El testimonio de Thomas


“Yo, el Señor, os doy un testimonio de la verdad” (D. y C. 67:4).

Era la noche de hogar y todos tenían algo que hacer (la mamá dirigía; el papá daba la lección; los niños estaban encargados de la oración, la música y la actividad), salvo Thomas. Esa semana era su turno de compartir su testimonio y se sentía un poco avergonzado.

Thomas ya había compartido su testimonio antes, pero hacía mucho tiempo y no se acordaba muy bien de lo que tenía que decir. De modo que cuando terminó la primera canción y se hizo la oración, Thomas frunció el ceño.

“Es tu turno”, le recordó la mamá.

Thomas se asomó por la ventana y miró el árbol, deseando que de alguna manera le dijera lo que debía hacer.

El papá se sentó junto a Thomas y le preguntó qué le pasaba.

“No sé lo que es un testimonio”, dijo Thomas en voz baja.

“Bueno, yo te puedo ayudar”, le dijo el papá. “Es decirnos algunas de las cosas que sabes que son verdaderas, o cosas en las que crees. Podrías hablar sobre lo mucho que te gusta leer las Escrituras. Eso siempre te ayuda a sentir el Espíritu”.

Pero Thomas no se sentía preparado. Todos lo miraban, esperando que hiciera algo. Sacudió la cabeza. “No puedo; no sé lo que es”.

Su padre le dio una palmadita en el brazo. “Está bien; lo puedes hacer en otra ocasión”.

Más tarde, esa misma noche, Thomas se sentó en la cama con el Libro de Mormón. Su papá tenía razón; leer las Escrituras siempre lo hacía sentirse mejor. Trataba de leer un capítulo cada día, pero los capítulos empezaban a hacerse muy largos. Abrió las Escrituras en 1 Nefi 17.

“¡Éste es bien largo!”, susurró Thomas. Hizo una pequeña oración al Padre Celestial pidiendo ayuda. Luego se sorprendió de lo rápido que pasó el tiempo.

Justo antes de que Thomas apagara la luz, su papá entró para darle las buenas noches.

“¿Sabes qué, papá?”

“¿Qué, campeón?”

“No he leído las Escrituras en toda la semana porque los capítulos se estaban haciendo muy largos; pero esta noche quería hacerlo, así que hice una oración y el Padre Celestial me ayudó. Lo leí entero y me pareció como si hubieran sido cinco minutos. La oración es algo bueno”.

“Thomas, ¿sabes lo que acabas de decir?”, le preguntó el papá con una sonrisa. “¡Has compartido tu testimonio!”.

“¿De veras?”, preguntó Thomas. “¿Qué quieres decir?”.

“Cuando hablaste en cuanto a la oración y cómo te ayudó, ése es un testimonio de la oración”.

Thomas se quedó boquiabierto. Pensó en todas las veces que la gente le había enseñado sobre el testimonio. Se dio cuenta de que ¡sí había compartido un testimonio!

Thomas se sentía tan bien que quería echarse a reír. Le dio un abrazo a su papá.

“¡Lo hice!”, dijo Thomas. “Papá, ¿puedo compartir mi testimonio la semana próxima en la noche de hogar? Sé que no es mi turno, pero quiero hablar en cuanto a la oración”.

“Creo que es una idea genial”, le dijo el papá.

Cuando el papá salió de la habitación, Thomas pensó en todo lo que había sucedido ese día. Estaba agradecido por su familia, las Escrituras, la oración y muchas otras cosas. Pero en ese momento lo que más agradecía era su testimonio. Sabía compartirlo y lo que significaba.

Élder Robert D. Hales

“Cuando expresen su testimonio, se darán cuenta de que éste se fortalece”.

Élder Robert D. Hales, del Quórum de los Doce Apóstoles, “La importancia de recibir un testimonio personal”, Liahona, enero de 1995, pág. 25.