Del campo misional

El milagro de sanar espiritualmente


El milagro de sanar espiritualmente

Un día, cuando mi compañera y yo fuimos a visitar a un converso reciente en Colombo, Brasil, su casa estaba llena de parientes. Había mucha gente, pero aun así nos invitaron a compartir un mensaje. Estábamos a punto de comenzar cuando entró el hermano del converso. No era miembro de la Iglesia, y no le agradaba nuestra visita. Parecía que procuraba contradecirnos por todos los medios.

Tenía un cuaderno con los nombres de todos los miembros de su congregación y sus enfermedades. Nos preguntó si creíamos en el don de sanar y le respondimos “por supuesto que creemos”. “Bueno”, prosiguió, “yo he sanado a todas las personas que están anotadas en este cuaderno. ¿A cuántas personas han sanado ustedes?”.

Intentamos explicar el sacerdocio, la fe y el hecho de que las cosas suceden de acuerdo con la voluntad de Dios, pero después de unos instantes, nos sentimos arrinconadas y atacadas.

Entonces, “en el momento preciso” (D. y C. 100:6) en que lo necesitábamos, el Espíritu nos susurró lo que debíamos decir. Le expliqué que aunque creíamos en el don de sanar, nuestra labor como misioneras de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días consistía en llevar sanación espiritual a las personas a quienes enseñábamos, sanación que solamente se obtiene al aceptar la expiación de Jesucristo mediante la fe, el arrepentimiento, el bautismo por inmersión, la recepción del don del Espíritu Santo y el perseverar hasta el fin.

De modo que, aunque creemos en la sanación física, explicamos, la sanación más importante es la espiritual. Ese tipo de sanación es la que presenciábamos a diario. De poco servía que las personas fueran sanadas físicamente si no se arrepentían y cambiaban su vida para seguir a Cristo.

A medida que el Espíritu nos guiaba para responder de una manera tranquila, la tensión en la habitación desapareció, el hermano dejó de intentar discutir y pudimos compartir nuestro mensaje.

Meses más tarde, después de terminar la misión, leí esta declaración en la revista Liahona, procedente del diario misional de John Tanner: “La conversión es el milagro más grande; es más grandioso aún que sanar a los enfermos o levantar a los muertos, pues, mientras que una persona que es sanada al fin caerá enferma nuevamente y por último morirá, el milagro de la conversión puede durar para siempre y tener trascendencia eterna tanto para el converso como para su posteridad; gracias a ese milagro, se sana y se redime de la muerte a generaciones enteras”1.

Me siento sumamente agradecida de que el Espíritu susurrara a dos misioneras en aprietos que recordaran que su propósito era el de salvar almas.

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    Nota

  1.   1.

    John Tanner, citado en Susan W. Tanner, “Cómo ayudar a los conversos nuevos a mantenerse fuertes”, Liahona, febrero de 2009, pág. 21.