Redescubrir una maravilla del mundo… y evitar los peligros de la apatía espiritual


Ciro Villavicencio calcula que durante sus primeros tres años como guía turístico en la región de Cusco, Perú, ha hecho casi 400 recorridos por Machu Picchu, la famosa “ciudad perdida” de los incas. Sin embargo, para él, incluso después de sus muchas visitas, ese sitio —que se incluye en varias listas de las maravillas del mundo— no ha perdido su encanto.

“Siempre hay algo nuevo que aprender”, dice Ciro. Para él, el pasar varias horas hablando a un grupo de visitantes a lo largo de Machu Picchu no es algo fuera de lo normal; sin embargo, ha visto lo fácil que es dejar de asombrarse. Algunos de sus colegas llevan a cabo el recorrido entero en 45 minutos. “Han perdido el interés”, afirma.

Ciro, que es miembro del Barrio Chasqui y miembro del sumo consejo de la Estaca Inti Raymi, Cusco, Perú, cree que entender la falta de interés de sus colegas podría ayudar a los miembros de la Iglesia a aumentar el interés en otra maravilla del mundo —la más importante de todas— la “obra maravillosa y un prodigio” del evangelio restaurado de Jesucristo (2 Nefi 25:17).

Los peligros de perder el asombro

Abandonada por los incas a finales del siglo XVI, y desconocida para los conquistadores, esa ciudad aislada en lo alto de los Andes peruanos permaneció perdida para todos, salvo para unos pocos. Al comienzo del siglo veinte, su descubrimiento por parte del mundo exterior llevó a innumerables estudiosos y turistas al lugar.

Tras décadas de investigación, “algunas personas pensaron que habían encontrado todo lo que se podía encontrar en Machu Picchu”, dice Ciro. “Cuando la gente piensa que ya se ha hallado todo o que ya se hizo todo, abandonan o desvalorizan el objeto o el esfuerzo”.

Ciro se preocupa de que esa misma actitud de indiferencia ocurra en la Iglesia. Él ha visto cómo el tiempo y el hecho de que sea algo con lo que ya están familiarizados, puede llevar a algunos miembros “…a asombrarse cada vez menos de una señal o prodigio del cielo, de tal modo que [comienzan] a endurecer sus corazones, y a cegar sus mentes y [empiezan] a no creer todo lo que [han] visto y oído” (3 Nefi 2:1).

Esa pérdida de asombro puede conducir a que los miembros sean susceptibles a las mentiras de Satanás, tales como: No tienes que escuchar a ese discursante, ya lo sabes todo. No tienes que ir a la Escuela Dominical, ya has oído esa lección antes. No tienes que estudiar las Escrituras hoy, no hay nada nuevo en ellas.

“De este modo Satanás… se [apodera] del corazón de los del pueblo” (3 Nefi 2:2).

No es raro experimentar altibajos en el entusiasmo por aprender el Evangelio, pero aquellos que permiten que una breve pausa en el aprendizaje espiritual se alargue hasta convertirse en un estilo de vida, están en peligro de perder “aun lo que tuvieren” en conocimiento espiritual (2 Nefi 28:30; véase también Mateo 25:14–30).

Reavivar el asombro

La comprensión de tres verdades ha ayudado a Ciro a permanecer dispuesto a aprender a pesar del atractivo de la apatía:

1. Hay más que necesito saber

Durante momentos de intenso estudio del Evangelio mientras estaba en la misión y como maestro de instituto, Ciro descubrió que siempre hay algo más que aprender, ya sea un nuevo principio o la nueva aplicación de uno que ya sabía. Más importante aún, ese nuevo conocimiento espiritual es con frecuencia algo que necesitaba saber a fin de superar el desafío al que se enfrentaba o que estaba por enfrentar.

“Parte de estar dispuesto a recibir instrucción”, dice, “es tener presente que siempre hay algo que no sé y que probablemente necesite saber”.

2. Preciso la ayuda del Espíritu Santo para aprender lo que necesito

Cuando uno no sabe qué es lo que necesita saber, es preciso tener un maestro con conocimiento (véase Juan 14:26). Cuando Ciro estudia las Escrituras a solas o con su esposa, o cuando participa en clases y reuniones, constantemente se le recuerda que no importa cuántas veces haya leído un versículo particular o haya oído cierto concepto.

“El Espíritu me puede enseñar cosas que nunca había tomado en cuenta”, afirma. “El Espíritu Santo es el maestro”.

3. El aprender requiere esfuerzo de mi parte

El aprendizaje es un ejercicio activo, no pasivo1. Requiere deseo, prestar atención, participar y aplicar los principios que se hayan aprendido (véase Alma 32:27).

“Tengo que tomar la responsabilidad de aprender”, dice Ciro. “Mi Padre Celestial no me obligará a aprender nada”.

Se premia el asombro

Para Ciro, Machu Picchu sigue siendo una maravilla del mundo porque, durante todo el tiempo que los investigadores lo han estudiado, se les ha premiado con nuevos descubrimientos y con más conocimiento.

Aun después de un siglo de investigación, apenas en los últimos años los arqueólogos han encontrado un cementerio, objetos de cerámica y otras construcciones en terrazas, todo lo cual ha ampliado lo que se sabe acerca de Machu Picchu y de los incas.

Lo mismo sucede con el estudio del evangelio de Jesucristo. “Siempre hay algo nuevo que descubrir en el Evangelio para aquellos que hacen el esfuerzo”, dice Ciro.

Así como los nuevos descubrimientos en Machu Picchu amplían el conocimiento previo, proporcionando a los investigadores un conocimiento más completo, “…al que no endurece su corazón le es dada la mayor parte de la palabra, hasta que le es concedido conocer los misterios de Dios al grado de conocerlos por completo” (Alma 12:10; véase también D. y C. 50:24).

“El Evangelio es una fuente interminable de aguas vivas a la cual necesitamos regresar con regularidad”, afirma Ciro.

La obra maravillosa del prodigio

Mientras Ciro observa desde una saliente en lo alto de Machu Picchu, docenas de diferentes grupos de turistas caminan entre los antiguos edificios. Para Ciro, la tragedia de la falta de interés entre algunos de sus colegas es que no sólo los perjudica a ellos, sino a las personas a quienes ellos podrían transmitir ese sentimiento de maravilla.

El mantener viva la maravilla del Evangelio no sólo será una bendición para la persona, sino para los que se relacionen con él o ella. “El cambio que el Evangelio produce en la vida de las personas es una maravilla”, dice Ciro. “Y aquellos que hayan experimentado ese cambio pueden a la vez llegar a ser un prodigio en la vida de los demás”.

Jóvenes

Cómo encontrar la motivación para leer las Escrituras

Necesitamos orar a fin de tener la motivación para leer las Escrituras, así como para tener la guía del Espíritu Santo. Tenemos que deleitarnos en las Escrituras; o sea, disfrutar de la palabra de Dios y sentir el amor que nos brinda mediante el mensaje que nos proporciona. No debemos dejar que las letras simplemente pasen ante nuestros ojos, ya que el propósito es que lleguemos a sentir un gran amor por este maravilloso Evangelio.

Cada vez que escudriñes las Escrituras, aprenderás más, y por medio de ellas puedes llegar a conocer la voluntad de nuestro Padre Celestial. Con frecuencia Él contesta nuestras oraciones por medio de los libros canónicos de la Iglesia. Cuando sentimos paz y recibimos pensamientos de inspiración, podemos tener la seguridad de que provienen de nuestro Padre Celestial por medio del Espíritu Santo (véase D. y C. 8:1–3).

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    Nota

  1.   1.

    Véase David A. Bednar, “Buscar conocimiento por la fe”, Liahona, septiembre de 2007, pág. 16.