La mejor jugadora de fútbol


“Ama a todos con bondad, dijo el Señor” (Canciones para los niños, pág. 39).

Apreté el puño, me mordí el labio y pateé la pelota que venía hacia mí. Luego fruncí el ceño al ver que salía fuera del terreno de juego en lugar de marcar un gol.

Una niña que se llamaba Nan había estado de pie junto a la valla viendo nuestro partido. Corrió a buscar la pelota y se cayó por el entusiasmo. Todos se rieron. Nadie le dio las gracias cuando nos devolvió la pelota.

Me sentí culpable; sabía que Nan quería jugar, pero no quería ser yo la que la invitara.

Nan era callada, con cabello castaño alborotado, gafas gruesas y una voz chillona. No tenía ni un solo amigo en toda nuestra clase. No era que no me cayera bien, sólo que nunca había hablado con ella.

Esa tarde, nuestra maestra nos dijo que iba a cambiar la posición de los pupitres, e iba a hacer nuevas asignaciones de asientos.

El salón se llenó de entusiasmo. Mi mejor amiga, LeAnna, y yo nos sonreímos.

En ese momento, Caroline se me acercó. “Escuché a Nan decirle a la Sra. Martin que se quiere sentar a tu lado. ¡Qué horrible!”.

Me quedé en shock. “¿Por qué yo?”, me pregunté. Nunca había sido mala con Nan, pero tampoco había sido simpática con ella.

“Dile a la maestra que no te quieres sentar con ella”, susurró Caroline. “Si no, nadie se va a querer sentar a tu lado”.

Miré a Nan; tenía la cabeza agachada. Seguramente sabía lo que todo el mundo en el salón estaba pensando.

La Sra. Martin me pidió que fuera a su escritorio. Sabía que Nan era una hija de Dios y que Jesús dijo que amáramos a todos; pero si yo me hacía amiga de Nan, todos pensarían que yo era rara.

“¿Al lado de quién te quieres sentar?”, me preguntó la Sra. Martin.

“De LeAnna”, le dije. Eso fue fácil.

La Sra. Martin sonrió. “¿Estarías dispuesta a sentarte también al lado de Nan?”.

Miré al suelo y susurré: “Preferiría no hacerlo”.

La Sra. Martin pareció sorprendida. “¿Estás segura, Angie?”.

“Sí”, dije entre dientes.

El día siguiente nos cambiaron de pupitres; yo me senté con LeAnna. Nan estaba al otro extremo del salón. Las dos niñas que estaban a su lado alejaron sus pupitres del de ella para que pareciera que estaba sentada sola. Parecía que iba a llorar.

Unas semanas después, Nan se cambió de escuela. Una niña de mi barrio de la Iglesia iba a esa escuela y le pregunté si había conocido a una niña nueva que se llamaba Nan.

“Creo que sí. ¿Cómo es?”, me preguntó.

“Bueno, es muy callada; tiene el pelo alborotado y lleva gafas gruesas. A nadie de mi clase le caía bien”.

“¿De veras? Entonces no debe ser la misma niña”, dijo ella. “La niña nueva que conocí es muy divertida, a todo el mundo le cae bien, y es una jugadora de fútbol fantástica”.

Pensé en el día en que Nan nos había observado jugar al fútbol. Sólo necesitaba una oportunidad y una amiga; yo le podría haber dado ambas cosas.

Ese día me hice la promesa de que siempre sería amable con todo el mundo y que nunca dejaría que una niña como Nan pasara por mi lado sin intentar ser su amiga.

“Buscaré buenos amigos y trataré con bondad a los demás”.

Mis normas del Evangelio