La fuerza de nuestro legado

Tomado de un discurso pronunciado en una charla fogonera el 3 de agosto de 1980 en la Universidad Brigham Young. Para leer el texto completo en inglés, visite speeches.byu.edu.


L. Tom Perry
La fe de los pioneros es tan necesaria hoy como en cualquier otra época.

Siempre me han entusiasmado los relatos de los pioneros. Mi abuela era nuestra vecina cuando yo era pequeño. Cuando ella tenía ocho años ya había recorrido a pie la mayor parte del camino por las praderas. Recordaba suficientes experiencias pioneras para mantenerme fascinado durante horas cuando me sentaba a escucharla.

El presidente Brigham Young (1801–1877) siempre ha sido uno de mis héroes preferidos. Las respuestas que tenía para los problemas eran básicas y fundamentales, y beneficiaban a la gente. Me maravilla su espíritu y entusiasmo mientras conducía a los santos hacia el oeste.

Cuando resultó obvio que el costo de trasladar a los nuevos conversos de Europa a Utah sería prohibitivo, se propuso al presidente Young la idea de utilizar carros de mano para cruzar las llanuras. El presidente Young inmediatamente reconoció la ventaja de aquello, no sólo por el ahorro de los costos, sino también por el beneficio físico que significaría para la gente caminar desde tan lejos y llegar al valle del Lago Salado llenos de vigor y vitalidad después de ese tipo de experiencia. Él dijo:

“Confiamos en que ese tipo de caravanas viaje más rápido que cualquier caravana de bueyes que se ponga en marcha. Deberán tener algunas vacas buenas que proporcionen leche, y llevar algunas cabezas de ganado que puedan matar cuando sea necesario. De ese modo se evitará el gasto, el riesgo, la pérdida y la confusión de las yuntas, y los santos escaparán más eficazmente de las situaciones de penuria, angustia y muerte en las que con tanta frecuencia han perdido la vida tantos de nuestros hermanos.

“Proponemos que se envíen hombres de fe y experiencia, con instrucciones apropiadas, para que vayan a algún punto adecuado donde se les provea de lo necesario a fin de llevar a cabo las mencionadas sugerencias; por tanto, entiendan los santos que tengan intenciones de inmigrar el año entrante, que se espera que caminen y lleven consigo su equipaje a través de las llanuras, y que no recibirán la ayuda del fondo [Perpetuo para la Emigración] de ninguna otra manera”1.

Entre 1856 y 1860, unos cuantos miles de santos hicieron con éxito el trayecto de 2.090 km con carros de mano. El éxito del viaje se vio empañado únicamente por dos viajes funestos: los de las compañías de carros de mano de Willie y de Martin, quienes iniciaron sus marchas demasiado adentradas en el otoño para evitar las primeras nevadas invernales. Adviertan, una vez más, la genialidad del presidente Young. Dedicó toda la conferencia general de octubre de 1856 a organizar la campaña de socorro para auxiliar a aquellos afligidos santos, e indicó a los hermanos que no esperaran una semana ni un mes para partir. Él quería que para el lunes siguiente tuvieran listas varias yuntas de cuatro caballos para ir y aliviar el sufrimiento de los santos atrapados en la nieve. Y eso es exactamente lo que sucedió.

Los primeros grupos de socorro emprendieron el trayecto el lunes siguiente. La descripción de júbilo que sintió la compañía de Willie cuando recibieron al primer grupo de socorro hace aflorar la emoción. El capitán Willie había dejado al pequeño grupo y había ido con un solo acompañante en busca de la caravana de auxilio.

Cuenta la historia: “La tarde del tercer día después de la partida del capitán Willie, en el momento en el que el sol se ponía hermosamente detrás de las distantes colinas, en un promontorio, directamente al oeste de nuestro campamento, se divisaron varios carromatos cubiertos, cada uno tirado por cuatro caballos, que venían hacia nosotros. Las noticias se extendieron como la pólvora por el campamento y todos los que pudieron salir de sus lechos lo hicieron en masa para verlos. En pocos minutos se encontraban lo bastante cerca para ver a nuestro fiel capitán al frente, a poca distancia de la caravana. Gritos de alegría irrumpieron en el aire; hombres fuertes sollozaron hasta que las lágrimas corrían libremente por sus surcadas y bronceadas mejillas; los niños pequeños se unieron a un júbilo que la mayoría de ellos casi ni comprendía, y brincaron llenos de alegría. Se dio rienda suelta al regocijo general, y cuando los hermanos entraron en el campamento, las hermanas corrieron hacia ellos cubriéndolos de besos. Los hermanos estaban tan embargados por la emoción que por un tiempo no pudieron pronunciar palabra y, en un ahogado silencio, contuvieron toda demostración de… emociones… No obstante, pronto esos sentimientos se calmaron un poco y, ¡rara vez se han visto tantos apretones de mano, tantas palabras de bienvenida y tanto clamor por las bendiciones de Dios!”2.

Establecer familias fuertes

De esa robusta estirpe pionera han nacido tradiciones y un legado que forjaron familias fuertes que tanto han aportado al Oeste de los Estados Unidos y al resto del mundo.

Hace unos años me invitaron a un almuerzo patrocinado por una firma comercial que anunciaba la apertura de cuatro tiendas en las inmediaciones de Salt Lake City. Por tener experiencia en ese campo y, al estar sentado en la misma mesa que el presidente, le pregunté cómo tenía el valor suficiente para abrir cuatro tiendas al mismo tiempo en una zona donde el mercado era totalmente nuevo. Su respuesta fue más o menos lo que yo esperaba. Dijo que la firma había hecho un estudio demográfico de todas las zonas metropolitanas importantes de los Estados Unidos con el afán de descubrir cuál de ellas presentaba el potencial mayor para una tienda o almacén que atrajera a familias jóvenes. La región de Salt Lake, el destino de esos primeros pioneros, ocupó el primer lugar en toda la nación.

Como resultado de su estudio, la firma también descubrió que la fuerza laboral del área de Salt Lake se destaca por ser honrada y trabajadora. Como ven, el legado pionero aún se manifiesta en la tercera y cuarta generaciones de la región.

Sin embargo, me quedé asombrado con una estadística que llegó recientemente a mi escritorio. Decía que únicamente el siete por ciento de los niños que se crían actualmente en los Estados Unidos provienen de hogares tradicionales que constan de un padre que trabaja, una madre que se queda en el hogar y de uno o más hijos3. Todos los días vemos los efectos de la ruptura del hogar tradicional. Hay un alarmante aumento del número de esposas maltratadas, de niños maltratados física y sexualmente, del vandalismo en las escuelas, del porcentaje de delitos cometidos por adolescentes, de embarazos entre adolescentes solteras y de personas mayores que envejecen sin el consuelo de sus familiares.

Los profetas nos han advertido que el hogar es donde se salva a la sociedad4. El hogar apropiado, naturalmente, no se establece de manera automática cuando un jovencito y una jovencita se enamoran y se casan. Para que un matrimonio tenga éxito se necesitan las mismas virtudes que se enseñaron en los hogares pioneros: la fe, el valor, la disciplina y la dedicación. Al igual que los pioneros hicieron que el desierto floreciera como una rosa, así también nuestras vidas y familias florecerán si seguimos el ejemplo de ellos y adoptamos sus tradiciones. Sí, la fe de los pioneros es tan necesaria hoy como en cualquier otra época. Repito: tenemos que conocer ese legado; debemos enseñarlo; tenemos que estar orgullosos de él y debemos preservarlo.

¡Cuán bendecidos somos! ¡Qué responsabilidades conllevan nuestro conocimiento y nuestro entendimiento! Se dice que Arnold Palmer, un gran jugador estadounidense de golf, dijo lo siguiente: “Ganar no lo es todo, pero desearlo sí lo es”. ¡Qué gran frase!: “Desearlo sí lo es”.

Dios nos conceda el deseo de querer ganar el más grande de todos los dones que Él ha dado a Sus hijos: el don de la vida eterna. Dios nos bendiga para que comprendamos nuestro potencial; aprendamos, mejoremos y cultivemos un entendimiento de nuestro legado; y resolvamos preservar esos grandes dones que se nos han dado por ser Sus hijos. Doy mi testimonio solemne de que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que Su camino nos conducirá a la vida eterna.

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    Notas

  1.   1.

    Brigham Young, en B. H. Roberts, A Comprehensive History of the Church, tomo 4, pág. 85.

  2.   2.

    John Chislett, en A Comprehensive History of the Church, tomo 4, págs. 93–94.

  3.   3.

    Véase Population Reference Bureau, www.prb.org/Articles/2003/TraditionalFamiliesAccountforOnly7PercentofUSHouseholds.aspx. En 1980, cuando se pronunció este discurso, la cifra era del 13 por ciento.

  4.   4.

    Véase, por ejemplo, Thomas S. Monson, “Hogares celestiales, familias eternas”, Liahona, junio de 2006, págs. 66–71.