¿Por qué se presiona tanto a los hombres jóvenes para que salgan a la misión? ¿No es acaso una decisión personal?

La decisión personal que cada joven debe tomar es si cumplirá o no con su deber del sacerdocio de servir en una misión. Como dijo el presidente Thomas S. Monson: “Todo joven digno y capaz debe prepararse para servir en una misión. El servicio misional es un deber del sacerdocio, una obligación que el Señor espera de nosotros, a quienes se nos ha dado tanto. Jóvenes, los amonesto a que se preparen para prestar servicio como misioneros” (“Al encontrarnos reunidos de nuevo”, Liahona, noviembre de 2010, págs. 5–6).

El prepararse para la misión forma parte de la experiencia que un joven tiene en el Sacerdocio Aarónico; es su deber y, por lo tanto, debe sentir el peso correspondiente de esa responsabilidad. Por supuesto, no debe servir en una misión simplemente porque se espera que lo haga ni porque sienta la presión de hacerlo; debe servir porque desea compartir el evangelio restaurado de Jesucristo con los demás.

Sin embargo, al orar en cuanto a servir en una misión, también debe recordar que, por haber recibido el sacerdocio, ya ha aceptado la sagrada responsabilidad de “…amonestar, exponer, exhortar, enseñar e invitar a todos a venir a Cristo” (D. y C. 20:59), incluso por medio del servicio como misionero de tiempo completo. En los casos en que los jóvenes no puedan servir a causa de mala salud o alguna discapacidad, quedarán honorablemente exentos de la responsabilidad.

¿Existen los ángeles de la guarda? ¿Se ha asignado uno para mí?

El término “ángel de la guarda” no aparece en las Escrituras, más bien, se habla de ángeles que son “ministrantes” (véase Omni 1:25; Moroni 7:22–29). “Los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo” (2 Nefi 32:3) y a menudo comparten la misión del Espíritu Santo de consolar, guiar, proteger a los fieles y revelar o confirmar la verdad. Por consiguiente, el Espíritu Santo mismo se podría considerar un ángel de la guarda.

El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Desde el principio y a través de las dispensaciones, Dios se ha valido de ángeles… para transmitir amor y preocupación por Sus hijos… Visibles o invisibles, siempre están cerca” (“El ministerio de ángeles”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 29).

El Señor no ha revelado si hay un ángel específico asignado a cuidar de cada persona, pero pueden estar seguros de que se cuenta con protección y consuelo divinos. Si ejercen la fe, tendrán la ayuda de Dios, e incluso se enviarán ángeles para fortalecerlos, consolarlos y darles el valor para hacer lo correcto.

¿Cuál es la posición de la Iglesia en cuanto a la homosexualidad? ¿Está bien que tengamos amistad con personas que tienen sentimientos homosexuales?

La Iglesia se opone a la conducta homosexual, pero tendemos una mano de entendimiento y respeto a las personas que sienten atracción hacia personas de su mismo sexo.

Si conoces a alguien que se sienta atraído hacia personas de su mismo sexo, aplica los mismos principios que pones en práctica con tus otras amistades: “Selecciona a tus amistades con mucho cuidado, ya que éstas surtirán una gran influencia en tu modo de pensar y actuar, e incluso podrán determinar la persona que llegarás a ser. Elige amistades que tengan los mismos valores que tú a fin de que puedan fortalecerse y animarse mutuamente a vivir normas elevadas. Un verdadero amigo o una verdadera amiga te animará a comportarte de la mejor manera posible… Trata a todos con bondad y respeto” (Para la Fortaleza de la Juventud, folleto, 2001, pág. 12).

La Iglesia enseña que la sexualidad humana tiene un propósito en el plan del Padre Celestial. A fin de que seamos felices y cumplamos con ese propósito, se nos manda vivir la ley de castidad. La conducta homosexual es contraria a ese propósito e infringe los mandamientos de Dios.

No obstante, si alguien siente atracción hacia personas de su mismo sexo y no actúa de acuerdo con esos sentimientos, él o ella no habrá pecado. La norma moral de la Iglesia es la misma para todos, sin importar hacia qué sexo uno se sienta atraído. Ni el Señor ni Su Iglesia pueden aprobar ningún comportamiento que quebrante Sus leyes. Una vez más: condenamos la conducta inmoral, no a la persona.

Si desea leer más acerca de este tema, lea las palabras del élder Jeffrey R. Holland, “Cómo ayudar a los que se debaten con la atracción hacia las personas de su mismo sexo”, Liahona, octubre de 2007, pág. 40.