Mi testimonio cotidiano


Mi testimonio proviene de vivir el Evangelio día a día y no de un momento milagroso.

Cuando estaba creciendo, siempre buscaba un momento milagroso para probarme a mí misma que tenía un testimonio. Escuchaba relato tras relato de momentos milagrosos en los que alguna persona sabía, sin lugar a dudas, que el Evangelio era verdadero. Los relatos eran diversos, desde resistir la tentación o enfrentar el peligro, a guiar a cientos de personas a la Iglesia mediante actos pequeños y sencillos, y a las ocasiones en las que las Escrituras se abrían para dar respuesta a los dilemas de la vida. Mis historias favoritas eran las que se referían a alguien que iba rumbo a casa por la noche y que, sin saberlo, evitaba un peligro que no descubría hasta el día siguiente. Escuchaba historias de sanaciones milagrosas o de ángeles que protegían a la gente. Esperaba ansiosa que me tocara a mí vivir un momento así. Esperaba ver ángeles y luces que me dijeran que tenía un testimonio de la Iglesia.

Mis padres me enseñaron a orar, a ir a la capilla, a leer las Escrituras, a vestir modestamente, a llevar una vida limpia y libre de influencias mundanas, y a confiar en el Señor. Tenía la confianza necesaria para vivir bien; sólo quería poder comprobar que tenía un testimonio y que alguien me reconociera por ello.

En la noche de hogar o en la Escuela dominical, practicábamos frases que nos ayudarían a resistir la presión de los compañeros. No veía la hora de usar esas frases. Por ejemplo, me imaginaba que estaba con mis amigos, que alguien traía un poco de alcohol y lo empezaba a distribuir; me daban la lata de cerveza y todos me miraban; la tensión aumentaba y yo me ponía de pie y decía: “¡No! ¡Soy mormona y no bebo!”. Todos quedaban atónitos; no importaba cuánto trataban de persuadirme, no eran capaces de convencerme. Pronto la fiesta se terminaba y alguien especial del grupo me decía que yo le había causado una impresión tan grande con mi firme postura que quería saber más acerca de mi iglesia; los ángeles cantaban alabanzas, y una luz llenaba mi persona.

Eso nunca pasó. Nunca nadie me tentó de esa forma. Todos parecían estar ya al tanto de mis normas y de la forma en que yo vivía. Muy a mi pesar, mi “momento de gloria” nunca se concretó.

Pero ahora sé que para tener un testimonio no es necesario que aparezcan ángeles. Mi testimonio proviene de vivir el Evangelio día a día, de sentir la confirmación del Espíritu Santo y de gozar de las sencillas bendiciones que derivan de la obediencia.

Sé quién soy; sé que Dios me ama; sé que el Salvador expió mis pecados. Mi testimonio es éste. Saberlo me da tranquilidad.

No puedo decir que haya vivido un momento milagroso en el que haya descubierto que la Iglesia era verdadera, pero me alegra saber que tengo un testimonio. Así que, hasta ese momento en que se me aparezcan ángeles, estaré satisfecha de llevar una vida bastante normal con la sencilla bendición de saber que el Evangelio es verdadero.