Con fe en Dios, nunca estoy sola


“…el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16).

“Nunca estás sola si tienes fe en Jesucristo y en el Padre Celestial”. Muchas veces he oído frases como ésa, pero nunca las entendí al grado en que las entiendo hoy día.

Con el tiempo, toda persona enfrenta el hecho inevitable de que un día se encontrará sola. Para mí, por razones de un divorcio, de los hijos que establecieron su propio hogar y de una jubilación anticipada, ese día llegó antes de lo esperado. El obstáculo más terrible que tuve que superar fue vivir con la repentina soledad y el vacío después de pasar años de valioso tiempo con familiares y amigos, esposo e hijos y también compañeros de trabajo.

A pesar de que disfrutaba las visitas con mis maestros orientadores, maestras visitantes y otras amistades, la mayor parte del tiempo me sentía completamente sola, y eso no me gustaba. Con el paso del tiempo, la constante quietud provocó un torrente incontrolable de lágrimas; no tenía a dónde recurrir para encontrar consuelo salvo a la oración de rodillas.

Después de clamar en lágrimas a mi Padre Celestial por lo que me parecieron horas, empezó a ocurrir una transición dentro de mí y sentí el Espíritu de mi Padre Celestial. Por un momento, las lágrimas cesaron mientras absorbía Su amor que penetraba mi alma. Sabía que Él comprendía mi tristeza, y eso me permitió sentirme lo suficientemente cómoda para llorar un tiempo más, tal como el niño que se ha caído y llora al ver a su madre. Al descansar la cabeza en lo que me imaginaba era el regazo de mi Padre Celestial, sabía que Él estaba dispuesto a consolarme todo el tiempo que yo necesitara. De vez en cuando me pasaba por la mente la idea de que ya era demasiado grande para actuar de esa manera; sin embargo, sabía que a mi Padre Celestial no le importaba si yo era mayor o joven; sabía que Él me entendía y que siempre estaría allí para consolarme.

Actualmente, a pesar de que aún preferiría estar casada, he llegado a disfrutar de la quietud. Escucho las olas del mar y admiro la puesta del sol y, literalmente, me detengo a oler las rosas. Escucho al Espíritu y actúo de acuerdo con su guía. No tengo miedo de estar sola, ya que no estoy sola en tanto crea en mi Padre Celestial y en Jesucristo. En casi todo lo que hago, veo el Espíritu de mi Padre Celestial y de Jesucristo.

“Por medio de la fe en Jesucristo y en el Padre Celestial, no estás sola”. Hoy en día, esas palabras tienen un nuevo y profundo significado en el fondo de mi corazón, y sé, sin ninguna duda, que nunca estoy sola. Soy Su hija, y Él me ama.

Para más información sobre este tema, véase José Smith—Historia 1:5–20; Robert D. Hales, “Cómo obtener un testimonio de Dios el Padre, de Su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo”, Liahona, mayo de 2008, pág. 29; y Susan W. Tanner, “Hijas de nuestro Padre Celestial”, Liahona, mayo de 2007, pág. 106.

¿Por qué nos ama nuestro Padre Celestial?

Presidente Dieter F. Uchtdorf

“Él nos ama porque está lleno de una medida infinita de amor santo, puro e indescriptible. Somos importantes para Dios no por nuestro currículum vitae, sino porque somos Sus hijos. Él ama a cada uno de nosotros, incluso a los imperfectos, rechazados, torpes, apesadumbrados o quebrantados. El amor de Dios es tan grande que Él incluso ama a los orgullosos, a los egoístas, a los arrogantes y a los malvados.

“Lo que esto significa es que, sin importar nuestra situación actual, hay esperanza. No importa cuál sea nuestra aflicción, pena o error, nuestro infinitamente compasivo Padre Celestial desea que nos acerquemos a Él para que Él pueda acercarse a nosotros”.

Véase presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “El amor de Dios”, Liahona, noviembre de 2009, pág. 23.