Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


¡Ve a la casa de la misión!

Felicien Dogbo Mobio, Ghana

La mañana después de regresar de mi misión en Costa de Marfil a casa, en Ghana, me desperté a las 6:00 de la mañana. La cita que tenía con el presidente de estaca para que me relevara no era sino hasta la tarde, así que decidí seguir durmiendo. Cuando me estaba quedando dormido, una impresión me cruzó la mente: “Ve a la casa de la misión en Cape Coast”. Yo conocía la casa de la Misión Ghana Cape Coast, pero no tenía idea de por qué tenía que ir allí esa mañana.

Después de recibir esa impresión, empecé a inquietarme, así que me dirigí a la casa de la misión. En el camino, iba preocupado pensando en qué le diría al presidente de misión. Sabía que me iba a preguntar a qué se debía mi visita, así que traté de preparar una respuesta adecuada.

Al llegar, todavía no sabía qué le respondería. El presidente de misión, Melvin B. Sabey, me invitó a pasar a su oficina creyendo que yo estaba allí para que él me relevara. Después de hacerme algunas preguntas, el presidente Sabey me dijo que fuera a ver a mi presidente de estaca para ser relevado.

“Eso lo sé, presidente”, le contesté.

Hizo una pausa de algunos segundos, y entonces me hizo la mismísima pregunta que yo había estado tratando de contestar: “¿Por qué está usted aquí esta mañana, élder Mobio?”.

“Presidente Sabey, no tengo una respuesta adecuada para esa pregunta”, le dije. “Sólo que esta mañana tuve la fuerte impresión de venir hasta aquí”.

Volvió a hacer silencio por un instante y me dijo con suavidad: “Élder Mobio, su presencia aquí es la ayuda que ayer pedí en oración”. Me explicó que su asistente acababa de llegar con unos misioneros nuevos entre los cuales había un marfileño, el primer misionero de habla francesa que él recibía, y no sabía cómo se iba a comunicar con él. Entonces exclamó: “Estoy seguro de que el Padre Celestial escuchó mi inquietud ayer por la noche”.

Por fin sabía el porqué de mi impresión de aquella mañana. De inmediato fuimos a donde estaban los misioneros nuevos y actué de intérprete para el élder marfileño al empezar su misión.

Siete meses después regresé a Costa de Marfil para renovar mi pasaporte y para contarle a mi presidente de misión esa extraordinaria experiencia. Me dijo: “Somos instrumentos en las manos del Señor. Él sabe cómo y cuándo emplearnos en Su obra”.

Sé que si nos entregamos a la gloriosa obra del Padre Celestial no tenemos por qué preocuparnos. Sólo tenemos que hacer caso a los susurros de esa voz apacible y delicada, y permitir que el Señor nos guíe.

La segunda vez, escuché

Matthew D. Flitton, Revistas de la Iglesia

Me estaba quedando dormido la noche antes de un viaje cuando tuve la impresión de ir a comprar un neumático y una llanta para nuestra camioneta de quince años, la cual no tenía rueda de repuesto. Al día siguiente estuve ocupado y me olvidé de la impresión que había tenido. Cargamos el vehículo con nuestros tres hijos y todas las cosas necesarias, y partimos hacia la casa de mi padre, que quedaba a cuatro horas de distancia.

Íbamos en camino cuando se reventó uno de los neumáticos. Hicimos que remolcaran la camioneta hasta el poblado más cercano para cambiar la cubierta. Nos costó tres veces más de lo que hubiese costado comprar un neumático y una llanta en nuestra ciudad y, además, perdimos los noventa minutos que tuvimos que esperar. Pude apreciar el valor de los susurros del Espíritu y decidí seguirlos mejor en el futuro.

Después de cuatro años y dos hijos más, otra vez estábamos planeando ir a visitar a mi papá, que ahora vivía a trece horas de distancia. Para ese entonces teníamos otra camioneta, que tenía unos catorce años de uso. Aproximadamente una semana antes de partir, sentí que tenía que cambiar la rueda de repuesto de la camioneta. Recordando mi experiencia anterior, le hice caso al susurro. Unos días después tuve la impresión de ir a comprar unas correas de trinquete para sujetar algunas cosas que anteriormente habíamos atado con cuerdas. Necesitaba dos pero compré un paquete de cuatro, así que puse las dos que sobraban en nuestro kit de emergencia.

Cuando volvíamos de visitar a mi papá, nos detuvimos a comprar comida para la cena. Yo estaba sacando algunas cosas de un recipiente que llevaba en el techo de la camioneta cuando mi hija de tres años tocó la puerta corrediza y ¡la puerta se cayó! Estábamos agradecidos de que la puerta no hubiese golpeado a nuestra hija. Puesto que estábamos a unos 800 km de casa y era viernes por la noche, acomodé la puerta como pude para seguir adelante, pero no calzó en la ranura, así que al manejar escuchábamos el ruido de la autopista. Volvimos a detenernos y usé una de las otras correas de trinquete para sujetar la puerta.

Varias horas más tarde la camioneta empezó a sacudirse violentamente. La puerta hacía un ruido fuerte al temblar, pero la correa la sujetó en su lugar. Me hice a un lado de la autopista, y descubrí que una las ruedas había perdido su banda interna. Rápidamente la cambié por la rueda de repuesto que había comprado unas semanas antes y retomamos el camino.

Estoy agradecido por los susurros del Espíritu Santo, los cuales nos han resguardado en nuestros viajes. Sé que el Padre Celestial vela por nosotros si escuchamos la “voz apacible y delicada” (1 Reyes 19:12; véase también 1 Nefi 17:45; D. y C. 85:6), hacemos caso a Sus susurros y pedimos ayuda cuando la necesitamos.

Yo sembraba semillas

Abel Chaves, Alemania

En una clase de ética empresarial del programa de maestría que yo cursaba en la Universidad Schiller International de Heidelberg, Alemania, se pidió que cada alumno hiciera una presentación oral de veinte minutos al final del semestre. El profesor me pidió que hablase de la ética desde la perspectiva Santo de los Últimos Días.

Me bauticé a los dieciocho años y un año después fui llamado a servir en una misión en Brasil. Desde entonces, seguí compartiendo el Evangelio con muchas personas.

Sabía que analizar asuntos religiosos en un contexto universitario supondría todo un reto, pero acepté el desafío. Decidí preparar mi presentación con información que extraje de Mormon.org.

En la universidad había alumnos de todo el mundo, y en mi clase de ética se reflejaba esa diversidad, ya que teníamos dieciocho alumnos de distintos países.

Las presentaciones sobre la ética empezaron con dos alumnos de la India, seguidos de otro de Myanmar, y el último en presentar fui yo. Hablé acerca de “La familia: Una Proclamación para el Mundo”, los Artículos de Fe y otros temas del Evangelio. Era la primera vez que la mayoría de esos alumnos oía hablar de la Iglesia.

Terminé con mi testimonio del Evangelio y de la importancia de hacer lo correcto sin importar la presión que nos rodee, y al final le di a cada uno un ejemplar del Libro de Mormón en su propio idioma. Cuando terminó la presentación, me bombardearon con todo tipo de preguntas. Mi presentación de veinte minutos se extendió a una hora.

Al siguiente día de clases, un amigo de la India me dijo que mi presentación lo había impresionado y que ya había leído parte del Libro de Mormón. Asimismo, un amigo suyo, también de la India, me pidió un ejemplar. Más tarde una amiga de Myanmar me dijo que le había gustado escuchar acerca de la Iglesia, especialmente en lo referente a las enseñanzas sobre la familia y a la ley de castidad, porque ella creía en esos principios; me prometió que leería el Libro de Mormón.

Mis amigos de Ghana me agradecieron que les contara acerca de la Restauración, prometiéndome que tratarían de ir a ver el templo en Acra. Mi amigo de Liberia me dijo que mi mensaje había sido inspirador y que le daba esperanza para el futuro.

Estaba contento de que el Espíritu del Señor hubiese confirmado mi mensaje. Puede que no siempre presenciemos el impacto de nuestras palabras, pero sé que la presentación que di en mi clase producirá frutos en el futuro. Espero que algunas de las personas de esa clase un día acepten el Evangelio y lleguen a ser instrumentos en las manos del Señor para divulgar el mensaje de la Restauración a todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos (véase D. y C. 133:37).

¿Cómo supo que tenía que venir?

Sherrie H. Gillett, Utah, EE. UU.

Cuando yo tenía treinta y tres años, mi marido falleció de un tumor cerebral. De repente pasé a ser una madre que criaba sola a nuestros tres hijos. Fue una época difícil de mi vida, pero el consejo del Señor de que “todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7) me dio el valor para seguir adelante.

Tiempo después, me volví a casar y me mudé a un barrio nuevo donde me llamaron como presidenta de la Sociedad de Socorro. Un día, mientras limpiaba la casa, tuve la clara impresión de visitar a una hermana menos activa que hacía poco había perdido a su marido. No le hice caso a ese sentimiento pensando que tenía otras cosas que hacer ese día. Me avergüenza decir que sentí la misma impresión dos veces más antes de que finalmente le hiciera caso.

Ya había oscurecido cuando llegué a la casa de la hermana esa noche. Toqué el timbre y esperé. Toqué la puerta con fuerza y esperé un poco más.

Cuando me di vuelta para irme, se encendió la luz de la entrada y la puerta se abrió lentamente. Con algo de inseguridad, la hermana asomó la cabeza por la abertura. Jamás olvidaré lo que me preguntó: “¿Cómo supo que tenía que venir?”. Me dijo que había pasado el día entero llorando y que sentía que sin su esposo no podía seguir adelante.

Esa noche conversamos por varias horas y, aunque no recuerdo mucho de lo que hablamos, sí recuerdo que le dije: “De veras sé por lo que está pasando”. Le aseguré que el tiempo estaba de su lado y que el Señor velaría por ella. Mientras hablábamos, me di cuenta de que el aspecto de congoja de su rostro había dado lugar a una expresión de paz.

Cuando terminamos de conversar le di un abrazo sincero. Me sentí muy agradecida de haber recibido la impresión de visitarla. Sabía que nuestro amoroso Padre Celestial me había permitido ayudarlo a socorrer a esa dulce hermana en su momento de necesidad.