Sabes lo suficiente

De un discurso pronunciado en la conferencia general de octubre de 2008.


Neil L. Andersen
Nuestra conversión llega paso a paso, línea por línea. Primero edificamos los cimientos de la fe en el Señor Jesucristo.

Hace más de cuarenta años, al contemplar los desafíos de servir en una misión, me sentí muy incapaz y sin preparación. Recuerdo que al orar decía: “Padre Celestial, ¿cómo puedo servir en una misión si tengo tan poco conocimiento?”. Creía en la Iglesia, pero sentía que mi conocimiento espiritual era muy limitado. Al orar, tuve este sentimiento: “No lo sabes todo, ¡pero sabes lo suficiente!”. Ese sentimiento tranquilizador me brindó el valor de dar el siguiente paso para ir a la misión.

Nuestra jornada espiritual es un proceso de toda la vida. No lo sabemos todo ni al principio ni tampoco al andar por el camino. Nuestra conversión llega paso a paso, línea por línea. Primero edificamos los cimientos de la fe en el Señor Jesucristo; atesoramos los principios y las ordenanzas del arrepentimiento, del bautismo y de la recepción del don del Espíritu Santo; después incluimos el compromiso continuo de orar, la disposición a ser obedientes y un testimonio constante del Libro de Mormón.

Entonces permanecemos firmes y pacientes a medida que avanzamos por la vida terrenal. En ocasiones, la respuesta del Señor será: “No lo sabes todo, pero sabes lo suficiente”, lo suficiente para guardar los mandamientos y hacer lo correcto. Recuerden las palabras de Nefi: “Sé que [Él] ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17).

Todos tenemos momentos de fortaleza espiritual, momentos de inspiración y de revelación. Debemos arraigarlos en lo más profundo del alma. Al hacerlo, preparamos nuestra reserva espiritual para los momentos de dificultades personales. Jesús dijo: “… proponed esto en vuestros corazones: que haréis lo que yo os enseñaré y os mandaré” (véase Traducción de José Smith, Lucas 14:28 [en Lucas 14:27, nota al pie b]).

Hace unos años, un amigo mío tuvo una hija que falleció en un trágico accidente. Se destrozaron esperanzas y sueños. Mi amigo sintió un pesar insoportable; comenzó a dudar de lo que se le había enseñado y de lo que él había enseñado como misionero. La madre de mi amigo me escribió una carta y me pidió que le diera una bendición. Al poner las manos sobre la cabeza de mi amigo, sentí que debía decirle algo que antes no había pensado exactamente en esa forma; la impresión que tuve fue: la fe no es sólo un sentimiento, es una decisión. Él tendría que elegir tener fe.

Mi amigo no lo sabía todo, pero sabía lo suficiente; eligió el camino de la fe y la obediencia; se puso de rodillas; recuperó su estabilidad espiritual.

Unos años después de que le di la bendición a mi amigo, recibí una carta de su hijo que se encontraba sirviendo en una misión. La carta estaba llena de convicción y testimonio. Al leer su hermosa carta, vi cómo la decisión de un padre de tener fe durante un momento muy difícil había bendecido grandemente a la siguiente generación.

Los desafíos, las dificultades, las preguntas y las dudas, todas forman parte de nuestra vida terrenal; pero no estamos solos. Como discípulos del Señor Jesucristo contamos con inmensos depósitos espirituales de luz y de verdad. El temor y la fe no pueden coexistir en nuestro corazón al mismo tiempo; en nuestros días difíciles, escogemos el camino de la fe. Jesús dijo: “…No temas, cree solamente” (Marcos 5:36).

A lo largo de los años damos estos importantes pasos espirituales una y otra vez. Comenzamos a ver que “el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz, y esa luz se hace más y más resplandeciente hasta el día perfecto” (D. y C. 50:24). Nuestras preguntas y dudas se resuelven o dejan de preocuparnos, nuestra fe llega a ser sencilla y pura, y llegamos a saber lo que ya sabíamos.