El prestar servicio en la Iglesia

Cómo lidiar con las críticas en nuestros llamamientos


Cómo lidiar con las críticas en nuestros llamamientos

Una de las bendiciones y desafíos interesantes de una iglesia donde no hay clero remunerado es que tenemos que ser pacientes unos con otros y con nosotros mismos al aprender y crecer en nuestros llamamientos. Cuando en mi llamamiento surgió una situación difícil y delicada, una en la que estaban involucrados varios miembros del barrio, yo la manejé lo mejor que pude y me olvidé del asunto; creí que la difícil experiencia ya formaba parte del pasado.

Pero me equivoqué. No todos en el barrio estaban de acuerdo con la forma en que se había manejado el asunto, y se convirtió en un punto de gran discusión. Algunos estaban de acuerdo con lo que yo había hecho, pero otros consideraban que había cometido un gran error. Me sentí mal, pero, dado que había hecho mi mejor esfuerzo, intenté no preocuparme demasiado por ello.

Sin embargo, cuando poco después me relevaron, fue un golpe tremendo para mí. Por supuesto que sabía que los llamamientos en la Iglesia son sólo por un tiempo, pero, debido al momento en que me relevaron, sentí que mis líderes estaban echándome la culpa o castigándome por lo que había ocurrido.

Parecía que la gente me juzgaba cada vez más y no estaba seguro de querer enfrentar a los miembros del barrio en seguida. Fue así que, la semana después de mi relevo, me quedé en casa y no fui a la capilla. La semana siguiente hice lo mismo, y la otra también. Cuanto más tiempo pasaba, más difícil se hacía regresar.

Después de un tiempo, empecé a pensar en lo que había ocurrido. Me di cuenta de que, aunque era una situación dolorosa, no valía la pena arriesgar el quebrantar mis convenios por ello. Al fin de cuentas, ¿no era verdadera la Iglesia?

Quizá la manera en la que había manejado el problema que surgió en mi llamamiento había sido la correcta o quizá no. La verdad es que todos estamos aprendiendo y todos cometemos errores.

Aunque me doliera admitirlo, viéndolo de una perspectiva más amplia, no interesaba quién tenía la razón y quién estaba equivocado. Sin embargo, lo que importaba era si yo era fiel a mis convenios o no. Importaba, tanto para mi familia como para mí, si asistía a la Iglesia, si renovaba mis convenios en la reunión sacramental y si continuaba prestando servicio. También importaba la manera en que yo reaccionaba ante la autoridad del sacerdocio.

Regresé a la Iglesia y, poco después, me extendieron otro llamamiento. Ese llamamiento, y los que siguieron, requirieron que sirviera junto con algunas de las personas que habían criticado mi manera de actuar, lo cual no ha sido fácil. Pero me alegra no haber permitido que sus comentarios me impidieran disfrutar de las bendiciones de la actividad en la Iglesia.

Darnos los unos a los otros el beneficio de la duda

Élder Marvin J. Ashton

“Quizás adquiramos la mayor caridad al ser amables los unos con los otros, al no juzgar ni categorizar a los demás; cuando simplemente damos a otras personas el beneficio de la duda o permanecemos en silencio. La caridad es aceptar las diferencias, las debilidades y las faltas de los demás; es tener paciencia con alguien que nos haya desilusionado; es resistir el impulso de sentirnos ofendidos cuando alguien no hace las cosas de la manera en que nos hubiera gustado. La caridad es rehusar aprovecharnos de las debilidades de otras personas y estar dispuestos a perdonar a alguien que nos haya herido. La caridad es esperar lo mejor los unos de los otros”.

Véase élder Marvin J. Ashton (1915–1994), del Quórum de los Doce Apóstoles, “La lengua puede ser una espada aguda”, Liahona, julio de 1992, pág. 21.