El poder de la oración


youth in front of Cebu City Philippines Temple
Algunos adolescentes de la isla de Cebú, Filipinas, hablan acerca de recibir respuestas a sus oraciones.

De las decenas de miles de islas que hay en la tierra, un grupo de 7.107 de ellas forma la nación isleña de las Filipinas, al sureste de Asia. Un dicho común en las Filipinas es que, si bien hay 7.107, eso sólo es cierto cuando hay marea baja. Cuando hay marea alta, la cantidad de islas desciende a 7.100, ya que algunas de ellas quedan sumergidas en el océano. ¿Cómo hacen los jovencitos y las jovencitas de las Filipinas para mantenerse a flote cuando se sienten abrumados? Acuden al Padre Celestial en oración.

Hay momentos de nuestra vida en los que quizá nos sintamos solos, pero si recordamos que nuestro Padre Celestial siempre está allí para nosotros, listo para escuchar y responder a nuestras oraciones, podemos confiar en ese hecho y sentir la esperanza y la seguridad que nos brinda ese conocimiento.

La oración da seguridad

Joselito B. cuenta que cuando tenía 12 años lo eligieron para participar en un concurso de contar cuentos. Su maestro le pidió que memorizara un texto de diez páginas que tendría que presentar frente a cientos de otros alumnos y maestros. Ésa puede ser una tarea sobrecogedora para cualquier persona, ni qué hablar de Joselito, que suele tener miedo escénico.

“Por eso, lo primero que hice fue ofrecer una oración y pedir ayuda”, dice Joselito. “En mi oración pedí que si llegaba a olvidarme de alguna parte del texto, al menos pudiera seguir adelante e inventar algunas líneas que quedaran bien con mi cuento. Después de orar, recordé mi pasaje favorito de la Biblia. Se encuentra en el Antiguo Testamento, en Proverbios 3:6, y dice: ‘Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas’”.

Aunque Joselito estaba nervioso, puso todo su empeño durante una semana entera para memorizar el texto; y oró mucho todos los días. Finalmente, llegó el día del concurso.

Durante la bienvenida con la que comenzó el concurso, Joselito seguía muy nervioso. “Pero mientras presentaba mi cuento me sentí bien”, dice. “Simplemente lo hice lo mejor que pude y sabía que Dios me ayudaría. Me sentía frustrado y cohibido por la gran cantidad de alumnos que había, pero Dios contestó mis oraciones”.

Joselito no sólo pudo recordar el texto de su cuento sino que además, su presentación fue tan buena que ganó el primer premio. Joselito dijo: “Cuando no tienes a nadie cerca para reconfortarte, la oración es la clave. Dios siempre está allí para ayudarte”.

La oración da fortaleza

Cuando era niño, Ken G., que creció en una familia Santo de los Últimos Días activa, nunca tuvo mucha dificultad para mantener sus normas bien elevadas; pero cuando empezó la escuela secundaria, las cosas se volvieron más difíciles y a veces Ken se sentía aislado de la buena influencia de su familia, sobre todo cuando estaba en la escuela.

“Estaba muy unido a mis amigos de la escuela secundaria a pesar de que ellos no eran miembros de la Iglesia”, dice Ken. “Aun así nos unían fuertes lazos. El problema fue que empezaron a hacer cosas que no estaban de acuerdo con las normas de nuestra Iglesia”.

En su casa, Ken nunca tenía problemas para escoger lo correcto; pero cuando llegaba a la escuela y su familia ya no estaba cerca para guiarlo, empezaba a tomar decisiones equivocadas. “Reconozco que hice cosas que no estaban de acuerdo con las normas de la Iglesia, así que siempre sentía que las lecciones de seminario hablaban de mí”.

Ése fue el momento en que Ken se dio cuenta de que quería cambiar, pero no sentía que fuera suficientemente fuerte para hacerlo solo. “Por lo tanto, decidí orar para que Dios me diera la fortaleza y la valentía para decir que no a mis amigos cuando hicieran cosas malas”, explica. “Y siento que Dios contestó mis oraciones. Empezó a resultarme más fácil decir que no cuando mis amigos me pedían que hiciera algo que no estaba bien o cuando me tentaban. Yo ya tenía el conocimiento y sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero por medio de la oración sentí que tenía el poder y el don para decir que no y hacer lo correcto”.

Ken dice que lo más importante que aprendió de esa experiencia fue que “la oración es una muestra de nuestra humildad, porque reconocemos que somos débiles y que sólo Dios puede ayudarnos a llegar a ser fuertes” (véase D. y C. 112:10).

La oración trae bendiciones

A veces necesitamos algo más que consuelo o fortaleza; a veces las bendiciones que necesitamos son más tangibles. Tania D. recuerda una de esas ocasiones. Su familia estaba pasando por una época de grandes dificultades económicas. “Era sábado por la tarde y sólo nos quedaban 40 pesos [aproximadamente un dólar estadounidense] para toda la semana. No teníamos nada para cenar ni teníamos carbón para el horno de la casa”, cuenta Tania. “Mi madre me dio una lista con todas las cosas que necesitábamos, pero se requerían 250 pesos para comprar todo. Lo primero que necesitábamos era carbón para cocinar la cena”. Tania sabía que el dinero no alcanzaba para todo. Entonces se dio cuenta de que no tendrían dinero para pagar el autobús para ir a la capilla al día siguiente. “Le dije a mi madre que no teníamos dinero suficiente para ir a la capilla; pero mi madre es muy fiel y sencillamente me dijo: ‘Dios proveerá’.

“Durante el trayecto hasta la tienda iba llorando porque no teníamos suficiente dinero para todo y no sabía qué hacer”, dice Tania. Al enrollar uno de los billetes de 20 pesos y colocárselo en el bolsillo, hizo lo único que se le ocurría que podría ayudar: ofrecer una oración. “Le pedí al Padre Celestial en oración que encontrásemos algún modo de satisfacer nuestras necesidades”.

Sin embargo, cuando llegó a la primera tienda, se encontró con que el precio del carbón había aumentado de 5 a 20 pesos. “Dudé en cuanto a si debía comprarlo o no”, cuenta Tania, “pero sentí que el Espíritu Santo me susurraba y me decía que lo comprara de todos modos, así que lo hice. Entonces me quedaron sólo 20 pesos y todavía tenía muchas cosas que comprar, entre ellas pañales para mi hermano y agua potable para beber. Entré en la siguiente tienda a comprar los alimentos para nuestra comida y todo era muy caro. Metí la mano en el bolsillo donde había colocado los 20 pesos y en el rollo había cinco billetes de 20 pesos. Empecé a llorar enfrente del dueño de la tienda.

“Al final pude comprar todo lo que necesitábamos”, dice Tania, “y tuvimos suficiente para pagar el viaje a la capilla al día siguiente. Cuando llegué a casa, fui a mi habitación y ofrecí una oración a Dios para darle gracias por la bendición que nos había dado. Sé que Dios realmente vive y que contesta nuestras oraciones, especialmente cuando más necesitamos de Él y ofrecemos una oración sincera. Él en verdad contestará esa oración”.

La oración nos mantiene cerca de nuestro Padre Celestial

Si bien podemos estar seguros de que nuestro Padre Celestial escucha y contesta nuestras súplicas, debemos recordar que nuestras oraciones no siempre reciben respuesta inmediata ni siempre se contestan del modo en que nosotros queremos. Nuestras oraciones se contestan de acuerdo con la voluntad de Dios y en Su tiempo.

Todos estos adolescentes de la isla filipina de Cebú han aprendido que tanto en los buenos como en los malos tiempos, ya sea que nos encontremos entre una multitud de personas o completamente solos, o que la marea sea alta o baja, nuestro Padre Celestial siempre está allí para ayudarnos; y si acudimos a Él en oración sincera, Él siempre está listo para bendecirnos.

Ver un video

Para ver un video de la historia de Tania (disponible en español, inglés y portugués), visita youth.lds.org y busca el video “Fe pura y sencilla” en Lema de la juventud 2012.

Una relación que atesoro

Presidente Thomas S. Monson

“No ha pasado ni un día sin que me comunique con mi Padre Celestial mediante la oración. Es una relación que atesoro y sin la cual estaría literalmente perdido. Si no tienen ese tipo de relación con su Padre Celestial, los insto a que trabajen para lograr esa meta. Al hacerlo, tendrán derecho a recibir Su inspiración y Su guía en la vida”.

Presidente Thomas S. Monson, “Permaneced en lugares santos”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 84.