Hasta la próxima

Sin mancha del mundo


Me preguntaba por qué estaba en el templo para limpiar cuando nada estaba sucio; pero pronto me di cuenta de que realizar la limpieza no era el propósito.

Sin mancha del mundo

Hace años fui al Templo de Bountiful, Utah, para cumplir con la asignación de limpiar el templo por la noche. La cantidad de personas que se presentaron a limpiar fue asombrosa y por un momento me pregunté si mandarían a algunos a su casa. Yo estaba más que dispuesta a ofrecerme para irme temprano y pensé cínicamente: “Claro que no nos dejarán ir temprano; nos buscarán algo sin importancia para hacer pues pensarán que es su deber mantenernos aquí las dos horas completas”. Recordé una oportunidad anterior durante la cual había quitado el polvo de los muebles por una hora sólo para devolver el trapo tan limpio como me lo habían dado. Me preparé para pasar dos horas limpiando cosas que no parecían necesitar que se limpiaran. Obviamente, había ido al templo esa noche por un sentido de obligación más que por el deseo de servir.

Se condujo a nuestro grupo a una pequeña capilla para tener una breve reunión. El conserje que dirigía la reunión dijo algo que cambió para siempre la manera en que consideraré las asignaciones de limpieza del templo. Después de darnos la bienvenida, nos explicó que no estábamos allí para limpiar cosas que no necesitaban limpiarse, sino para evitar que la casa del Señor se ensuciara. Como encargados de uno de los lugares más sagrados sobre la tierra, teníamos la responsabilidad de mantenerlo sin mancha.

Su mensaje me tocó el corazón y fui al lugar que me habían asignado con un nuevo entusiasmo por proteger la casa del Señor. Pasé el tiempo limpiando con una brocha de cerda suave las pequeñas hendiduras de los marcos de las puertas, los zócalos, y las patas de las mesas y las sillas. Si me hubieran dado esa asignación en una visita anterior, tal vez hubiera pensado que era ridículo y habría cepillado las superficies con descuido con el fin de aparentar que estaba ocupada. Pero esta vez me aseguré de que la cerda penetrara hasta en las ranuras más pequeñas.

Ya que el trabajo no era ni física ni mentalmente pesado, tuve la bendición de poder meditar mientras lo hacía. En primer lugar me di cuenta de que nunca prestaba atención a detalles tan pequeños en mi propio hogar, sino que primero limpiaba las partes que verían las demás personas y descuidaba las que sólo veíamos mi familia y yo.

También me di cuenta de que hubo veces en las que había vivido el Evangelio de la misma manera: cumplía las asignaciones y vivía los principios que eran obvios para las personas que me rodeaban, mientras ignoraba los que eran visibles sólo para mi familia inmediata y para mí. Asistía a la Iglesia, tenía llamamientos, cumplía con mis asignaciones, hacía las visitas como maestra visitante; todo a la vista de los miembros del barrio, pero descuidaba el ir al templo con regularidad, la lectura de las Escrituras, la oración tanto familiar como personal y el llevar a cabo la noche de hogar. Daba lecciones y discursos en la Iglesia, pero a veces no había verdadera caridad en mi corazón al relacionarme con los demás.

Esa noche en el templo observé detenidamente la brocha que tenía en la mano y me pregunté: “¿Cuáles son las hendiduras de mi vida que necesitan mayor atención?”. Decidí que en lugar de dedicarme a limpiar constantemente las partes de mi vida que necesitaban atención, trataría de evitar que se ensuciaran.

Cada vez que se nos recuerda que debemos guardarnos “sin mancha del mundo” (Santiago 1:27) acude a mi mente la lección sobre la limpieza del templo.