“¿No es más bien el ayuno que yo escogí?”


Por medio del ejemplo de una familia que investigaba la Iglesia, aprendí que las promesas del Señor se cumplen cuando obedecemos la ley del ayuno con fe y propósito.

Prestaba servicio como misionera de tiempo completo en Texas, EE. UU., cuando leí Isaías 58 por primera vez. Allí, el Señor describe la doctrina de la ley del ayuno y cita casi veinte bendiciones específicas para los que obedezcan Su ley. Antes de mi misión, había visto muchas de esas bendiciones cumplirse en mi propia vida y en la de amigos y familiares; sin embargo, fue por medio de los ejemplos y la fe de una familia de investigadores que verdaderamente llegué a entender la realidad de las promesas del Señor cuando nuestro ayuno es aceptable ante Él.

“Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí” (Isaías 58:9).

Para cuando mi compañera y yo empezamos a enseñar a Corina Aguilar, ella ya había expresado el deseo de ir a la Iglesia. Después de aprender en cuanto a la restauración del Evangelio y de leer el Libro de Mormón y orar al respecto, ella sintió que la Iglesia era verdadera; había sólo una cosa que la detenía: su esposo Manuel.

Corina no quería ir sola a la Iglesia; estaba resuelta a que la familia entera aprendiera el Evangelio junta. Sin embargo, Manuel trabajaba muchas horas y, cuando llegaba a casa, lo que menos quería hacer era escuchar a un par de misioneras.

Corina empezó a orar para que Manuel tuviera el deseo de reunirse con nosotras, pero pasaron las semanas sin que hubiera un cambio en su actitud. Entonces, un día, al finalizar una lección, Corina preguntó sobre el ayuno. Ya se nos hacía tarde para otra cita que teníamos, de modo que brevemente le explicamos que cuando ayunamos, dejamos de comer o tomar líquidos durante dos comidas consecutivas y que, durante ese tiempo, oramos al Padre Celestial para suplicarle ayuda y guía para nosotros o para los demás. Con la promesa de que le enseñaríamos más durante nuestra siguiente visita, nos apresuramos y nos fuimos.

Unos días después volvimos a visitarla. En el curso de la lección, nos sorprendió cuando dijo con tristeza: “No creo que pueda ayunar”. Explicó que desde nuestra última visita, había estado ayunando. En el día no desayunaba ni comía al mediodía, y más tarde cenaba. Después de esa comida, volvía a empezar el ayuno, sin comer nada hasta la hora de la cena del día siguiente. Había hecho lo mismo por tres días. “Me esforcé mucho”, nos dijo, “pero fue muy difícil”.

Llenas de asombro ante esa fe, rápidamente le explicamos que normalmente una persona ayuna sólo un día; entonces, con la curiosidad de saber el motivo de tal sacrificio, preguntamos: “Corina, ¿nos podría decir la razón por la que estaba ayunando?”.

“Por mi esposo”, respondió.

Nos impactó su deseo de seguir los mandamientos del Señor y procurar bendiciones para su familia. El élder Joseph B. Wirthlin (1917–2008), del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “Muchas veces, cuando ayunamos, nuestras oraciones y peticiones justas adquieren un poder aún mayor”1. Eso es lo que le ocurrió a Corina. La semana siguiente, Manuel aceptó reunirse con nosotras. Aunque seguía un tanto escéptico, después de aprender sobre el plan de salvación, él también empezó a orar, e incluso llevaba un ejemplar del Libro de Mormón en su camioneta para leerlo durante su descanso en el trabajo. Con el tiempo, Corina, Manuel y sus tres hijos empezaron a ir juntos a la Iglesia.

“¿No es más bien el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de la maldad, soltar las cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados…? (Isaías 58:6).

Aunque progresó mucho, Manuel tuvo dificultades para obedecer la Palabra de Sabiduría ya que había bebido alcohol desde que era joven. No sólo tuvo dificultad para dejar de hacerlo, sino que también tenía miedo de que sus amigos lo ridiculizaran.

Corina también se sentía esclavizada por el hábito de su esposo y por muchos años había tratado de ayudarlo. Ahora, con la nueva fe que había encontrado y con un testimonio del poder del ayuno, empezó a ayunar con regularidad a fin de que Manuel tuviera la fortaleza para obedecer la Palabra de Sabiduría.

El amor que Corina sentía por su esposo me recordó el relato del Nuevo Testamento en el que un padre suplicó a los apóstoles que sanasen a su hijo enfermo. A pesar de que ejercieron fe, no les fue posible efectuar el milagro. No obstante, el Señor sanó al muchacho, explicándoles luego que “este género no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21).

Fue así que por medio de la oración y del ayuno Manuel adquirió poco a poco la fortaleza para librarse de su hábito y, aunque al principio sus amigos se burlaron de él, pronto comenzaron a tenerle mayor respeto cuando demostró su lealtad al Señor al seguir Sus mandamientos.

“…Jehová te guiará siempre, y en las sequías saciará tu alma… y serás como huerto de riego” (Isaías 58:11).

Al mismo tiempo que proporciona ayuda, fortaleza y la guía del Señor, el ayuno brinda la oportunidad de “[extender] tu alma al hambriento y [saciar] al alma afligida” (Isaías 58:10) mediante el pago de una generosa ofrenda de ayuno. El presidente Marion G. Romney (1897–1988), Primer Consejero de la Primera Presidencia, enseñó: “Sean generosos en sus dádivas, para que así puedan progresar… Prometo a todos los que lo hagan que aumentará su prosperidad tanto espiritual como temporal”2.

Mientras la familia Aguilar se preparaba para el bautismo, su fe fue probada de muchas maneras. Poco después de que fijaron una fecha bautismal, Manuel se quedó sin trabajo, y él y Corina no estaban seguros de cómo pagarían el alquiler y los gastos de la casa, incluso la comida para sus hijos. Aunque recibieron ayuda económica de sus familiares, no era suficiente para solventar todas sus obligaciones económicas.

Al no ver ninguna otra alternativa, decidieron vender algunas pertenencias. Primeramente vendieron los escasos lujos que tenían en su apartamento, y después empezaron a vender cualquier cosa de la que pudieran prescindir. Aproximadamente una semana después, habían reunido suficiente dinero para pagar el alquiler de ese mes, pero aún tenían temor de cómo se las arreglarían en los meses venideros.

Los miembros de la rama no tardaron en prestarles ayuda. El presidente de la rama se reunió con Manuel para ver qué otro tipo de ayuda necesitaban y, como rama, hicieron todo lo posible por ayudarlos a salir de esa situación.

Al seguir guardando los mandamientos y hacer todo lo posible por proveer de lo necesario para su familia, los Aguilar recibieron muchas bendiciones, incluso nuevas oportunidades de trabajo. Descubrieron que aun en tiempos de pruebas, el Señor promete que Él nos proveerá de lo necesario si somos obedientes.

“Entonces nacerá tu luz como el alba… e irá tu rectitud delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia” (Isaías 58:8).

El 9 de noviembre de 2008, Manuel, Corina, Jovani y Lupito Aguilar entraron en las aguas del bautismo. La hija menor, Mariela, esperaba con ansias cumplir los ocho años para ser bautizada. Al poco tiempo, Manuel recibió el Sacerdocio Aarónico y más tarde el Sacerdocio de Melquisedec.

Manuel y Corina entraron en el templo un año después para recibir sus investiduras, y ahora se están preparando para regresar al templo a fin de que sus hijos se sellen a ellos.

“…los cimientos de generación en generación levantarás” (Isaías 58:12).

Al ser los primeros miembros de la Iglesia en su familia, Manuel y Corina son pioneros que, por medio de sus ejemplos de fe y de sacrificio, establecen un modelo de rectitud para su posteridad y para otras personas. No solamente han ayudado a sus hijos a recibir las bendiciones del Evangelio, sino que también han demostrado a sus amigos y familiares inmediatos el gozo que ha llegado a sus vidas mediante la obediencia a los mandamientos; y algunos de ellos incluso se han reunido con los misioneros y se han bautizado.

El ayuno abre la puerta a las bendiciones singulares de fortaleza y de consuelo. Al igual que la familia Aguilar, todos nos enfrentamos a pruebas y dificultades cuando nos esforzamos por seguir al Salvador. Tal vez tengamos dificultad para superar flaquezas personales o tentaciones, o nos preocupemos demasiado por los errores de los demás; tal vez nos sintamos oprimidos por dolores físicos o emocionales, o tengamos que soportar períodos de penurias económicas. Cualquiera que sea la carga que llevemos, el ayuno nos ayuda a echar “sobre Jehová [nuestra] carga y él [nos] sostendrá” (Salmos 55:22). Si obedecemos la ley del ayuno con fe y propósito, veremos cumplirse en nuestra propia vida las bendiciones prometidas en Isaías 58.

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    Notas

  1.   1.

    Joseph B. Wirthlin, “La ley del ayuno”, Liahona, julio de 2001, pág. 89.

  2.   2.

    Véase Marion G. Romney, “Las bendiciones del ayuno”, Liahona, diciembre de 1982, pág. 4.