Actuar de acuerdo con los susurros


Todo Santo de los Últimos Días tiene el privilegio de recibir inspiración diaria por medio del Espíritu. Cuando somos dignos de recibir susurros espirituales y estamos dispuestos a prestarles atención, podemos obtener la guía con la que el Padre Celestial desea bendecirnos. A continuación, tres miembros hablan sobre la forma en que escucharon los susurros del Espíritu y cómo respondieron a ellos y, a su vez, recibieron abundantes bendiciones.

Tenía que regresar

Nestor Querales, Portugal

Una noche, mientras servía como líder del sacerdocio de estaca en Loulé, Portugal, llevaba a unos jóvenes a sus casas después de una actividad de estaca. Era muy tarde y, al dirigirme a casa después de dejar a los jóvenes en las suyas, di vuelta en una calle oscura de un área rural por la que transitaban pocos automóviles. En el camino pasé por un pequeño puente y, hacia el lado derecho, vi una luz que parpadeaba cerca del río, como si fuera fuego.

Debido al rocío de la noche, pensé que aunque hubiera fuego, rápidamente se apagaría con la humedad, de modo que volví a concentrarme en el camino.

Sin embargo, había viajado sólo unos cuantos metros cuando oí una voz decir: “¡Detente!”. Me sorprendió, ya que viajaba solo, pero no le hice caso y seguí manejando. Entonces oí una voz de trueno: “¡Detente y regresa!”. De inmediato di la vuelta y regresé. Al hacerlo, le pregunté a mi Padre Celestial: “Señor, ¿qué sucede?”. Tan pronto como llegué al puente salí del auto y la respuesta del Señor fue inmediata, pues podía oír a alguien abajo que gritaba: “¡Por favor, ayúdennos!”.

Casi no había luz y no podía ver nada excepto la lucecita anaranjada que parpadeaba en el fondo. Abajo del puente había un pronunciado barranco y, con tan poca luz, no sabía cómo ayudar. Rápidamente llamé a un número para emergencias y los rescatistas no tardaron en llegar para ayudar.

Aquella lucecita provenía de un automóvil en el que viajaban cinco personas y que había caído al precipicio; dos habían perdido la vida, pero podría haber sido peor si yo no hubiera prestado atención a la voz del Espíritu Santo.

Testifico que el Señor nos habla por medio del Espíritu, ya sea con una voz suave o con una voz de trueno. Estoy agradecido de que aquella noche le presté atención. Sé que el Señor vive, que nos ama y que el Espíritu Santo se comunica con nosotros. Lo único que tenemos que hacer es prestar atención a Su voz.

Decidí escuchar

Nancy Williamson Gibbs, Colorado, EE. UU.

Hace años, empecé a tener un sentimiento molesto y constante de que necesitaba compilar un recetario familiar que incluyera recetas de mis parientes. Descarté la idea y con frecuencia me decía a mí misma: “¡No tengo tiempo para un ridículo libro de cocina; tengo seis hijos bien activos! ¡Preparar un recetario es para el tipo de madres que hacen pan y bizcochos caseros! ¡Yo no tengo tiempo para eso!”.

Durante años seguí teniendo ese sentimiento persuasivo, hasta que un día por fin decidí considerarlo seriamente; sin embargo, me preguntaba quién de mi familia estaría siquiera interesado en participar. De mi familia, yo era la única que era miembro de la Iglesia; mis padres habían fallecido, no tenía hermanos ni hermanas y la mayoría de mis familiares vivían lejos. De todos modos decidí dar oído a ese sentimiento.

Me puse en contacto con mis parientes, explicándoles que estaba recopilando un recetario familiar, y los invité a que me enviaran recetas. Durante el año siguiente, recibí varias recetas; algunos parientes incluso enviaron historias y fotografías familiares. Eso me motivó a entrevistar a mis familiares de más edad y a recopilar nuestra historia familiar, la cual también decidí incluir en el libro.

Al armarlo, me di cuenta de que ni siquiera conocía a muchos de los parientes que habían enviado recetas; por esa razón, decidí incluir un árbol genealógico. Solicité la información de todos, creé el árbol y lo incluí en el manuscrito.

Al darle un último vistazo al libro terminado, fui hasta la página del árbol genealógico y me sentí sumamente conmovida por el Espíritu. Las lágrimas me rodaron por las mejillas al reconocer claramente la razón por la que tenía que compilar ese “ridículo” libro de cocina. Tenía poco que ver con recetas; había recopilado nombres y fechas de generaciones de mis antepasados, y ahora se podría llevar a cabo la obra del templo por todas esas personas. Además, había preservado historias maravillosas para generaciones futuras.

Actualmente me mantengo en contacto con varias primas en forma regular y disfruto de una maravillosa relación con los demás parientes. Al ver el recetario, a menudo pienso en el pasaje de las Escrituras: “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64:33). Todavía me asombro al detenerme a pensar en todas las cosas agradables y maravillosas que resultaron por dar oído a un susurro y crear un simple recetario.

Sentía que era lo correcto

Jeffery Stockett, Utah, EE. UU.

El Espíritu se manifiesta de diferentes maneras. He experimentado momentos de paz, sentimientos de consuelo y claridad de pensamiento. Algunas de las impresiones más vívidas que recibo son simplemente un sentimiento de que algo es verdad o que es lo correcto. Es difícil describir el sentimiento, pero está presente cuando uno sencillamente sabe que algo es verdadero o que es necesario actuar.

Una de las experiencias más poderosas que he tenido en cuanto a ese sentimiento fue cuando buscaba una casa para comprarla. Era soltero y durante varios años había estado pensando en comprar una casa. Le dije a mi agente de bienes raíces lo que buscaba, y ella se esmeró por encontrar casas que se ajustaran a mis especificaciones. Me mostraba casas, pero yo las rechazaba porque no sentía que fueran la correcta. Me empezó a preguntar qué era lo que me disgustaba de cada una a fin de poder mostrarme casas que se acomodaran mejor a mis necesidades. Lamentablemente, no me era posible expresar muy bien lo que faltaba.

Finalmente, una tarde recorrimos una casa que no era tan bonita como algunas de las que habíamos visto; era un poco más cara que las demás y se ajustaba a la descripción de lo que yo quería, pero no tan bien como otras que habíamos visto. Sin embargo, después de que la vimos, le dije a mi agente que deseaba hacer una oferta. Ella pareció un tanto sorprendida por el hecho de que yo deseara actuar con tanta rapidez; considerando lo renuente que me había mostrado los meses anteriores, tenía toda la razón de sentirse sorprendida. No obstante, el sentimiento de que ese era el lugar donde tenía que vivir era casi sobrecogedor. No sentí la necesidad de detenerme a pensar en ello.

Presenté una oferta y los vendedores la aceptaron a pesar de que no era la más alta que habían recibido. Le dije a mi familia que sabía que debía vivir en esa casa, aunque no sabía por qué.

Muy pronto descubrí la razón por la que tenía que vivir allí. En menos de un mes conocí a una hermana en el barrio de solteros y, un poco más de un año después nos arrodillamos ante el altar en el templo, donde fuimos sellados como esposo y esposa.

Verdaderamente el Señor actúa de maneras misteriosas. Cuando me ayudó a escoger una casa, no tenía idea de que me estaba guiando hacia el matrimonio eterno. Todo lo que sabía era que se me estaba guiando a tomar ese paso, y ahora me doy cuenta de que esa guía provino de Su Espíritu.

El Espíritu los guiará

Presidente Boyd K. Packer

“El don del Espíritu Santo, si ustedes lo permiten, los guiará y los protegerá, e incluso corregirá sus acciones. Se trata de una voz espiritual que acude a la mente como una idea o un sentimiento que llega al corazón… No se espera que vayan por la vida sin cometer errores, pero no cometerán un error grave sin que primeramente reciban una advertencia mediante los susurros del Espíritu. Esa promesa se aplica a todos los miembros de la Iglesia”.

Presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, “Consejo a los jóvenes”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 17.

Ocho finalidades de la revelación

El élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó que el Espíritu se manifiesta con ocho finalidades:

Para testificar: El Espíritu testifica que Jesús es el Cristo y que el Evangelio es verdadero.

Para profetizar: Una persona, dentro de los límites de sus esferas de responsabilidad, puede recibir inspiración para predecir lo que ocurrirá en el futuro. El profeta, los patriarcas e incluso nosotros podemos recibir revelación profética.

Para consolar: El Espíritu nos puede consolar tal como consoló a José Smith en la cárcel de Liberty: “…paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento” (D. y C. 121:7–8). El consuelo también está asociado con las bendiciones del sacerdocio, las visiones de seres queridos que han fallecido y el perdón de los pecados.

Para levantar el ánimo: El Espíritu nos puede ayudar a superar la depresión, los sentimientos de ineptitud o el estancamiento en una mediocridad espiritual. Se presenta cuando leemos las Escrituras o disfrutamos de música, arte o literatura sanos.

Para informar: Es posible que en cierta ocasión en particular se les concedan las palabras que deban decir. El Señor dijo a José Smith y a Sidney Rigdon: “…porque os será dado en la hora, sí, en el momento preciso, lo que habéis de decir” (D. y C. 100:6). En algunas ocasiones sagradas, personajes celestiales han dado información cara a cara; en otras ocasiones, los sutiles susurros del Espíritu comunican la información necesaria.

Para restringir: Esta forma de revelación impedirá que hagamos cosas que no debemos hacer. Suele venir en forma sorpresiva, cuando no hemos pedido guía en cuanto a un tema en particular.

Para confirmar: Se puede recibir una confirmación mediante el Espíritu después de proponer un curso de acción particular y de haber orado para saber si es la decisión correcta.

Para constreñir: Este tipo de revelación no se busca, sino que viene a fin de llamar a una persona a hacer algo que no se había propuesto. Este tipo de comunicación del Espíritu es poco común y, por lo tanto, importante.

Tomado de “Revelation”, en Brigham Young University 1981–1982 Fireside and Devotional Speeches, 1982, págs. 20–26.