uno de ustedes personalmente.

Cuando toda una misión está unida por el poder de la integridad de cada misionero, por el hecho de que cada misionero guarda sus convenios personales, podemos mover montañas. Cuando existe esa unidad y ese poder, una investidura del cielo, que llega a cada persona de la misión, nada puede “evitar que la obra progrese”. Es así que “…la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente”1.

Tenemos esa confianza cuando no hay ningún eslabón débil en la cadena, cuando no hay ningún punto débil en la armadura. En la guerra contra la maldad y el error así es como se logra cualquier victoria del Evangelio: un convenio a la vez, una persona a la vez, un misionero a la vez.

Ésa es la razón por la que el Señor dijo a los primeros líderes de la Iglesia: “…os obligaréis a obrar con toda santidad ante mí, a fin de que, si hacéis esto, se añada gloria al reino que habéis recibido” (D. y C. 43:9–10).

Ése es el idioma de los convenios. Eso es precisamente lo que vamos a hacer al templo: comprometernos ante el Señor y unos a otros, y luego, con esa fortaleza, “obrar con toda diligencia”. A cambio, recibimos poder y gloria para nosotros y nuestra obra. Precisamente en el contexto de guardar convenios, el Señor dijo: “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis” (D. y C. 82:10).

Créanme; la clave de esta obra yace en que guardemos nuestros convenios. No existe ningún otro medio por el cual podamos reclamar y demostrar los poderes de la divinidad. Tienen la promesa del Señor en cuanto a este asunto.

Ustedes irán al templo a fin de prepararse para su misión. Guarden los convenios que hagan allí, cada uno de ellos; son promesas muy personales y muy sagradas que cada uno de nosotros hace con nuestro Padre Celestial.

El convenio de dar testimonio

Al pedirles esto, quiero que sepan que yo estaré haciendo lo mismo. Yo también guardaré mis convenios. Uno de esos convenios es ser, como miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, un testigo especial “del nombre de Cristo en todo el mundo” (D. y C. 107:23). Al guardar mis convenios, no sólo les doy mi testimonio hoy día del Señor Jesucristo, quien fue crucificado, sino que también soy un testigo, llamado, ordenado y comisionado para llevar ese testimonio al mundo. Me complace unirme a ustedes en ese ministerio, mis amados jóvenes amigos.

Sé que Dios vive, que Él es nuestro Padre Celestial literal y que guardará las promesas que nos ha hecho para siempre. Sé que Jesús es el Cristo, el Hijo Unigénito del Padre en la carne y el Salvador del mundo. Sé que Él sufrió, que sangró y que murió para que nosotros pudiésemos tener vida eterna.

Sé que el Padre y el Hijo se aparecieron al joven profeta José Smith, el gran profeta fundador de esta dispensación, que también derramó su sangre como testimonio de su llamamiento, el símbolo supremo de la lealtad de una persona a sus convenios. Sé que esas llaves proféticas han descendido en una cadena ininterrumpida a través de otros quince hombres, hasta esta época en que están en la posesión y el ministerio profético del presidente Thomas S. Monson, el sumo sacerdote presidente de Dios sobre la tierra en la actualidad.

Esta obra es verdadera. Estas declaraciones son verdaderas. Sé de ellas independientemente de cualquier otro hombre o mujer mortal que haya vivido. Las sé por las manifestaciones del Santo Espíritu que dan dirección a mi vida y significado a mi testimonio, y que me envían, como a ustedes, a ser un testigo especial del Redentor del mundo.

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    Nota

  1.   1.

    José Smith, en History of the Church, tomo IV, pág. 540.