Solo, pero nunca solo


No importa donde vivas, a veces hay ocasiones en que te sientes diferente de todos los demás. Cuando eso sucede, es importante no perder la visión y hacer lo correcto.

Juan Cabrera, un joven de 18 años de Cuenca, Ecuador, sabe lo que es ser diferente. Es uno de sólo un puñado de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en una ciudad de alrededor de 500.000 personas, y las presiones para ceder a la tentación son bastante fuertes. Pero Juan sabe que hay una fuente de fortaleza mayor que cualquier tentación.

Establecer un objetivo

Cuando era niño, los padres de Juan le enseñaron a seguir normas que bendicen su vida, las cuales le ayudaron a progresar y a desarrollar sus talentos. “Desde que era pequeño, establecí metas en la Primaria y en los Hombres Jóvenes de aprender a tocar instrumentos”, explica él. “Toco el violín, la flauta, el piano y ahora la guitarra; lo que más me gusta es la guitarra”.

Juan también se fijó metas personales en cuanto a su estado físico basándose en el librito Cumplir con Mi deber a Dios. A lo largo de los años ha estudiado taekwondo, natación y gimnasia, e incluso formó parte del equipo de carreras de la escuela.

“Me encanta aprender. Por eso siempre tomé el desafío de aprender un nuevo instrumento o deporte, de aprender algo más”, dice él.

Esas metas también secundaron un objetivo mayor. “Todo lo que he hecho, todo lo que he estudiado, toda la preparación física, todas las metas que me he fijado, todo ha sido con el objeto de prestar servicio en una misión”, explica. “Y prestar servicio en una misión es sólo parte de otra meta: sellarme en el templo y ser un buen esposo”.

Aprender a decir que no

Aun con ese enfoque tan profundo, Juan sabe que no es fácil mantenerse centrado en los objetivos. Hace unos años obtuvo mucha fortaleza de los hombres jóvenes de su barrio que eran mayores que él, pero la mayoría se han mudado o han empezado a asistir al quórum de élderes, lo que dejó a Juan con pocos amigos de la Iglesia que lo apoyaran cuando las cosas se pusieron difíciles. En esos tiempos, Juan buscó la fortaleza de sus padres y hermanos, y de su Padre Celestial.

“A veces uno se siente un poco solo porque tienes normas distintas, una forma diferente de vivir, de tratar a la gente, o busca cosas distintas en la vida. Pero la verdad es”, agrega con seguridad, “que nunca estás solo. Siempre tenemos la oración, y siempre podemos acercarnos a nuestro Padre Celestial. Siempre he orado para tener la fortaleza de hacer lo correcto, para tener el valor de defender mis principios frente a mis amigos cuando están haciendo cosas que no son correctas.

“¿Y saben qué?”, continúa. “A veces mis amigos me han dicho que admiran mi ejemplo y la fortaleza que tengo para decir que no”.

Mantenerse firme

Algunas de las tentaciones que Juan enfrentó fueron fáciles de rechazar. Para él era fácil decir que no cuando un amigo lo invitaba a tomar alcohol, pues era una violación obvia de los mandamientos.

“Pero hay ocasiones en que las tentaciones son más sutiles”, explica Juan. “Tal como dice en las Escrituras, a veces están ocultas [véase Mateo 7:15]. Puede parecer que las tentaciones no sean malas porque no aparentan quebrantar un mandamiento específico; es entonces que hay que orar para ser consciente de lo que sucede y para no confundirse. El Espíritu me ha ayudado a comprender esto muchas veces cuando algo está mal o cuando las personas tratan de hacer que yo haga cosas malas”.

A medida que Juan se prepara para la misión, ha establecido nuevas amistades en la Iglesia que lo apoyan.

“Ahora yo soy el ejemplo de otros jóvenes, lo cual ha sido una bendición para mí”, dice él. “Me ayuda a entender que el esfuerzo que se hace por ser fuerte, por ser fiel, vale la pena”.