Hablamos de Cristo

Las maestras visitantes me condujeron a Jesucristo


“[El Señor le] dijo [a Pedro] la tercera vez: …¿me amas? …y [Pedro] le dijo: Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas” (Juan 21:17).

Las maestras visitantes me condujeron a Jesucristo

A fines de la década de 1970, una amiga me pidió que la acompañara a la Sociedad de Socorro. “¿Qué es eso?”, pregunté. Mi amiga simplemente dijo: “Ven y verás”. ¡Quedé cautivada desde el primer momento!

Más tarde ese verano, Leann vino a mi casa y dijo que era mi maestra visitante, lo cual me pareció raro y maravilloso a la vez, especialmente porque yo no era miembro de la Iglesia. Ella estaba tomando tiempo de su ocupado horario para compartir conmigo un pensamiento espiritual y para ver si había algo en lo que me pudiera ayudar. Por su actitud, sabía que era sincera. Nunca he olvidado a Leann ni los mensajes que compartió conmigo.

Pasaron un par de años, y Frances se mudó a nuestro barrio. A decir verdad, no era exactamente “nuestro” barrio, ya que yo aún no era miembro, pero así lo consideraba. Para entonces, yo ya tenía dos niñas y podía ver cómo las organizaciones auxiliares de la Iglesia eran una bendición en la vida de ellas. Con lluvia o con sol, Frances, mi nueva maestra visitante, me visitaba y traía una lección, una sonrisa, un relato o una mano de ayuda. Recuerdo cuando me visitó una tarde muy ajetreada para mí; al ver que no podía sentarme a conversar con ella, se puso a revolver la comida que tenía sobre la estufa de la cocina mientras yo atendía a las necesidades de mis hijas.

Pasaron los años y yo me mudé. A pesar de lo difícil que fue para mí dejar a mis amigas de la Iglesia, no tardé en encontrar otro grupo de hermanas con firmes testimonios y corazones generosos en la Sociedad de Socorro de “mi” nuevo barrio. Una de las maestras de la Sociedad de Socorro nos dio material decorado para hacer una lista de tareas y nos animó a que todos los días escribiéramos en la parte superior de la lista “Ser amable”. Las hermanas que estaban sentadas junto a mí y yo pensamos que era una idea fantástica, especialmente porque corroboraba el lema de la Sociedad de Socorro: “…la caridad nunca deja de ser” (Moroni 7:46).

Más tarde leí la historia de una pionera. Cuando ella era pequeña, el profeta le pidió a su familia que colonizara una comunidad Santo de los Últimos Días en una región aislada. Sufrieron una tragedia cuando uno de sus hermanos murió; su madre quedó emocionalmente destrozada y la familia hundida en la tristeza.

Un día, la niña estaba mirando por la ventana; hasta donde ella alcanzaba a ver, un manto de nieve rodeaba la modesta casa de la familia. Al mirar hacia el horizonte, vio a dos personas que caminaban con dificultad hacia la casa y avanzaban lentamente abriéndose camino. De pronto, la niña se dio cuenta de quiénes eran: eran las maestras visitantes de su madre.

Ese relato me inspiró. En mayo de 1983 me bauticé, y ahora es un honor para mí ser una maestra visitante. Me encanta relacionarme con tantas mujeres que son un ejemplo de “mujer virtuosa”, cuyo “valor sobrepasa grandemente al de las piedras preciosas” (Proverbios 31:10).

Las bendiciones del programa de las maestras visitantes

Barbara Thompson

“Muchas mujeres han dicho que la razón por la cual regresaron a la actividad en la Iglesia fue que una fiel maestra visitante iba mes tras mes y las ministraba, rescatándolas, amándolas, bendiciéndolas…

“A veces la bendición más importante de su visita será simplemente que usted escuche. El escuchar trae consuelo y comprensión, y sana. En otra ocasión quizás [deba] arremangarse e ir a trabajar en la casa o ayudar a calmar a un niño que llora”.

Barbara Thompson, Segunda Consejera de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, “Y tened compasión de los que dudan”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 120.

¿En qué forma son bendecidas las maestras visitantes mediante el servicio que prestan?

Barbara Thompson ayuda a responder a esa pregunta en su discurso de la reunión general de la Sociedad de Socorro, “Y tened compasión de los que dudan”, (Liahona, noviembre de 2010, pág. 120).

“…cada vez que hacía las visitas, siempre me sentía mejor; era edificada, amada y bendecida, por lo general mucho más que la hermana a la que yo visitaba. Mi amor aumentaba; mi deseo de servir era mayor; y podía ver qué método maravilloso ha establecido el Padre Celestial para que velemos y nos cuidemos mutuamente”.

Considere escribir en su diario su testimonio del programa de las maestras visitantes o de los maestros orientadores.

Para mayor información, véase Julie B. Beck, “‘…hijas en mi reino’: La historia y la obra de la Sociedad de Socorro”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 112; y Henry B. Eyring, “El perdurable legado de la Sociedad de Socorro”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 121.