Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


Mira la última página

Natalia Shcherbakova, Ucrania, según el relato de Pavlyna Ubyiko

Cuando me uní a la Iglesia, estaba ansiosa por trabajar en la obra de historia familiar. Comencé a visitar los archivos locales para buscar información de mis antepasados en los registros públicos.

Encontré que el trabajo era gratificante, pero no siempre fácil. La letra antigua con frecuencia era difícil de leer y algunos de los libros estaban llenos de humedad, lo cual afectaba mi asma. De todos modos, continué con la búsqueda lo mejor que pude.

Un día estaba buscando información de mi abuelo, tratando de encontrar su fecha de nacimiento. Encontré un libro de mil quinientas páginas que podría ser útil; pero, ¿y si no encontraba la respuesta que necesitaba? Detestaba la idea de tener que buscar en más libros grandes y llenos de polvo.

Empecé a echarle una ojeada al contenido del libro con la esperanza de encontrar algún nombre conocido. De repente, pensé que oí a alguien decir: “La última página”. Miré a mi alrededor, pero nadie parecía haberme hablado. Seguí adelante y revisé unas páginas más; entonces volví a escuchar las mismas palabras: “La última página”. Con un poco de vacilación, decidí mirar la última página. Encontré el texto que generalmente se encuentra allí: un resumen de los hijos que nacieron y el número total de páginas. Por si acaso, miré la página anterior, pero no encontré nada útil, así que volví a la página que había estado leyendo antes.

Muy pronto una voz suave pero persistente volvió a interrumpir mis pensamientos: “¡La última página!”. Decidí tratar de nuevo la última página y leí el texto, que ya me era familiar, varias veces.

Entonces noté algo que se me había pasado por alto: había una página más pegada a la tapa de atrás del libro. Al leer las palabras escritas a mano en la página, vi los nombres de niños que habían nacido a fines de diciembre. Allí reconocí el nombre de mi abuelo y vi que decía la fecha y el lugar de su nacimiento y de su bautismo. Estaba asombradísima pero llena de gratitud de que se me hubiese guiado a la información que necesitaba.

La historia familiar puede ser difícil a veces, pero sé que Dios nos guía y nos ayuda en nuestro empeño.

Escogí la buena parte

Jeanette Mahaffey, Misuri, EE. UU.

A medida que me preparaba para la boda de mi hija, mi mente estaba tan ocupada con los planes de la boda que rara vez pensaba en otra cosa que no fuera la lista de lo que tenía que hacer. Una mañana miré la larga lista de tareas. Iba avanzando, pero todavía me faltaba hacer una limpieza profunda. Había estado postergando limpiar las persianas de la cocina, por lo que decidí emprender esa tarea.

Cuando me subí al mueble de la cocina con los trapos, cepillos y el limpiador, me di cuenta de que iba a ser una tarea muy sucia. A medida que trabajaba, comencé a pensar en la historia de Marta y de María, las hermanas que habían recibido al Salvador en su casa. Mientras Marta “se preocupaba con muchos quehaceres”, María, “sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra”. Marta le pidió a Jesús que le dijera a su hermana que la ayudara con los quehaceres, pero el Salvador le dijo que “María [había] escogido la buena parte” (véase Lucas 10:38–42).

“Hoy tendré que ser Marta”, pensé. La verdad es que había sido Marta durante varias semanas, “preocupada” con quehaceres mundanos y preparativos para la boda.

Mi mente divagó otra vez; traté de recordar la última vez que se habían limpiado las persianas tan a fondo. Pensé en las dos jovencitas que habían venido a ayudarme a preparar una reunión en mi casa dos años antes. Entre las dos habían limpiado la cocina de arriba a abajo, incluso las persianas. Ese recuerdo me hizo pensar en la madre de ellas, una vieja amiga con quien no había hablado en años.

En ese momento levanté el teléfono y marqué su número para contarle de la boda de mi hija. No esperaba que contestara, pues era maestra; sin embargo, había llamado justo durante su hora de planificación. Pasamos la siguiente hora riendo, llorando y hablando. Recientemente ella había pasado por un difícil divorcio, y se sentía sola y abandonada. Al hablar, nuestros espíritus se elevaron y nuestros corazones se consolaron.

Me maravilló la forma en que el Señor trabajó por medio de mí aun cuando estaba haciendo algo tan mundano como limpiar persianas. Me maravilló aún más la verdad de que nos conoce y nos ama lo suficiente para enviar la ayuda necesaria a la hora y en el momento en que la precisamos.

Esa noche sonreí cuando puse una marca en mi lista junto a “limpiar las persianas de la cocina”. Aunque sentí satisfacción por haber completado la tarea, tuve un mayor sentimiento de gratitud por saber que había sido un instrumento en las manos del Señor. Él me había mostrado que yo podía ser María, que escogió la “buena parte”, al mismo tiempo que era Marta, “preocupada” con mis quehaceres.

El pasaje de Escrituras correcto en el momento indicado

Allen Hunsaker, Arizona, EE. UU.

Cuando me desempeñaba como capellán auxiliar en el sistema de cárceles del condado de Maricopa, Arizona, EE. UU., visitaba a los detenidos que solicitaban un capellán Santo de los Últimos Días y compartía con ellos un pasaje de las Escrituras y una oración. En una ocasión, una jovencita pidió que se la visitara.

Fui a la sección de la cárcel donde se encontraba y que estaba detrás de varias puertas cerradas con llave. El área de recepción tenía dos mesas estilo cafetería con un banco de cada lado y un escritorio donde había un guardia. Le di al guardia la solicitud, me senté en uno de los bancos y esperé a la joven.

Cuando ella entró al área de recepción, me levanté, la saludé y le sugerí que nos sentáramos a la mesa. Se veía triste y desarreglada, y estaba al borde de las lágrimas. Mientras me hablaba de su situación, consideré qué pasaje de las Escrituras compartir con ella. Escuché atentamente sus inquietudes y, tras revelar las dificultades que había tenido a raíz de varias conductas compulsivas y malas decisiones, me vino a la mente el pasaje de las Escrituras perfecto para ayudarla: Mosíah 3:19.

Abrí el Libro de Mormón en Mosíah 3:19, se lo puse enfrente y le pedí que leyera. Al principio parecía estar un poco contrariada, y empezó a leer con una voz rápida y monótona que parecía expresar molestia por habérsele pedido que leyera un pasaje. Cuando terminó la primera frase, “Porque el hombre natural es enemigo de Dios”, la interrumpí para explicarle el significado de “el hombre natural”. Cuando entendió a lo que se refería, continuó leyendo. Su voz empezó a cambiar de tono gradualmente y leía más despacio a medida que las palabras empezaban a cobrar sentido para ella.

Al comenzar a leer la lista de atributos de un “santo” que son característicos de un niño, bajó aún más la velocidad, y me pude dar cuenta de que estaba absorbiendo el significado de cada atributo detallado en el versículo. Cuando leyó “sumiso, manso, humilde, paciente”, empecé a sentir la influencia del Espíritu a nuestro alrededor. Cuando leyó las palabras “lleno de amor y dispuesto a someterse”, fui testigo de un cambio en ella. Su rostro se iluminó, y su actitud, tono de voz y porte en general parecían haber sido afectados por el Espíritu. Pude ver esperanza conforme el Espíritu le enseñaba lo que esas palabras significaban para ella y la forma en que debía hacer los cambios descritos en el pasaje.

Hice una oración y luego estreché la mano de la jovencita afectuosamente. Salí de la cárcel con un elevado nivel espiritual. Nunca antes había visto un efecto tan inmediato, poderoso y magnífico como resultado de las Escrituras. Conocía el versículo en Mosíah 3:19 porque lo había visto con frecuencia durante mi lectura de las Escrituras, pero nunca antes había entendido la profundidad del impacto que podía llegar a tener en alguien.

No has ayunado

Ketty Constant, Guadalupe

En 1998 disfrutaba de ser una madre joven, pero un día, me entró el pánico cuando me di cuenta de que mi hijo de seis meses silbaba al respirar y no podía tragar nada. El doctor inmediatamente le diagnosticó bronquiolitis, que es una inflamación de las vías respiratorias pequeñas de los pulmones, generalmente causada por una infección viral; le recetó medicamentos y fisioterapia.

Las visitas al fisioterapeuta fueron una prueba para mi hijo y para mí. A mi hijo le incomodaba que lo movieran en toda dirección y a mí me preocupaba que la terapia le estuviera causando dolor. Sin embargo, me armé de valor cuando el terapeuta me explicó los beneficios de la terapia.

A pesar del tratamiento médico y de la terapia, la condición de mi hijo no mejoraba. Comía poco y no dejaba de silbar. El médico recetó cinco sesiones más con el fisioterapeuta además de las diez a las que ya había asistido.

Mientras esperaba durante la sesión número trece, leí un artículo que estaba en la cartelera de la oficina del médico, cuyo título era “La bronquiolitis mata”. Al leerlo, me di cuenta de que mi hijo podía morir. Sentí como si mi corazón estuviera en una prensa. Al final de la sesión, el terapeuta me dijo que la condición de mi hijo no estaba mejorando. No sé cómo llegué a casa a salvo, porque las lágrimas me empañaban la visión.

Llamé a mi esposo y comencé a orar. Le dije a mi Padre Celestial que si era Su voluntad llevarse a mi hijo, tendría que darme la fuerza para resistirlo.

Tras haber orado me pregunté qué podíamos hacer además de las oraciones que habíamos hecho y las bendiciones del sacerdocio que había recibido nuestro hijo. Dirigí la vista hacia el estante y vi un ejemplar de la revista Liahona (que en ese entonces se llamaba L‘Étoile). Lo abrí al azar, en busca de ayuda, y encontré un artículo intitulado “Ayuné por mi bebé”. Entonces escuché claramente una voz que me dijo: “No has ayunado por tu hijo”.

Realmente no lo había hecho, así que inmediatamente comencé a ayunar por él. Durante la sesión de terapia al día siguiente, yo todavía estaba en ayunas. Tras examinar a mi hijo, el terapeuta quedó sorprendido.

“Señora”, me dijo, “su hijo está bien. No lo entiendo, pero ya no necesita más sesiones”.

No pude contener las lágrimas de gozo. Cuando llegué a casa, me arrodillé para darle gracias a Dios por Su misericordia y Su amor. Llamé a mi esposo para darle la buena noticia y entonces terminé el ayuno llena de paz, sin dudar de la intervención del Señor.

Mi hijo fue sanado gracias a la fe, la oración, las bendiciones del sacerdocio y el ayuno. No tengo duda de que mi Padre Celestial me ama y de que también ama a mi hijo. Estoy segura de que seguirá ayudándonos a superar las dificultades que se nos presenten.