Hasta la próxima

Una voz de trueno, una voz de silencio


¿Cómo podían los demás sentir los terremotos cuando yo ni me percataba de ellos? La respuesta me enseñó más que simplemente sismología.

Una voz de trueno, una voz de silencio

Había estado en la misión sólo unas semanas cuando me despertó un sonido estrepitoso en medio de la noche. Comenzó a la distancia y se hizo más fuerte al aproximarse. Muy pronto la casa entera se sacudía. El zarandeo pasó bastante rápido y el ruido se aplacó. Afortunadamente, mi compañera me había advertido que los terremotos eran comunes. Como todo parecía estar en orden, me di vuelta y me volví a dormir.

Varias semanas después de haberme despertado en medio de la noche, escuché a la gente hablar de un terremoto que habían sentido esa mañana. Me pregunté qué les pasaría, ya que yo no había oído ni sentido nada. Confundida, finalmente pregunté cuándo había ocurrido el “terremoto”. Al darme cuenta de que había estado haciendo gimnasia o en la ducha a la hora que decían, no podía creer que realmente hubiese sucedido. El primer terremoto me había despertado; con toda seguridad, si hubiese habido otro mientras estaba despierta, lo habría notado.

Pero ese fue el primero de muchos supuestos terremotos. Yo nunca los sentía, así que empecé a preguntarme si la gente no estaría confundida en cuanto a lo que era un terremoto.

Después de ocho meses de lo que yo pensaba eran supuestos terremotos, el maestro de la Escuela Dominical se detuvo a mitad de una oración para decir: “¿Sintieron eso? Fue un terremoto”; todos asintieron, menos yo. No entendía; no hubo ni ruido ni estruendo, mi silla no se sacudió, las paredes no retumbaron. ¿Cómo podía haber sido un terremoto?

Entonces traté de recordar lo que había sentido cuando el maestro mencionó el terremoto. Había sentido un mareo muy leve, como si hubiese girado sobre mis pies. ¿Podía ese ligero movimiento ser un terremoto?

Debido al maestro, comencé a prestar atención y a darme cuenta de que los supuestos terremotos eran reales. Entendí que no los había sentido al hacer gimnasia, en la ducha o cuando dormía porque eran sólo una sacudida sutil; pero gradualmente me percaté más y más de un ligero mareo o una leve oscilación, lo cual reconocí como evidencia de un terremoto.

Más adelante en mi misión, tuve a una misionera nueva como compañera. Un día, mientras estábamos enseñando, una mujer dijo: “Uy, un terremoto”, y yo asentí. Mi compañera nos miró como si estuviésemos locas, pero yo le señalé el leve balanceo de una lámpara colgante y le aseguré que con el tiempo ella también sentiría el ligero movimiento de tierra.

Estoy muy agradecida por lo que los terremotos me enseñaron en cuanto a reconocer al Espíritu. Hay ocasiones en las que el Espíritu no se puede negar, es una voz de trueno que penetra nuestra alma. Sin embargo, con mayor frecuencia, el Espíritu se siente como un susurro apacible, una nueva idea, una impresión, un sentimiento sutil de algo que debemos hacer o decir (véase Helamán 5:30). Si sólo notamos la sacudida potente del alma, no nos percataremos de muchos de los dulces susurros del Espíritu. A veces necesitamos que otros nos señalen los sentimientos que provienen del Espíritu para que prestemos atención y afinemos nuestra percepción. Al hacerlo, descubrimos un mundo completamente nuevo de apreciación y de asombro.