El ejemplo de mi madre


Metí de golpe el plato en la lavadora de platos y me puse a llorar, frustrada.

“Erin, puedes ir a la fiesta en la piscina”, me dijo mi padre. “Puedes tomarte un descanso”.

“¡No se trata de eso!”, grité al salir corriendo de la habitación.

Mi berrinche no se debía a la fiesta en la piscina de Adriane. Mi madre y mi hermana menor, Abby, tenían pulmonía. Mi padre y yo habíamos pasado la última semana cuidándolas y tratando de lograr que la casa siguiera funcionando con normalidad, lo cual significaba cocinar, limpiar, hacer las compras, lavar la ropa y llevar a mis otras dos hermanas de un lado a otro en el auto.

Todo eso encubría mis constantes preocupaciones y temores. Estaba preocupada por mi familia y nerviosa porque pronto me iría de casa para ir a la universidad. Por eso me mantenía ocupada y trataba de ignorar mis temores. Incluso había planeado no ir a la fiesta de Adriane, pero estaba cansada y la idea de pasar una noche sin preocupaciones con amigos en la piscina, llevó mis emociones al extremo. Exploté y descargué mi frustración en mi padre.

Lloré un rato en mi habitación. Luego, sintiéndome culpable, subí para ver si mi mamá o Abby necesitaban algo. Encontré a mi madre dándole el medicamento a mi hermana, que estaba colorada a causa de la fiebre. Mi madre apenas podía respirar y llevaba días postrada en la cama. Mi papá y yo le insistimos que se volviera a acostar; le dijimos que nosotros podíamos cuidar de Abby, pero ella no quiso hacernos caso.

“Estoy bien. Ustedes dos tienen que dormir”, nos dijo. “Abby me necesita”.

Me esforcé por no llorar mientras observaba a mi madre consolar a mi hermana de diez años. Le controló la temperatura, la ayudó a acostarse y luego se metió en la cama con ella y le sostuvo el tembloroso cuerpo. Abby dejó de quejarse y se calmó al estar bajo la protección de mi madre.

Mi madre estaba más enferma que nunca; a causa de la pulmonía finalmente fue internada en el hospital por varios días. Pero a pesar de eso, en medio de su prueba, se olvidó de sí misma. En vez de quejarse por su enfermedad, encontró la manera de calmar el dolor de su hija.

Yo había planeado ser la mártir aquella noche al quedarme en casa para ayudar, pero en vez de ello, me sentí avergonzada por perder los estribos, y me sentí humilde por las acciones de mi madre. Al observarla, me di cuenta de que ella haría cualquier cosa por ayudarnos a mis hermanas y a mí.

Sentí su amor aquella noche y deseé seguir su ejemplo. Tomé la decisión de demostrar a las personas que amo que voy a estar a su disposición cuando me necesiten, sin importar el sacrificio personal que ello requiera.