Sigamos al profeta


Randall K. Bennett
Un anillo de compromiso por lo general representa un convenio; pero para mi esposa y para mí, el no tener un anillo de compromiso representó nuestro cometido al Señor y a Sus profetas.

Sigamos al profeta

Conocí al ángel que llegaría a ser mi esposa en una fiesta de instituto la segunda noche después de haber regresado de la misión. Aunque Shelley y yo nos criamos en Canadá a varios cientos de kilómetros de distancia uno del otro y nunca antes nos habíamos visto, llegamos a conocernos bien durante los siguientes meses. Tras haberle propuesto matrimonio tres veces y ella haberse negado porque estaba decidida a prestar servicio en una misión, finalmente aceptó mi propuesta al prometerle que serviríamos en misiones juntos después de haber criado a nuestra familia. Aceptó el anillo de compromiso el 22 de diciembre de 1976.

Sin embargo, durante los días siguientes los dos nos sentimos intranquilos, no en cuanto a casarnos, sino en cuanto al anillo. Permítanme explicar.

La decisión de seguir al profeta

En las semanas antes de comprometernos, Shelley y yo habíamos pasado mucho tiempo hablando de cómo queríamos criar a nuestra familia y cómo queríamos que fuera nuestro matrimonio. Una de las cosas principales de las que hablamos fue nuestra determinación de siempre seguir al profeta.

Dos meses antes de comprometernos, escuchamos muchos discursos en la conferencia general de octubre de 1976 que hacían hincapié en los principios de la autosuficiencia. Fue un tema que el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) y otros habían enseñando regularmente por varios años. Tanto Shelley como yo habíamos crecido sabiendo la importancia de cultivar una huerta, de tener alimentos almacenados y de estar preparados en todos los aspectos; pero en esa conferencia general, el tema de la preparación pareció predominar en forma especial. Algunos discursantes hicieron referencia a la inundación de la represa Teton que había ocurrido ese junio. Entre ellos se encontraba Barbara B. Smith (1922–2010), la Presidenta General de la Sociedad de Socorro, quien recalcó la importancia de la autosuficiencia y, en particular, de adquirir alimentos para un año, tal como se aconsejaba en esa época1. El presidente Kimball, en la sesión de clausura de la conferencia, recordó a los Santos de los Últimos Días el pasaje de las Escrituras en Lucas 6:46, en el que el Señor dice: “¿Por qué me llamáis: Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?”. El presidente Kimball entonces exhortó a los santos a mantener presentes los mensajes de la conferencia en su “hogar y en el curso de [su] vida”2.

Después de nuestro compromiso, conforme Shelley y yo contemplábamos el inicio de nuestro matrimonio y vida familiar, teníamos estos mensajes continuamente en la mente. Sin que el otro lo supiera, ambos estábamos pensando en cuanto a cómo empezar el almacenamiento de alimentos para nuestra familia. A fin de obedecer el consejo de esa época, teníamos que empezar a adquirir alimentos para un año. ¿Pero cómo podaríamos hacerlo? Estábamos estudiando, teníamos varios años de estudio por delante y no teníamos mucho dinero. El Espíritu Santo nos dio a los dos, por separado, la misma respuesta: debíamos vender el anillo de compromiso.

Pero, ¿cómo iba a pedirle a Shelley que hiciera eso? Yo acababa de darle el anillo. ¿Qué iba a pensar si le pedía que lo vendiera para que pudiéramos comprar avena, harina y arroz? Mientras tanto, ella también estaba preocupada. ¿Qué pensaría yo si ella me hablaba en cuanto a vender el anillo que yo había escogido para ella? ¿Heriría mis sentimientos?

Pero la impresión que ambos habíamos sentido era demasiado fuerte como para ignorarla y, cuanto más pensábamos al respecto, más deslumbrante parecía ser el anillo de diamantes. Cuando Shelley me planteó el asunto unos días después de Navidad, fue un gran alivio para mí que ella había llegado a la misma conclusión que yo. En muchos sentidos, fue una confirmación enorme para ambos sobre a quién habíamos escogido para casarnos. El saber que nuestras prioridades y valores estaban en sintonía con los del otro y con el profeta de Dios fue tremendamente reconfortante. Me sentí muy agradecido por la buena disposición que ella tuvo de hacer ese sacrificio a fin de seguir al profeta.

Les ruego que no me malentiendan, y por favor, ¡no vendan sus anillos! El comprar o ponerse un anillo de compromiso no está mal. De hecho, nuestros hijos casados todos tienen anillos hermosos y apropiados. Hay muchas maneras en que podemos seguir a los profetas y apóstoles y aplicar su consejo a nuestra vida personal. Pero debido a que el Espíritu nos había indicado a nosotros que vendiéramos el anillo de compromiso para seguir al profeta, en nuestro caso la decisión era entre conservar el anillo y seguir al profeta. Esto nos permitió establecer dos pautas en nuestro hogar desde un principio: seguir al profeta y seguir las impresiones personales y espirituales que recibiéramos.

Reacción ante nuestra decisión

La joyería donde había comprado el anillo estuvo cerrada durante la semana después de Navidad, pero en la primera oportunidad que tuve después de que volvió a abrir, fui a hablar con el joyero. Yo suponía que rehusaría reembolsarme el dinero; después de todo, el anillo ya se había usado. Me preparé para ese tipo de reacción y pensé que tendría que vender el anillo por mi cuenta por mucho menos dinero. Pero para mi gran sorpresa, el corazón del joyero se ablandó. Salí de allí con el dinero en mano y con la boca abierta de asombro por la forma en que el Señor nos había abierto el camino para que fuéramos obedientes.

No todos reaccionaron tan bien ante nuestra decisión. Cuando nuestros amigos —incluso los que eran miembros de la Iglesia— se enteraron de lo que habíamos hecho y vieron el pequeño anillo de cuero que le había confeccionado a Shelley, nos dijeron que estábamos locos. Otras jóvenes de la edad de Shelley no podían creer que ella había estado dispuesta a hacer lo que había hecho; muy pocas personas nos animaron o apoyaron.

Shelley era fuerte y ella sabía que estaría bien sin importar lo que los demás pensaran; tenía confianza al saber que estaba siguiendo al profeta, y eso era más importante que cualquier otra cosa. Pero el Señor nos brindó una tierna misericordia al darnos dos amigos que nos ayudaron a sentir que no estábamos solos.

En la escuela secundaria, mi amigo Bob y yo habíamos llevado a Fran a la Iglesia. Más tarde los tres prestamos servicio en misiones y, después de que Fran regresó de la misión, ella y Bob se comprometieron. Cuando vinieron a compartir la buena noticia con Shelley y conmigo, nos enteramos de que en vez de comprar un anillo de compromiso, también habían decidido usar los fondos a fin de comprar alimentos para almacenar. A los cuatro nos pareció interesante que el Espíritu nos había indicado que hiciéramos cosas similares. Nuestro compromiso de seguir al Espíritu Santo y al profeta viviente agregó una nueva dimensión a nuestra amistad, la cual ha perdurado por más de 40 años.

Bendiciones derivadas de la obediencia

Shelley y yo empezamos a comprar alimentos básicos para nuestro almacenamiento familiar en enero de 1977, y continuamos comprando de a poco hasta que nos casamos en abril de ese año. Antes de la boda, almacenamos los alimentos en la casa de mis padres.

Shelley usó el anillo de cuero como si fuera su anillo de bodas por mucho tiempo mientras terminé la licenciatura y después la facultad de odontología. En el transcurso de mis estudios, nos mudamos muchas veces. Nos acostumbramos a cargar cubos de trigo de apartamento a apartamento, de casa a casa, y de ciudad a ciudad. Nuestros amigos empezaron a evitar ofrecer ayuda cada vez que nos íbamos a mudar; pero años más tarde, sentimos una profunda gratitud por haber seguido el consejo de los líderes de la Iglesia.

Cuando me gradué de la facultad de odontología y empecé a ejercer como dentista, Shelley y yo teníamos dos hijos, pero literalmente no teníamos nada de dinero. Con gratitud, nos fue posible vivir con parte de lo que habíamos adquirido para el almacenamiento familiar antes de casarnos. Nuestra obediencia al consejo profético bendijo nuestra vida nuevamente más de una década después de habernos casado cuando yo había terminado otros estudios y estaba haciendo la residencia en ortodoncia. Nuevamente nos encontramos sin dinero y, en vez de pagar la comida con tarjetas de crédito o con fondos prestados, fuimos bendecidos para poder alimentar a nuestra familia (que entonces incluía a cuatro hijos) por medio de nuestro almacenamiento.

Desde entonces, hemos sido bendecidos de muchas maneras por haber escuchado la palabra profética. Hemos aprendido a no cuestionar la validez de lo que los profetas y los apóstoles enseñan, ni preguntarnos si tiene sentido. Hemos aprendido que al seguir sus consejos, y hacerlo de inmediato, se nos bendice.

Aprender a escuchar la palabra profética

Algunos quizá llamen lo que hicimos obediencia a ciegas, pero tenemos la promesa personal del Señor de que los profetas nunca nos llevarán por mal camino3. El saber esto nos ayuda a escuchar sus voces como escucharíamos la de Él (véase D. y C. 1:38).

También hemos aprendido que los profetas vivientes normalmente nos invitan a hacer cosas; generalmente no usan palabras como mandar o exhortar. Tienen un modo amable y considerado, pero eso no nos da una excusa para no seguirlos. Cuando Shelley y yo hemos tomado las invitaciones como mandamientos, siempre hemos sido bendecidos.

También hemos aprendido a discernir su guía al escuchar frases como: “He estado meditando…” o “Algo en lo que he estado pensando es…” o “Siento que debo decirles…” o “Permítanme darles un consejo en cuanto a…” o “Espero que…”. Esas frases y otras similares son pistas que nos ayudan a saber lo que está en la mente y en el corazón de los siervos ungidos del Señor.

Otra de las cosas que nos ayudan a escuchar la voz del Señor conforme escuchamos a los profetas y apóstoles es poner especial atención cuando citan a otros profetas y apóstoles. El Señor ha enseñado que establecerá Su palabra por boca de dos o tres testigos (véase 2 Corintios 13:1; D. y C. 6:28).

Puesto que el mensaje de la autosuficiencia se repitió tantas veces en esa conferencia general antes de que nos comprometiéramos, mi esposa y yo sentimos que el mensaje era particularmente pertinente para nosotros en ese tiempo. Fuimos inspirados a seguir ese consejo en una forma visible. Sin embargo, seguir al profeta no siempre se manifiesta en muestras externas de devoción; muchas veces nuestra obediencia se manifiesta en formas pequeñas y más personales. Ya sea que los demás sepan de nuestra obediencia o no, el Señor sí lo sabe, y Él nos bendecirá por ella y abrirá el camino para que nos sea posible obedecer.

Actualmente Shelley tiene un anillo de bodas más tradicional, pero ha conservado el de cuero como un recuerdo durante todos estos años. Para nosotros, es un símbolo de nuestra decisión anticipada de que seguir el consejo del profeta sería una parte integral de nuestra vida familiar. Ahora, al ver a nuestros hijos criar a sus propios hijos, agradecemos que el seguir fielmente al profeta del Señor, el presidente Thomas S. Monson, también sea parte de la vida familiar de ellos. Para nosotros, esa obediencia es un hermoso legado y es una señal tangible de un convenio tanto como lo hubiera sido un anillo de compromiso.

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    Notas

  1.   1.

    Véase Barbara B. Smith, “La mujer que no teme por su familia”, Liahona, febrero de 1977, págs. 66–68.

  2.   2.

    Spencer W. Kimball, “Un plan para el hombre”, Liahona, febrero de 1977, pág. 58.

  3.   3.

    Véase Harold B. Lee, “The Place of the Living Prophet, Seer, and Revelator” (discurso ante el cuerpo docente de seminarios e institutos de religión, 8 de julio de 1964), pág. 13; Marion G. Romney, en Conference Report, octubre de 1960, pág. 78; The Discourses of Wilford Woodruff, editado por G. Homer Durham, 1946, págs. 212–213.