Fe, fortaleza y satisfacción: Un mensaje para los padres y madres que crían solos a sus hijos


David S. Baxter
Están luchando por criar a sus hijos en la luz y la verdad, conscientes de que, si bien no pueden cambiar el pasado, pueden moldear el futuro.

Mi mensaje es para los padres de la Iglesia que crían solos a sus hijos, la mayoría de los cuales son madres solas: mujeres valientes que, por diferentes circunstancias de la vida, se encuentran solas criando hijos y llevando adelante un hogar. Quizá sean viudas o divorciadas. Quizá afronten los desafíos de ser el único progenitor como resultado de haber cometido una equivocación fuera del matrimonio, pero ahora viven según los principios del Evangelio y han cambiado su vida para mejor. Benditas sean por evitar el tipo de compañía que las alejaría de la virtud y el discipulado. Ése sería un precio demasiado alto que pagar.

Aunque quizá se hayan preguntado “¿por qué a mí?”, es mediante las penurias de la vida que nos acercamos a la divinidad, al moldearse nuestro carácter en el crisol de la aflicción, a medida que tienen lugar los eventos de la vida; porque Dios respeta el albedrío del hombre. Como comentó el élder Neal A. Maxwell, no podemos llegar a las conclusiones correctas en cuanto a la vida, porque “no contamos con todas las premisas”1.

Sean cuales sean sus circunstancias o las razones de ellas, ¡ustedes son maravillosas! Día a día se enfrentan a las dificultades de la vida, haciendo mayormente solas el trabajo que deberían hacer dos. Tienen que ser padre además de madre; llevan adelante su hogar; cuidan de su familia, a veces luchan para que el dinero les alcance y milagrosamente hasta encuentran los medios para servir en la Iglesia de manera significativa; crían a sus hijos; lloran y oran con ellos y por ellos; quieren lo mejor para sus hijos, pero cada noche les preocupa que su mejor empeño nunca sea suficiente.

Si bien no quiero hacer comentarios muy personales, soy el producto de un hogar así. Durante la mayor parte de mi niñez y adolescencia, mi madre nos crió sola, con pocos recursos. El dinero se racionaba con mucho cuidado. Ella luchaba contra la soledad interior y en ocasiones estaba desesperada por tener apoyo y compañía; pero a pesar de todo eso, mi madre tenía dignidad, muchísima determinación y el firme carácter típico de los escoceses.

Afortunadamente, sus últimos años fueron más bendecidos que los primeros. Se casó con un nuevo converso viudo; se sellaron en el Templo de Londres, Inglaterra; y luego sirvieron allí brevemente como obreros de las ordenanzas. Estuvieron juntos casi un cuarto de siglo; felices, contentos y satisfechos, hasta concluir su vida mortal.

Muchas de ustedes, buenas mujeres de la Iglesia en todo el mundo, se enfrentan a circunstancias similares y demuestran la misma entereza año tras año.

Eso no es exactamente lo que esperaban o planeaban, aquello por lo que oraron o se imaginaron al comenzar hace años. Su trayectoria ha tenido sacudidas, desvíos, enredos y giros, en su mayoría como consecuencia de vivir en un mundo caído que es un lugar de probación.

Mientras tanto, están luchando por criar a sus hijos en la luz y la verdad, conscientes de que, si bien no pueden cambiar el pasado, pueden moldear el futuro. En el camino, obtendrán bendiciones compensatorias, aunque no sean evidentes inmediatamente.

Con la ayuda de Dios, no tienen que temer por el futuro. Sus hijos crecerán y las llamarán bienaventuradas y cada uno de los logros de ellos será un homenaje hacia ustedes.

Por favor, nunca sientan que pertenecen a una clase secundaria, una subcategoría de miembros que por alguna razón tiene menos derecho que los demás a las bendiciones del Señor. En el reino de Dios, no existen ciudadanos de segunda clase.

Esperamos que, al asistir a reuniones y ver familias aparentemente completas y felices, o al escuchar hablar sobre los ideales de la familia, sientan alegría por ser parte de una Iglesia que se centra en la familia y enseña la función fundamental que ella tiene en el plan del Padre Celestial para la felicidad de Sus hijos; porque en medio de las calamidades del mundo y la decadencia moral, tenemos la doctrina, la autoridad, las ordenanzas y los convenios que ofrecen la mayor esperanza al mundo, incluso para la felicidad de sus hijos y la familia que formarán.

En la reunión general de la Sociedad de Socorro de septiembre de 2006, el presidente Gordon B. Hinckley relató la experiencia de una madre divorciada, que en ese entonces tenía siete hijos con edades comprendidas entre los 7 y 16 años. Ella había cruzado la calle para llevarle algo a una vecina. Ella dijo:

“Al dar la vuelta para regresar a casa, vi la casa toda alumbrada; podía escuchar el eco de las voces de mis hijos que me habían dicho al salir hacía unos minutos: ‘Mamá, ¿qué vamos a cenar?’ ‘¿Me puedes llevar a la biblioteca?’ ‘Necesito ir a comprar una cartulina esta noche’. Cansada y agotada, miré la casa y vi la luz encendida en cada una de las habitaciones. Pensé en todos los niños que estaban en casa esperando que yo llegara para atender a sus necesidades. Mis cargas parecían más pesadas de lo que podía soportar.

“Recuerdo haber mirado al cielo a través de mis lágrimas, y dije: ‘Querido Padre, hoy no lo puedo hacer; estoy demasiado cansada. No puedo ir a casa y atender sola a todos mis hijos. ¿No podría ir a quedarme contigo sólo una noche?…’

“No escuché la respuesta con los oídos, pero sí con la mente; y la respuesta fue: ‘No, pequeña, no puedes venir ahora conmigo… Pero yo puedo ir a ti’”2.

Gracias, hermanas, por todo lo que hacen para criar a su familia y tener un hogar amoroso donde hay bondad, paz y oportunidades.

Aunque a menudo se sientan solas, la verdad es que nunca están totalmente solas. Al avanzar con paciencia y fe, la Providencia las acompañará; los cielos les concederán las bendiciones que necesiten.

Su perspectiva y su visión de la vida cambiarán cuando, en vez de sentirse desanimadas, levanten la vista hacia el cielo.

Muchas de ustedes ya han descubierto la gran verdad transformadora de que cuando viven para aliviar las cargas de los demás, sus propias cargas se aligeran. Aunque las circunstancias no hayan cambiado, la actitud de ustedes sí. Son capaces de enfrentarse a sus propias pruebas con mayor aceptación, un corazón más comprensivo y una gratitud más profunda por lo que tienen, en vez de añorar lo que todavía no tienen.

Han descubierto que, cuando le depositan crédito de esperanza a los que parecen tener vacías las cuentas bancarias de su vida, nuestros propios cofres de consuelo se agrandan y se llenan; nuestra copa realmente “rebosa” (Salmo 23:5).

Si llevan una vida recta, ustedes y sus hijos un día gozarán de las bendiciones de ser parte de una familia completa y eterna.

Miembros y líderes, ¿hay algo más que podrían hacer para ayudar a las familias con un solo progenitor, sin juzgar y sin condenar? ¿Podrían actuar como mentores de los jóvenes de esas familias, especialmente dándoles el ejemplo a los jovencitos en cuanto a qué hacen y cómo viven los hombres buenos? Cuando no hay padre, ¿ofrecen un ejemplo digno de ser emulado?

Ahora bien, por supuesto que también hay familias en que el único progenitor es el padre. Hermanos, también oramos por ustedes y les rendimos homenaje. Este mensaje también es para ustedes.

Padres que crían solos a sus hijos, testifico que si ponen su mejor empeño en éste, el más difícil de los desafíos humanos, los cielos los favorecerán. Realmente no están solos. Permitan que el tierno poder redentor de Jesucristo ilumine su vida y los llene de esperanza en la promesa eterna. Sean valientes; tengan fe y esperanza; piensen en el presente con fortaleza y miren al futuro con confianza. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.   1.

    Neal A. Maxwell, Notwithstanding My Weakness, 1981, pág. 68.

  2.   2.

    En Gordon B. Hinckley, “Entre los brazos de su amor”, Liahona, noviembre de 2006, pág. 117.