Lecciones especiales


Ronald A. Rasband
Es mi esperanza y mi ruego que sigamos sobrellevando noblemente nuestras cargas y tendamos una mano a los que sufren… entre nosotros.

Durante los últimos 20 meses, nuestra familia ha sido bendecida con el privilegio de tener un bebé muy especial.

El pequeño Paxton, nuestro nieto, nació con una eliminación cromosómica parcial muy inusual, un trastorno genético que literalmente lo distingue a él entre cientos de millones de personas. Cuando Paxton nació, nuestra hija y su marido empezaron una trayectoria desconocida que les cambió la vida. Esa experiencia se ha convertido en una prueba para aprender lecciones especiales vinculadas a la eternidad.

Nuestro querido élder Russell M. Nelson, quien nos acaba de hablar, ha enseñado:

“Por razones en general desconocidas, algunas personas nacen con limitaciones físicas: puede que partes específicas del cuerpo sean anormales o puede haber un desequilibrio en los sistemas reguladores. Además, todos nuestros cuerpos están sujetos a la enfermedad y a la muerte; no obstante, el don de un cuerpo físico es invaluable…

“No se requiere un cuerpo perfecto para alcanzar un destino divino; de hecho, algunos de los espíritus más dulces se alojan en cuerpos frágiles…

“Finalmente, vendrá el tiempo cuando cada ‘espíritu y… cuerpo serán reunidos… en su perfecta forma; los miembros así como las coyunturas serán restaurados a su propia forma’ (Alma 11:43). Entonces, gracias a la expiación de Jesucristo, llegaremos a perfeccionarnos en Él”1.

A todos los que tengan desafíos, dudas, desilusiones o angustias con un ser querido, sepan esto: Dios, nuestro Padre Celestial, ama al que padece la aflicción y los ama a ustedes con amor infinito y compasión eterna.

Al afrontar ese tipo de sufrimiento, algunos podrían preguntarse: ¿Cómo puede el Dios Todopoderoso dejar que esto suceda? Y después, la pregunta que parece inevitable: ¿Por qué me pasó esto a mí?. ¿Por qué debemos pasar por enfermedades y circunstancias que ocasionan discapacidad o hacen que preciados miembros de la familia partan prematuramente o que se extiendan sus años de dolor? ¿Por qué existen los pesares?

En esos momentos podemos considerar el gran plan de felicidad creado por nuestro Padre Celestial. Ese plan, cuando se presentó en la vida preterrenal, causó que todos nos regocijáramos2. En pocas palabras, esta vida es un aprendizaje para la exaltación eterna, y ese proceso implica pruebas y dificultades. Siempre ha sido así, y nadie está exento.

Confiar en la voluntad de Dios es fundamental para nuestro estado mortal. Con fe en Él, nos valemos del poder de la expiación de Cristo en los momentos en que los interrogantes son muchos y las respuestas son pocas.

Después de Su resurrección, cuando visitó las Américas, nuestro Salvador Jesucristo se dirigió a todos con esta invitación:

“¿Tenéis enfermos entre vosotros? Traedlos aquí. ¿Tenéis cojos, o ciegos, o lisiados, o mutilados, o leprosos, o atrofiados, o sordos, o quienes estén afligidos de manera alguna? Traedlos aquí y yo los sanaré, porque tengo compasión de vosotros; mis entrañas rebosan de misericordia…

“Y sucedió que cuando hubo hablado así, toda la multitud, de común acuerdo, se acercó, con sus enfermos, y sus afligidos, y sus cojos, y sus ciegos, y sus mudos, y todos los que padecían cualquier aflicción; y los sanaba a todos, según se los llevaban”3.

Se puede hallar gran fortaleza en las palabras “toda la multitud… se acercó”; es decir, todos, hermanos y hermanas. Todos afrontamos dificultades. Y después la frase: “que padecían cualquier aflicción”. Todos nos sentimos identificados, ¿no es así?

Poco después de nacer el precioso Paxton, supimos que nuestro Padre Celestial nos bendeciría y nos enseñaría lecciones especiales. Cuando su padre y yo pusimos nuestros dedos sobre su pequeña cabecita, en la primera de muchas bendiciones del sacerdocio, las palabras del noveno capítulo de Juan vinieron a mi mente: “…para que las obras de Dios se manifestasen en él”4.

Definitivamente, las obras de Dios se están manifestando por medio de Paxton.

Estamos aprendiendo paciencia, fe y gratitud por medio del bálsamo del servicio, de las interminables horas de intensas emociones, de las lágrimas de empatía y de las oraciones y expresiones de amor a favor de los seres queridos que tienen necesidad, en especial por Paxton y sus padres.

El presidente James E. Faust, mi presidente de estaca en mi niñez, dijo: “Siento gran aprecio por los padres que sobrellevan y superan estoicamente su angustia y su dolor por un hijo que ha nacido con, o que ha desarrollado, una seria enfermedad física o mental. Esa angustia y dolor muchas veces se prolongan sin descanso a lo largo de toda la vida de los padres o del hijo. A menudo, los padres tienen que prestar atención sobrehumana constante, día y noche. Los brazos y el corazón de muchas madres han dolido sin cesar por años, dando consuelo y aliviando el sufrimiento de su hijo especial”5.

Como se describe en Mosíah, hemos sido testigos del amor puro del Salvador que se da a la familia de Paxton, un amor que está al alcance de todos: “Y aconteció que las cargas que se imponían sobre Alma y sus hermanos fueron aliviadas; sí, el Señor los fortaleció de modo que pudieron soportar sus cargas con facilidad, y se sometieron alegre y pacientemente a toda la voluntad del Señor”6.

Una noche, en los primeros días de vida de Paxton, estábamos en la unidad de cuidados intensivos neonatales del extraordinario hospital Primary Children’s Medical Center de Salt Lake City, Utah, maravillados por la atención abnegada e ininterrumpida que prestaban médicos, enfermeras y otros que lo cuidaban. Le pregunté a mi hija cómo íbamos a pagar todo eso, y me atreví a hacer un cálculo de lo que costaría. Un médico que estaba cerca me indicó que mi cálculo era “muy bajo”, y que la atención del pequeño Paxton costaría mucho más de lo que yo había calculado. Nos enteramos de que la mayor parte del costo de la atención prestada en ese hospital se cubría gracias a las generosas donaciones de tiempo y de dinero de otras personas. Sus palabras me llenaron de humildad al pensar en el valor que tenía esa diminuta alma para aquellos que esmeradamente velaban por él.

Recordé un conocido pasaje misional de las Escrituras que adquirió un nuevo significado: “Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios”7.

Lloré mientras reflexionaba en el ilimitado amor que nuestro Padre Celestial y Su Amado Hijo Jesucristo tienen por cada uno de nosotros, mientras aprendía de una manera poderosa el valor que tiene un alma para Dios, tanto física como espiritualmente.

La familia de Paxton ha descubierto que están rodeados de un sinnúmero de ángeles ministrantes celestiales y terrenales. Algunos han venido calladamente a ayudar cuando ha sido necesario y han partido en silencio. Otros han llegado a la puerta con comida, han lavado la ropa, han recogido a los hermanitos, han llamado por teléfono con palabras de aliento y, sobre todo, han orado por Paxton. De ellos se aprendió otra lección especial: Si encontraran a una persona que se está ahogando, ¿le preguntarían si necesita ayuda o sería mejor lanzarse a las profundas aguas y salvarla?. El ofrecimiento “avíseme si puedo ayudar”, aunque se da con buenas intenciones, en realidad no ayuda en nada.

Seguimos aprendiendo el valor importante que tiene el estar al tanto de la vida de quienes nos rodean y demostrar interés, al aprender no sólo la importancia de brindar ayuda, sino también la inmensa alegría que sobreviene al ayudar a los demás.

Nuestro querido presidente Thomas S. Monson, que es un magnífico ejemplo de levantar a los afligidos, dijo: “Dios bendiga a todos los que procuran ser el guarda de su hermano, que contribuyen a mitigar el sufrimiento, que se esfuerzan con todo lo bueno que tienen dentro de sí para hacer un mundo mejor. ¿Han notado que esas personas tienen una sonrisa más radiante? Sus pasos son más seguros. Ellos tienen un aura de alegría y satisfacción, pues uno no puede participar en ayudar a los demás sin recibir uno mismo una rica bendición”8.

A pesar de que afrontaremos pruebas, adversidades, discapacidades, angustias y toda clase de aflicciones, nuestro bondadoso y amoroso Salvador siempre estará allí para nosotros. Él ha prometido:

“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros…

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”9.

Estamos muy agradecidos a nuestro Padre Celestial por nuestro campeón Paxton. El Señor ha manifestado sus obras por medio de él, y nos sigue enseñando esas valiosas, sagradas y especiales lecciones.

Me gustaría concluir con las palabras de un preciado himno:

Somos los soldados que combaten error.
¡Qué dicha es! ¡Qué dicha es!
Nos espera la corona del vencedor;
La recibiremos al ganar10.

Hermanos y hermanas, es mi esperanza y mi ruego que sigamos sobrellevando noblemente nuestras cargas y tendamos una mano a los que sufren y necesitan ser levantados y alentados entre nosotros. Que cada uno de nosotros dé gracias a Dios por sus bendiciones y renueve su compromiso con nuestro Padre Celestial de servir humildemente a Sus hijos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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    Notas

  1.   1.

    Russell M. Nelson, “Somos hijos de Dios”, Liahona, enero de 1999, pág. 103.

  2.   2.

    Véase Job 38:7.

  3.   3.

    3 Nefi 17:7, 9.

  4.   4.

    Juan 9:3.

  5.   5.

    Véase James E. Faust, “Las obras de Dios”, Liahona, enero de 1985, pág. 46.

  6.   6.

    Mosíah 24:15.

  7.   7.

    Doctrina y Convenios 18:10.

  8.   8.

    Thomas S. Monson, “Our Brothers´ Keepers”, Ensign, junio de 1998, pág. 39.

  9.   9.

    Juan 14:18, 27.

  10.   10.

    “Somos los soldados”, Himnos, Nº 162.