Nuestro hogar, nuestra familia

Desastres naturales: No tenemos que temer


Stanley G. Ellis
A medida que busquemos la guía del Padre Celestial, el Espíritu Santo nos ayudará a prepararnos para los desastres naturales, a soportarlos y a recuperarnos de ellos.

Desastres naturales

Los últimos días se caracterizarán por muchas calamidades y por el aumento de la maldad en el mundo. Ante esas amenazas, el Señor y Sus profetas nos han dado consejos en cuanto a la forma de ser rectos y evitar los tropiezos espirituales y la maldad. No obstante, los desastres, tales como los huracanes, terremotos y maremotos, parecen azotar al azar y asolar al justo así como al injusto. Esas calamidades atemorizan a la mayoría de nosotros, pero me he dado cuenta de que no tenemos que temer los desastres. Cuando estamos firmemente arraigados en el Evangelio y cuando estamos preparados, podemos hacer frente a cualquier tormenta.

Antes de la tormenta: Hagan de la preparación una prioridad familiar

En septiembre de 2005 yo era Setenta de Área y prestaba servicio en el Área Norteamérica Sudoeste, que incluía partes de Estados Unidos como Houston, Texas. Nos enteramos de que el huracán Rita, el ciclón más intenso registrado en la historia que se había observado en el Golfo de México, se dirigía hacia nosotros. Se me pidió que supervisara las medidas que la Iglesia tomaría ante la emergencia en esa región. Teníamos conferencias telefónicas a diario con líderes del sacerdocio, presidentes de estaca, presidentes de misión, representantes de bienestar y de ayuda humanitaria de la Iglesia y con líderes de respuesta ante emergencias. Hablamos de todo tipo de cosas: si el almacén del obispo estaba en condiciones, a dónde podía ir la gente si tenían que evacuarla y cuál era la mejor manera de coordinar los esfuerzos de recuperación después de la tormenta. Las medidas que la Iglesia tomó fueron bien coordinadas, y fue una experiencia inspiradora.

Uno de los presidentes de estaca de la zona había recibido la impresión ocho o nueve meses antes de la tormenta de instar a los miembros de la estaca a prepararse. Indicó que no pretendía ser un profeta, pero que la inspiración del Espíritu había sido muy clara. Los miembros de la estaca siguieron las estrategias básicas de preparación que la Iglesia sugiere. Cuando azotó el huracán, ninguno de los miembros de la estaca perdió la vida. Es más, debido a que los miembros de la estaca habían reunido los suministros necesarios y tenían un plan establecido, sus circunstancias fueron mucho mejores de lo que podrían haber sido de lo contrario. Habían prestado atención a la advertencia del Espíritu.

Una situación similar nos ocurrió a mi familia y a mí. Unos tres meses antes de la tormenta, recibimos la impresión de hacer que inspeccionaran nuestro generador. Muchas personas de esa región tienen pequeños generadores para que, cuando lleguen las tormentas y se corte la electricidad, puedan tener energía eléctrica para guardar la comida en los refrigeradores y congeladores y evitar que se eche a perder. Cuando fueron a inspeccionar nuestro generador, descubrimos que no funcionaba. Pudimos arreglarlo antes de que llegara la tormenta. Nuestra familia, los miembros de nuestro barrio y los vecinos usaron nuestro generador después del huracán. Resultó ser una gran bendición el haberlo arreglado.

Este principio de preparación se aplica tanto a las personas individualmente como a las familias. Padres, ustedes pueden ejercer un poderoso impacto en la familia cuando dan participación a los hijos en la preparación y en las oraciones familiares para pedir la guía del Señor. En otras palabras, cuando su familia considere su preparación, la pregunta “¿qué debemos hacer?” debe ser una parte importante de la oración familiar. También pueden hablar de esos temas y compartir ideas al respecto durante la noche de hogar; luego, pongan esos planes en acción.

Más aun, lo mejor que pueden hacer los padres es vivir según estas enseñanzas. Alguien dijo una vez que los valores se “perciben” no se “enseñan”; descubrí que eso es verdad. A medida que los hijos ven a sus padres buscar y seguir la guía del Espíritu, aprenden cómo funciona el proceso de la revelación.

Durante la tormenta: Actúen según la revelación que reciban para su familia

Al acercarse la tormenta, la pregunta principal que nos hacíamos era si la gente debía o no evacuar la zona. El Espíritu me indujo a que no hiciera una recomendación general para toda el área, sino que le pidiera a cada líder de estaca, a cada obispado y a cada familia que considerara en oración la situación y recibiera su propia inspiración en cuanto a qué hacer. A medida que se desarrollaban los acontecimientos, era evidente que el Espíritu sabía lo que era mejor para cada familia.

Los líderes de una estaca, por ejemplo, sabían que estaban en la trayectoria del huracán y aconsejaron a los miembros que evacuaran sus hogares. El presidente de la estaca y su esposa se alojaron en la casa de la hermana del presidente. Después, el huracán cambió de dirección y se dirigió hacia ellos una vez más; ¡se habían trasladado directamente al medio de la tormenta!

Quizás piensen: “¿Qué clase de inspiración es ésa?”. Pero tengan en cuenta lo que ocurrió. Ese presidente de estaca y su esposa sabían preparar la casa para un huracán, pero su hermana no. Pudieron ayudar a sus familiares a prepararse para la tormenta, y cuando llegó, el daño fue mínimo en comparación con lo que hubiese sido de otro modo. El Señor los había guiado para hacer lo que era mejor.

En el caso de nuestra familia, sentimos que no debíamos desalojar nuestro hogar, así que nos quedamos. No sólo sobrevivimos la tormenta a salvo, sino que pudimos ayudar a otras personas de la región. Algunos de nuestros hijos casados tuvieron la impresión de irse, y así lo hicieron. El prestar atención al Espíritu bendijo a cada familia, barrio y estaca.

Después de la tormenta: Permitan que el Evangelio quite el pesar

Algunas veces, personas buenas sufren durante las calamidades. El Señor no elimina el sufrimiento; es parte del plan. Por ejemplo, un tornado recientemente destruyó un centro de estaca en el centro de los Estados Unidos. Ese tornado también destruyó la casa del presidente de estaca. Él y su familia perdieron todas sus posesiones materiales. Sin embargo, eso es todo lo que eran: posesiones materiales. La pérdida fue triste, pero no fue un desastre de daños eternos. En ocasiones, lo que consideramos importante realmente no lo es para nada. Comprender eso no es necesariamente fácil de aceptar, pero es verdad; y entenderlo proporciona tranquilidad.

Lo peor que puede pasar en uno de esos desastres es que alguien pierda la vida. Es algo muy triste. Pero como conocemos la verdad, sabemos que incluso esa pérdida es parte del plan del Padre Celestial. Sabemos de lo que realmente se trata la vida; sabemos por qué estamos aquí y a dónde vamos. Gracias a esa perspectiva eterna, el dolor se puede aliviar. El conocimiento del plan de salvación elimina el aguijón de la muerte (véase 1 Corintios 15:55).

Hace mucho tiempo, Sadrac, Mesac y Abed-nego no sabían lo que iba a suceder cuando los echaron al horno de fuego ardiente por negarse a adorar a dioses falsos. Ellos le dijeron al rey: “…nuestro Dios… puede librarnos… Y si no… [aun así] no serviremos a tus dioses” (Daniel 3:17–18).

De la misma manera, muchos pioneros de la Iglesia restaurada estuvieron dispuestos a tratar de cruzar las planicies de Norteamérica a mediados del siglo veinte, aun cuando existía la posibilidad de morir en el camino. En el Libro de Mormón se describe que se dio muerte a personas buenas, y se enseña que “son [benditas], porque han ido a morar con su Dios” (Alma 24:22).

En cada caso, las personas afrontaron la muerte con fe. Para ellas, debido a la paz que trae el Evangelio, se quitó el aguijón de la muerte. Aunque es doloroso perder a alguien que se ama y a pesar de que la mayoría de nosotros no quiere morir porque tenemos tantas cosas maravillosas por las que vivir, el hecho es que todos moriremos en algún momento. Cuando se conoce el plan del Evangelio, se sabe que la muerte no es el fin del mundo. Seguiremos existiendo, y las relaciones familiares pueden continuar aún después de que la tumba haya reclamado nuestros cuerpos mortales. En el orden del universo, la muerte no es eternamente devastadora. Como enseñó el élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles: “Vivimos para morir, y morimos para vivir nuevamente. Desde una perspectiva eterna, la única muerte que es realmente prematura es la muerte de alguien que no está preparado para comparecer ante Dios”1. Parte de la paz que nos brinda el Evangelio es una perspectiva eterna.

El Señor nos conoce; el Señor nos ama; y el Señor quiere ayudarnos. Vendrán calamidades, pero no tenemos que tenerles miedo. Si estamos dispuestos a recibir guía y pedimos Su orientación, el Señor, por medio del Espíritu Santo, nos ayudará a prepararnos para los desastres naturales, a soportarlos y a recuperarnos de ellos.

¿Quieren hablar con sus hijos acerca de dar y de recibir consuelo durante los desastres? Vea los testimonios inspiradores de dos jóvenes sobrevivientes en las páginas 60–61 de este ejemplar.

Mostrar referencias

    Nota

  1.   1.

    Russell M. Nelson, “Afrontar el futuro con fe”, Liahona, mayo de 2011, págs. 34–36.