Los misericordiosos obtienen misericordia


Dieter F. Uchtdorf
Cuando tenemos el corazón lleno del amor de Dios, nos volvemos “benignos los unos con los otros, misericordiosos, [perdonándonos] los unos a los otros”.

Mis queridos hermanos y hermanas, no hace mucho tiempo recibí una carta de una madre preocupada que rogaba que se hablara en una conferencia general sobre un tema que beneficiaría específicamente a sus dos hijos. Había surgido entre ellos una discordia y habían dejado de hablarse. La madre estaba desconsolada y en la carta me aseguraba que un mensaje de la conferencia general sobre ese tema haría que sus hijos se reconciliaran, y todo volvería a la normalidad.

El ruego profundo y sincero de esa buena hermana fue sólo una de las impresiones que he recibido en estos últimos meses de que debo decir hoy unas palabras sobre un tema que es cada vez de mayor preocupación, no sólo para una madre preocupada sino para muchas personas de la Iglesia y, ciertamente, del mundo.

Me ha impresionado la fe que esa madre amorosa tiene en el hecho de que un discurso de la conferencia general podría contribuir a mejorar la relación entre sus hijos. Estoy seguro de que su confianza no se basaba tanto en la habilidad de los discursantes como en “la virtud de la palabra de Dios” que tiene “un efecto más potente en la mente del pueblo que… cualquier otra cosa”1. Querida hermana, ruego que el Espíritu toque el corazón de sus hijos.

Cuando las relaciones se deterioran

Las relaciones tensas y rotas son tan antiguas como la humanidad misma. Caín de antaño fue el primero en dejar que el cáncer de la amargura y la malicia le corrompiera el corazón; cultivó el terreno de su alma con envidia y odio, y permitió que esos sentimientos maduraran en él hasta hacer lo inconcebible: asesinar a su propio hermano y convertirse, en el proceso, en el padre de las mentiras de Satanás2.

Desde aquellos primeros días, el espíritu de envidia y odio ha desencadenado algunos de los más trágicos sucesos de la historia: puso a Saúl en contra de David, a los hijos de Jacob en contra de su hermano José, a Lamán y Lemuel en contra de Nefi y a Amalickíah en contra de Moroni.

Imagino que toda persona sobre la tierra ha sido afectada de algún modo por el espíritu destructivo de la contención, el resentimiento y la venganza. Quizás haya ocasiones en las que reconozcamos ese espíritu en nosotros mismos. Cuando nos sentimos heridos, enojados o llenos de envidia, es muy fácil juzgar a otras personas y a menudo achacarles a sus acciones motivaciones tenebrosas a fin de justificar nuestros propios sentimientos de rencor.

La doctrina

Por supuesto, sabemos que eso está mal. La doctrina es clara: todos dependemos del Salvador; ninguno de nosotros puede salvarse sin Él. La expiación de Cristo es infinita y eterna. El perdón de nuestros pecados tiene condiciones: debemos arrepentirnos y estar dispuestos a perdonar a los demás. Jesús enseñó: “…debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona… queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado”3, y “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”4.

Naturalmente, esas palabras parecen perfectamente lógicas… cuando se aplican a otra persona. Cuando los demás juzgan y guardan rencor, vemos muy clara y fácilmente los resultados dañinos que eso produce; y por cierto, no nos gusta que la gente nos juzgue a nosotros.

Pero cuando se trata de nuestros propios prejuicios y agravios, demasiadas veces justificamos nuestro enojo como justo y nuestro juicio como fidedigno y apropiado. Aunque no podemos ver el corazón de los demás, suponemos que podemos reconocer una motivación maliciosa o incluso a una mala persona en cuanto los vemos. Cuando se trata de nuestra propia amargura, hacemos excepciones porque pensamos que, en nuestro caso, tenemos toda la información necesaria para considerar a alguien con desdén.

En su epístola a los romanos, el apóstol Pablo dijo que quienes juzgan a los demás “no [tienen] excusa”; y explicó que en el momento en que juzgamos a otro nos condenamos a nosotros mismos, puesto que nadie está sin pecado5. El negarnos a perdonar es un grave pecado, uno del cual el Salvador nos advirtió. Los propios discípulos de Jesús “buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron unos a otros en su corazón; y por esta maldad fueron afligidos y disciplinados con severidad”6.

Nuestro Salvador ha hablado tan claramente sobre este tema que no da lugar a la interpretación personal: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar”, pero después dijo: “…a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”7.

Permítanme hacer una aclaración: cuando el Señor nos requiere perdonar a todos los hombres, eso incluye perdonarnos a nosotros mismos. A veces, la persona más difícil de perdonar entre toda la gente del mundo, y quizás la que más necesite nuestro perdón, es la persona que se refleja en el espejo.

En resumidas cuentas

Este tema de juzgar a los demás en realidad podría enseñarse con un sermón de tres palabras. Cuando se trate de odiar, chismear, ignorar, ridiculizar, sentir rencor o el deseo de infligir daño, por favor apliquen lo siguiente:

¡Dejen de hacerlo!

Es así de sencillo. Simplemente debemos dejar de juzgar a otros y remplazar los pensamientos y sentimientos de crítica con un corazón lleno de amor por Dios y por Sus hijos. Dios es nuestro Padre, nosotros somos Sus hijos, todos somos hermanos y hermanas. No sé exactamente cómo expresar este asunto de no juzgar a los demás con la suficiente elocuencia, pasión y persuasión para que se grabe en ustedes. Podría citarles pasajes de las Escrituras, podría tratar de explicar a fondo la doctrina e incluso citar una calcomanía que vi hace poco que estaba pegada en la parte de atrás de un auto cuyo conductor parecía un tanto rústico, pero las palabras de la calcomanía me enseñaron una gran lección; decía: “No me juzgues por pecar de manera distinta a la tuya”.

Debemos reconocer que todos somos imperfectos, que somos mendigos ante Dios. ¿No nos hemos todos acercado sumisamente al trono de misericordia, en un momento u otro, para suplicar gracia? ¿No hemos anhelado con toda la energía de nuestra alma recibir misericordia y ser perdonados por los errores y pecados que hemos cometido?

Ya que todos dependemos de la misericordia de Dios, ¿cómo podemos negar a los demás toda porción de esa gracia que tan desesperadamente deseamos para nosotros? Mis queridos hermanos y hermanas, ¿no deberíamos perdonar así como deseamos que se nos perdone?

El amor de Dios

¿Es eso difícil de hacer?

Sí, claro que lo es.

El perdonar, ya sea a nosotros mismos o a los demás, no es fácil. De hecho, para la mayoría de nosotros implica tener un importante cambio de actitud y en la manera de pensar, incluso un cambio de corazón. Pero hay buenas nuevas al respecto: ese “potente cambio”8 de corazón es exactamente lo que el Evangelio de Jesucristo tiene como objeto producir en nuestra vida.

¿Cómo se logra? Mediante el amor de Dios.

Cuando tenemos el corazón lleno del amor de Dios, nos ocurre algo bueno y puro. Guardamos “sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo”9.

Cuanto más permitamos que el amor de Dios gobierne nuestra mente y nuestras emociones, cuanto más dejemos que el amor por nuestro Padre Celestial nos llene el corazón, más fácil nos resultará amar a los demás con el amor puro de Cristo. Al abrir nuestro corazón al resplandeciente amanecer del amor de Dios, la oscuridad y el frío del resentimiento y la envidia con el tiempo se disiparán.

Como siempre, Cristo es nuestro ejemplo. En Sus enseñanzas y en Su vida, Él nos mostró el camino. Él perdonó al inicuo, al insolente y a los que procuraron lastimarlo y hacerle daño.

Jesús dijo que es fácil amar a los que nos aman; incluso los malos pueden hacerlo. Pero Jesucristo enseñó una ley superior. Sus palabras hacen eco a través de los siglos y se dirigen a nosotros hoy; son para todos los que deseen ser Sus discípulos, son para ustedes y para mí: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen”10.

Cuando tenemos el corazón lleno del amor de Dios, nos volvemos “benignos los unos con los otros, misericordiosos, [perdonándonos] los unos a los otros, como también Dios [nos] perdonó a [nosotros] en Cristo”11.

El amor puro de Cristo elimina las escamas del resentimiento y la ira de nuestros ojos, dejándonos ver a los demás en la forma en que nuestro Padre Celestial nos ve: como seres mortales imperfectos y con fallas, que tienen potencial y valía más allá de lo que nos es posible imaginar. En virtud de que Dios nos ama tanto, nosotros también debemos amarnos y perdonarnos los unos a los otros.

Las características del discípulo

Mis queridos hermanos y hermanas, consideren las siguientes preguntas como una prueba introspectiva:

¿Le guardan rencor a alguien?

¿Cuentan chismes aunque lo que digan pueda ser verdad?

¿Excluyen a otras personas, se apartan de ellas o las castigan por algo que ellas han hecho?

¿Envidian en secreto a otra persona?

¿Sienten deseos de hacerle daño a alguien?

Si contestaron afirmativamente a cualquiera de esas preguntas, tal vez deberían aplicar el sermón de tres palabras que mencioné antes: ¡Dejen de hacerlo!

En un mundo lleno de acusaciones y enemistad es fácil juntar y arrojar piedras; pero antes de hacerlo, recordemos las palabras del que es nuestro Maestro y modelo: “El que de entre vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra”12.

Hermanos y hermanas, deshagámonos de nuestras piedras.

Seamos bondadosos.

Perdonemos.

Hablemos pacíficamente el uno con el otro.

Dejemos que el amor de Dios nos llene el corazón.

“Hagamos bien a todos”13.

El Salvador prometió esto: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosante… porque con la misma medida [que uséis], se os volverá a medir”14.

¿No debería ser esta promesa suficiente para que siempre concentremos nuestros esfuerzos en la bondad, el perdón y la caridad en lugar de en un comportamiento negativo?

Como discípulos de Jesucristo, devolvamos bien por mal15. No busquemos venganza ni permitamos que la ira nos domine.

“…escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

“Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber…

“No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien”16.

Recuerden: al final son los misericordiosos quienes alcanzan misericordia17.

Por ser miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, dondequiera que estemos, que se nos conozca como una gente que tiene “amor los unos por los otros”18.

Ámense unos a otros

Hermanos y hermanas, en esta vida hay bastante aflicción y dolor sin que agreguemos más con nuestra terquedad, amargura y resentimiento.

No somos perfectos.

La gente que nos rodea no es perfecta19. Las personas hacen cosas que molestan, decepcionan y enojan; en esta vida mortal siempre será así.

No obstante, debemos librarnos de nuestros resentimientos. Parte del propósito de la vida terrenal es aprender a liberarnos de esas cosas. Ésa es la manera del Señor.

Recuerden que el cielo está lleno de aquellos que tienen esto en común: Han sido perdonados y perdonan.

Pongan su carga a los pies del Salvador; dejen de juzgar. Permitan que la expiación de Cristo los cambie y les sane el corazón. Ámense el uno al otro; perdónense el uno al otro.

Los misericordiosos alcanzarán misericordia.

De ello testifico, en el nombre de Aquél que amó de forma tan íntegra y tan completa que dio Su vida por nosotros, Sus amigos, en el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.