La doctrina del Padre


Quentin L. Cook
Una de las verdades más dulces y más básicas reveladas como parte de la Restauración se relaciona con la naturaleza de nuestro Padre Celestial y Su conexión personal con cada persona que viene a la tierra.

Entre los primeros principios que se perdieron en la Apostasía estaba el conocimiento de Dios el Padre. No es de sorprender entonces que entre los primeros principios que se revelaron en la Restauración se encontrara un conocimiento de Dios el Padre. En orden de prioridad, la primera declaración de fe por parte de los Santos de los Últimos Días es: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre” (Artículos de Fe 1:1).

Los miembros de la Iglesia comprenden que Dios el Padre es el Gobernador Supremo del universo, el Poder que nos creó espiritualmente y el Autor del plan que nos da esperanza y potencial. Él es nuestro Padre Celestial y vivimos en Su presencia como parte de Su familia en la vida premortal, donde aprendimos lecciones en cuanto a la mortalidad y nos preparamos para ella (véase D. y C. 138:56). Vinimos de la presencia de nuestro Padre Celestial, y nuestra meta es regresar a Él.

Entre todas las doctrinas, creencias y principios que les han sido revelados a Sus hijos, las verdades que se relacionan con Su existencia y naturaleza deben ser el centro primordial de atención. Reconocemos Su existencia y verdadera naturaleza a fin de unirnos a los antiguos creyentes y profetas en verdadera adoración (véase Mosíah 4:9). El propósito de todo lo que el Padre ha revelado, mandado e iniciado para los habitantes de la tierra es ayudarnos a conocerlo, emularlo y llegar ser como Él, para que podamos volver a Su santa presencia. La vida eterna es conocer al Padre y a Su Santo Hijo Jesucristo (véase Juan 17:3; Jacob 4:5; Moisés 5:8).

El modelo eterno de la familia

Esencial para conocer al Padre es entender el modelo revelado de la familia. La familia es la unidad más importante por el tiempo y por la eternidad, y es ordenada por Dios1. El vivir en relaciones familiares afectuosas no sólo nos brinda gran felicidad, sino que también nos ayuda a aprender principios correctos y nos prepara para la vida eterna2. Además, las relaciones familiares nos ayudan a conocer, amar y entender al Padre. Ésa es una de las razones por las que los Santos de los Últimos Días siempre han recalcado la importancia del matrimonio y de la familia, tanto en la Iglesia como en la sociedad. El plan de Dios proporciona la manera para que las relaciones familiares se extiendan más allá del sepulcro. Podemos regresar a la presencia de Dios, unidos eternamente con nuestra familia3.

Nuestro Padre Celestial ha elegido no revelar muchos de los detalles de nuestra vida premortal con Él. Tal vez sea así porque podemos aprender muchas cosas simplemente al observar el modelo para familias rectas que Él estableció en la tierra. El observar con detenimiento los modelos rectos de familias en la tierra y vivir a conciencia de acuerdo con ellos es esencial en nuestra búsqueda para conocer al Padre.

El Padre Celestial y la familia están inseparablemente unidos. Cuando comprendamos las muchas dimensiones de dicha conexión, empezaremos a comprender más cabalmente cuán personales e individuales son el amor que nuestro Padre Celestial tiene por cada uno de nosotros y nuestra relación con Él. Comprender lo que Él siente por nosotros nos da el poder para amarlo de manera más pura y plena. El sentir personalmente la realidad, el amor y el poder de esa relación es la fuente de las emociones y de los deseos más dulces y profundos que un hombre o una mujer puedan tener en la mortalidad. Esas emociones profundas de amor sirven a fin de motivarnos y darnos poder en tiempos de dificultades y pruebas para acercarnos más a nuestro Padre.

Una amorosa decisión y un acto deliberado

Todo ser humano es un hijo o una hija de nuestro Padre Celestial procreado como espíritu4. Procrear también significa engendrar. Engendrar es la expresión que se usó en las Escrituras para describir el proceso de dar vida (véase Mateo 1:1–16; Éter 10:31).

En el modelo revelado de Dios para familias rectas, el nacimiento de una criatura es el resultado de una decisión consciente y amorosa; es el resultado milagroso de acciones deliberadas y bondadosas que toman los padres para participar con nuestro Padre Celestial en el sagrado proceso de crear un cuerpo mortal para uno de Sus hijos procreado en espíritu. El saber que nuestra vida es el resultado de una amorosa decisión y de un acto intencional nos dan una idea de nuestra gran valía personal en la mortalidad. Ese sentido de lo que valemos puede reafirmarnos el potencial que tenemos y protegernos de las tentaciones.

Satanás se complace en valerse de las circunstancias no tan ideales de algunos nacimientos mortales a fin de que algunos de nosotros pongamos en tela de juicio nuestro valor y potencial personales. Independientemente de las circunstancias de nuestro nacimiento mortal, todos somos hijos e hijas procreados en espíritu de padres celestiales. Dios es un padre recto y amoroso. Nuestros espíritus se crearon como resultado del amor y de una decisión deliberada para darnos vida y oportunidad.

Uno por uno

Los padres rectos no sólo toman decisiones deliberadas y llenas de amor para traer hijos al mundo, sino que también se preparan, oran y esperan anhelosamente durante el período de gestación, a la expectativa del nacimiento de su hijo. Después del nacimiento, se deleitan en tomar a su hijo (o hija) en los brazos, hablarle, cuidarlo y protegerlo. Llegan a conocer los rasgos y las necesidades individuales del bebé; lo conocen mejor de lo que el niño (o niña) se conoce a sí mismo. No importa el número de hijos que los padres tengan, para ellos cada uno es una persona individual.

El estar familiarizados con ese modelo nos ayuda a entender que como hijos procreados en espíritu, nuestro Padre Celestial nos conoce individualmente; nos ha conocido por lo menos desde el momento en que fuimos engendrados en espíritu. Somos Sus preciados hijos e hijas, a quienes ama en forma individual.

Conocidos por nombre

Otro rasgo de las familias terrenales nos ayuda a entender la naturaleza individual del amor del Padre por nosotros. Uno de los primeros pasos al crear una identidad individual, después de que nace la criatura, es que los padres le den un nombre. El dar un nombre es una parte importante de toda cultura, y muchas veces lo acompañan ritos solemnes debido a que un nombre tiene gran significado para la identidad personal de quien lo lleva. Los hijos no eligen su nombre; los padres son quienes se lo dan.

En la mayoría de las culturas, a un hijo se le da el nombre de pila (y en algunos casos un segundo nombre). También es común en el mundo que a los hijos se les dé un apellido de familia, o un nombre que los una a sus padres, familiares y antepasados. En algunas culturas se usan otros elementos identificativos tales como un segundo apellido (por ejemplo, el apellido de la madre) para establecer aún más la relación del niño con la familia y la sociedad.

Al igual que en ese modelo, sabemos que nuestro Padre Celestial nos identifica personal e individualmente. Él nos conoce por nombre. En los pocos pasajes de las Escrituras donde se mencionan personas en el mundo preterrenal, a éstas se las identifica por nombre en un modelo similar a la forma en que se nos identifica en la vida terrenal. En las visitas que se han registrado del Padre a personas sobre la tierra, Él usa nombres para expresar que sabe quiénes somos y que nos reconoce en forma personal e individual. Así lo dijo el profeta José Smith en relación a la aparición del Padre en la Primera Visión: “Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre” (José Smith—Historia 1:17; véase también Moisés 1:6; 6:27).

El Padre nos conoce porque Él engendró a cada preciado hijo e hija, dándonos identidad y existencia individual. Tal como dijo a Jeremías: “Antes que te formase en el vientre, te conocí” (Jeremías 1:5).

A Su imagen y con Sus atributos

La Biblia enseña que el hombre y la mujer fueron creados a la imagen del Padre (véase Génesis 1:26–27). Tanto la ciencia de la genética como la observación personal testifican en cuanto al principio de que los hijos toman la forma, la apariencia y las características de los padres. Algunos adquieren su sentido de valía personal al compararse con los demás. Ese método puede llevar a sentimientos de ineptitud o de superioridad; es preferible mirar directamente hacia nuestro Padre para establecer nuestro sentido de valía personal.

Nuestros cuadros genealógicos terrenales muestran muchas generaciones que se remontan a través de las edades. Sin embargo, nuestro cuadro genealógico espiritual individual tiene sólo dos generaciones: la de nuestro Padre y la nuestra. Nuestra imagen es Su imagen, sin la gloria. “…ahora somos hijos [e hijas] de Dios, y… cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es” (1 Juan 3:2; véase también D. y C. 130:1). Dentro de cada uno de nosotros se encuentra latente la semilla de la divinidad que puede florecer y dar fruto mediante Sus bendiciones y al seguir el camino de la obediencia estricta que nos mostró Jesús. El decir o cantar las palabras “soy un hijo de Dios”5 conlleva gran poder.

El amor del Padre

Una de las grandes distorsiones que trajo la Apostasía fue que representó el plan de salvación de Dios el Padre como sumamente cruel. Frederic Farrar, el líder eclesiástico anglicano, erudito clásico, creyente y bien estimado autor de La vida de Cristo, se lamentó de que la mayoría de las iglesias cristianas tuvieran una idea errónea del infierno y de la condenación, como resultado de los errores en la traducción del hebreo y griego al inglés en la versión del Rey Santiago de la Biblia6.

Como le fue revelado al profeta José Smith, el plan de salvación de un Padre amoroso se aplica a toda la humanidad, incluso a todos aquellos que no reciben conocimiento de Jesucristo en esta vida, de los niños que mueren antes de la edad de responsabilidad y de aquellos que no tienen entendimiento (véase D. y C. 29:46–50; 137:7–10).

Aun para aquellos que, a diferencia de Satanás y sus ángeles (véase Isaías 14:12–15; Lucas 10:18; Apocalipsis 12:7–9; D. y C. 76:32–37), no han vivido rectamente pero no se han rebelado contra Dios, un Padre amoroso ha preparado reinos de gloria que son superiores a nuestra existencia en la tierra (véase D. y C. 76:89–92). No puede haber ninguna duda del amor del Padre por Sus hijos procreados en espíritu.

Cuando procuramos conocer al Padre mediante modelos de una vida familiar recta, empezamos a comprender la profundidad del amor que Él tiene por nosotros y a sentir un amor más profundo por Él. Los empeños por tergiversar y destruir a la familia tienen como objeto impedir que los hijos del Padre sientan Su amor atrayéndolos de nuevo hacia Él.

Las figuras masculinas autoritarias que son abusivas, los nacimientos fuera del matrimonio, los hijos no deseados y otros desafíos sociales de nuestros días hacen que para aquellas personas que pasan por ello les sea más difícil comprender y tener esperanza y fe en un Padre justo, que las ama y se preocupa por ellas. Al igual que el Padre trata de ayudarnos a que lo conozcamos, el adversario se vale de cualquier medio posible para interponerse entre el Padre y nosotros. Afortunadamente, no hay poder, pecado ni condición que nos aparte del amor del Padre (véase Romanos 8:38–39). Debido a que Dios nos amó primero, podemos llegar a conocerlo y a amarlo (véase 1 Juan 4:16, 19).

Es precisamente a causa de que los males sociales prevalecen tanto hoy en día que debemos enseñar la doctrina del Padre y de la familia para que nos ayude a sanar, corregir y superar las falsas ideas y prácticas tan dominantes en el mundo. Como lo expresó tan elocuentemente Eliza R. Snow (1804–1887), en el mundo hay muchos que llaman a Dios “Padre” pero “sin saber por qué”.

Afortunadamente, “la luz del Evangelio” ha sido restaurada7 y la doctrina del Padre está de nuevo sobre la tierra.

Jóvenes

Envuelta entre los brazos de Su amor

Puede que no tuviera una relación con mi padre terrenal, pero mi Padre Celestial estaba conmigo.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía seis años. A pesar de que seguí viviendo con mi madre, mi padre todavía fue parte de mi vida después de la separación; me quedaba en casa de él los fines de semana y un día a mediados de semana.

A pesar de sus esfuerzos por ser un buen padre, él traicionó mi confianza muy seriamente cuando yo tenía siete años; ese abuso de confianza marcó el comienzo de un distanciamiento entre nosotros. Cuando él llamaba, yo evitaba contestar el teléfono; cuando crecí, exigí que se me permitiera escoger cuándo iría a quedarme en casa de él, en vez de que se me obligara a hacerlo según lo estipulara la orden de custodia.

Cuando estaba en la escuela secundaria, las visitas se fueron haciendo cada vez menos frecuentes; lo veía sólo dos o tres veces al mes. Al entrar en la universidad, el lapso entre las llamadas era cada vez más largo, hasta que le hablaba más o menos una vez por semestre. La relación que tenía con mi padre se había vuelto más una formalidad que una verdadera conexión entre padre e hija.

Durante mi segundo año de universidad, decidí hablarle sobre el incidente de mi infancia que sentí que había dañado nuestra relación hacía ya tantos años. Esperaba ponerle fin al asunto, lograr perdonar y tener la oportunidad de empezar de nuevo. Le expresé mis ideas en un correo electrónico y esperé la respuesta.

Tiempo después, recibí su contestación por correo electrónico. Antes de leer la respuesta de mi padre, oré y le pedí a mi Padre Celestial que Su Espíritu estuviera conmigo al leer el mensaje. Era un momento muy importante en mi vida: estaba a punto de ver lo que mi padre me diría y el rumbo que tomaría nuestra relación. Tenía miedo y me sentía muy sola.

Y realmente estaba sola, sentada en mi habitación con mi computadora. Necesitaba apoyo, de modo que seguí orando a mi Padre Celestial y sentí Su Espíritu. Por fin tuve el valor de leer.

Mi padre contestó con un correo sumamente corto en el que decía que no recordaba nada de lo que yo mencionaba, y dijo que ése era muy mal momento para que habláramos de nuestro pasado.

Me sentí profundamente herida por la forma en que descartó algo que era tan importante para mí, y que no pareció desear ninguna clase de reconciliación. Sentí que mi padre me había abandonado, y me atormentó la angustia de la mala relación que habíamos tenido durante más de una década.

Al permanecer en la silla, sollozando, me sentí rodeada por el Espíritu; nunca había sentido la presencia de mi Padre Celestial con tanta fuerza; literalmente me sentí “[envuelta] entre los brazos de su amor” (2 Nefi 1:15). Mientras me encontraba sentada, llorando, sentí seguridad y amor.

Puede que no tuviera una relación con mi padre terrenal, pero mi Padre Celestial estaba conmigo. Siento fuertemente Su presencia en mi vida; sé que me ama y se preocupa por mí, y que siempre deseará tener una relación conmigo. Sé que Él es mi Padre y que no me abandonará.

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    Notas

  1.   1.

    Véase Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 1.1.1.

  2.   2.

    Véase Manual 2, 1.1.4.

  3.   3.

    Véase Manual 2, 1.3.

  4.   4.

    Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129.

  5.   5.

    “Soy un hijo de Dios”, Himnos, Nº 196.

  6.   6.

    Véase Frederic W. Farrar, Eternal Hope ,1892, págs. XXXVI–XLII.

  7.   7.

    “Oh mi Padre”, Himnos, Nº 187.