El albedrío y la inspiración


Élder Bruce R. McConkie
Se espera que hagamos todo lo que esté a nuestro alcance y que luego busquemos una respuesta del Señor, un sello confirmador de que hemos llegado a la conclusión correcta.

El albedrío y la inspiración

Cuando morábamos en la presencia de Dios, nuestro Padre Celestial, se nos confirió el albedrío. Eso nos dio la oportunidad y el privilegio de escoger lo que haríamos a fin de tomar decisiones libremente, sin imposiciones… Se espera que utilicemos los dones, los talentos y las habilidades, el sentido común, el juicio y el albedrío con los que se nos ha investido.

No obstante, se nos manda que busquemos al Señor, que deseemos tener Su Espíritu, a fin de obtener el espíritu de revelación e inspiración en nuestra vida. Venimos a la Iglesia y un administrador legal coloca sus manos sobre nuestra cabeza y dice: “Recibe el Espíritu Santo”. Eso nos otorga el don del Espíritu Santo, que es el derecho a tener la compañía constante de ese miembro de la Trinidad, dependiendo de nuestra fidelidad.

De modo que nos enfrentamos a dos proposiciones. Una consiste en que debemos ser guiados por el espíritu de inspiración, el espíritu de revelación. La otra es que nos encontramos aquí bajo instrucción de utilizar nuestro albedrío para determinar, por nosotros mismos, lo que debemos hacer; y debemos lograr un equilibrio entre ambas…

Ahora bien, si me permiten, me gustaría presentar tres casos de estudio, de los cuales quizá podamos extraer algunas conclusiones muy realistas y certeras respecto a lo que debemos hacer en nuestra vida. Tomaré esos ejemplos de las revelaciones que el Señor nos ha dado.

“No has entendido”

Caso de estudio número uno: Había un hombre que se llamaba Oliver Cowdery… Él escribía las palabras que el Profeta le dictaba bajo la influencia del Espíritu durante el proceso de la traducción (en ese momento se estaba traduciendo el Libro de Mormón). En aquella época, el hermano Cowdery era relativamente inmaduro desde el punto de vista espiritual y procuraba y deseaba hacer algo que estaba más allá de su capacidad espiritual del momento: quería traducir. De modo que [le pidió hacerlo] al Profeta; el Profeta se dirigió al Señor con respecto a ese asunto y recibieron una revelación. El Señor dijo: “Oliver Cowdery, de cierto, de cierto te digo: Así como vive el Señor, que es tu Dios y tu Redentor, que ciertamente recibirás conocimiento de cuantas cosas pidieres con fe, con un corazón sincero, creyendo que recibirás…”. Y luego, una de las cosas que él podría recibir se describe como: “[un] conocimiento concerniente a los grabados sobre anales antiguos, que son de antaño, los cuales contienen aquellas partes de mis Escrituras de que se ha hablado por la manifestación de mi Espíritu”.

Tras haber tratado de ese modo el problema específico, el Señor reveló un principio que se aplica a aquella y a todas las demás situaciones similares: “Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón. Ahora, he aquí, éste es el espíritu de revelación” (D. y C. 8:2–3)…

De modo que preguntó; y, como saben, no tuvo éxito, fue totalmente incapaz de traducir… Se llevó de nuevo el asunto al Señor, a la promesa de quien habían estado tratando de ajustarse, y la respuesta llegó; llegó la razón por la cual él no podía traducir: “No has entendido; has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme” (D. y C. 9:7).

Aparentemente, eso es lo único que se le había mandado hacer: pedir con fe; pero, el pedir con fe lleva implícito el requisito previo de que hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para lograr el fin que deseamos. Usamos el albedrío con el cual se nos ha investido. Usamos toda facultad, capacidad y habilidad que poseemos para que se produzca la situación en cuestión. Esto se aplica a la traducción del Libro de Mormón, a escoger una esposa, a elegir un empleo; se aplica a cualquiera de las diez mil cosas importantes que surgen en nuestra vida…

“¿Por qué me preguntas a mí?”

Pasemos al caso de estudio número dos: …[Los jareditas] llegaron a las aguas que iban a cruzar y el Señor le dijo al [hermano de Jared]: “Construye algunos barcos”…

[Los barcos] se iban a utilizar en circunstancias peculiares y complicadas, y [el hermano de Jared] necesitaba algo más de lo que los barcos tenían en ese momento: necesitaba aire. Ése era un problema que estaba fuera de su alcance, así que llevó el asunto al Señor; y, dado que estaba completamente más allá de su capacidad de resolverlo, el Señor se lo solucionó y le dijo: “Haz esto y aquello y tendrás aire”.

Pero entonces el hermano de Jared, que tenía confianza porque estaba hablando con el Señor, pues estaba conversando y obteniendo respuestas, hizo otra pregunta: …“¿Qué haremos para tener luz en los barcos?”.

El Señor habló un poco con él al respecto y le dijo: “¿Qué quieres que yo haga para que tengáis luz en vuestros barcos?” (Éter 2:23). En otras palabras: “…Te he dado el albedrío; estás investido con la capacidad y la habilidad. Ve y resuelve el problema”.

Y bien, el hermano de Jared entendió el mensaje. Subió a un monte llamado Shelem, y el registro dice que “de una roca fundió dieciséis piedras pequeñas; y eran blancas y diáfanas, como cristal transparente” (Éter 3:1)…

Entonces el Señor hizo lo que el hermano de Jared le pidió, y ésa fue la ocasión en la que él vio el dedo del Señor; y, mientras estaba en sintonía, recibió una revelación que excedía a toda otra que un profeta hubiese obtenido hasta aquel momento. El Señor le reveló más acerca de Su naturaleza y Su personalidad de lo que jamás antes se había revelado; y todo eso ocurrió porque él había hecho cuanto estaba a su alcance y porque había buscado el consejo del Señor.

Existe un delicado equilibrio entre el albedrío y la inspiración. Se espera que hagamos todo lo que nos sea posible y que luego busquemos una respuesta del Señor, un sello que nos confirme que hemos llegado a la conclusión correcta; y a veces, felizmente, también recibimos verdades y conocimiento adicionales que ni siquiera nos habíamos imaginado.

“Según lo que determinen entre sí y conmigo”

Pasemos ahora al caso de estudio número tres: En los primeros tiempos de la historia de la Iglesia, el Señor mandó a los santos a que se congregaran en cierto lugar de Misuri… Ahora, presten atención a lo que sucedió. Es el Señor el que habla:

“Según dije concerniente a mi siervo Edward Partridge, ésta es la tierra de su residencia y de los que ha escogido para ser sus consejeros; y también la tierra de la residencia de aquel que he nombrado para encargarse de mi almacén;

“por lo tanto, traigan ellos sus familias a esta tierra, [y aquí está lo importante] según lo que determinen entre sí y conmigo” [D. y C. 58:24–25; cursiva agregada]…

Ahora bien, el Señor dijo “congregaos” en Sión. Sin embargo, los detalles y los preparativos, el cómo, el cuándo y las circunstancias, se determinan mediante el albedrío de aquellos a quienes se ha llamado a congregarse, pero deben consultar al Señor…

Después de que el Señor hubo dicho eso al Obispado Presidente de la Iglesia, explicó el principio que regía aquella situación, y que rige todas las situaciones; y ésta es una de nuestras gloriosas verdades reveladas. Él dijo:

“Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto, no recibe galardón alguno.

“De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia” (D. y C. 58:26, 27 [cursiva agregada])…

Esos son los tres casos de estudio; lleguemos ahora a la conclusión revelada…

…Si aprenden a utilizar el albedrío que Dios les ha dado, tratan de tomar sus propias decisiones, llegan a conclusiones que son certeras y correctas, y acuden al Señor y obtienen Su confirmador sello de aprobación en cuanto a las conclusiones a las que hayan llegado, entonces: primeramente, habrán recibido revelación, y segundo, tendrán la gran recompensa de la vida eterna, de ser levantados en el último día…

Ruego que Dios nos conceda sabiduría en estas cosas, que Dios nos conceda el valor y la capacidad de valernos por nosotros mismos y de utilizar nuestro albedrío así como las habilidades y capacidades que poseemos; entonces, seamos lo suficientemente humildes y dóciles al Espíritu para someter nuestra voluntad a la Suya, obtener Su sello confirmador y ratificador de aprobación y, de esa manera, gozar del espíritu de revelación en la vida. Si así lo hacemos, no hay duda en cuanto al resultado: es paz en esta vida; es gloria, honor y dignidad en la vida venidera.

Se ha estandarizado la ortografía, la puntuación y el uso de las mayúsculas en inglés.