Cómo viven los discípulos de Cristo en tiempos de guerra y violencia


Los principios que contiene el Libro de Mormón nos ayudan a vivir con fe y esperanza en tiempos difíciles.

Vivimos en una época en la que prevalecen la guerra y la violencia; los medios de comunicación nos informan diariamente sobre estos terribles acontecimientos. El profeta del Señor, el presidente Thomas S. Monson, dijo: “Hemos venido a la tierra en tiempos difíciles”1; y reafirma lo que dijo el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008): “Vivimos en una época en que los hombres violentos hacen cosas terribles e infames; vivimos en una época de guerra…”2.

A pesar de lo preocupante que es, esto no debe sorprendernos. Las Escrituras nos enseñan que, en los últimos días, Satanás va “a hacer la guerra” (Apocalipsis 12:17) contra los fieles y “la paz será quitada de la tierra” (D. y C. 1:35).

Dios previó nuestros días y llamó al profeta José Smith para sacar a luz el Libro de Mormón a fin de ayudarnos (véase D. y C. 1:17, 29; 45:26). De los 239 capítulos que contiene el Libro de Mormón, 174 (el 73%) tocan temas de guerra, terrorismo, asesinatos, conspiraciones políticas, combinaciones secretas, amenazas, contenciones familiares y otras hostilidades.

¿Por qué preservaron tantos relatos de guerras los que llevaron los registros del Libro de Mormón? El presidente Ezra Taft Benson (1899–1994) respondió a esta pregunta de la siguiente manera: “Del Libro de Mormón aprendemos cómo viven los discípulos de Cristo en tiempos de guerra”3. A continuación, hay algunas ideas para guiarnos al vivir en tiempos turbulentos.

La obediencia invita la liberación

En el Libro de Mormón se lee que muchas veces el Señor liberó a Sus discípulos cuando éstos obedecían Sus mandamientos4. Nefi enseñó que “las entrañables misericordias del Señor se extienden sobre todos aquellos que, a causa de su fe, él ha escogido, para fortalecerlos, sí, hasta tener el poder de librarse” (1 Nefi 1:20). Luego, Nefi dejó constancia de cómo el Señor libró a su padre de la gente que intentaba matarlo, libró a su familia de la destrucción de Jerusalén, lo libró a él y a sus hermanos del intento de asesinato de Labán y lo libró a él cuando Lamán y Lemuel recurrieron a la violencia (véase 1 Nefi 2:1–3; 3:28–30; 4; 7:16–19; 18:9–23).

Alma dijo esto a su hijo Shiblón: “…quisiera que recordaras que en proporción a tu confianza en Dios, serás librado de tus tribulaciones, y tus dificultades, y tus aflicciones” (Alma 38:5). Y Mormón observó que “aquellos que fueron fieles en guardar los mandamientos del Señor fueron librados en toda ocasión” (Alma 50:22). El élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles, reafirmó este principio cuando dijo: “La obediencia permite que las bendiciones de Dios fluyan sin restricciones. Él bendecirá a Sus hijos obedientes con la liberación del cautiverio y del sufrimiento”5.

El Libro de Mormón también demuestra que incluso unas pocas personas rectas pueden asegurar la paz y la seguridad de una ciudad entera (véase Helamán 13:12–14).

La guerra puede ser un llamado al arrepentimiento

Cuando olvidamos a Dios, Él nos reclama. Al principio, emplea métodos misericordiosos, como impresiones personales y a los profetas; pero si no respondemos, intensifica Sus esfuerzos y, a veces, permite que haya guerras y violencia como Su último recurso para ayudarnos a regresar a Él6.

Mormón dijo: “Y así vemos que excepto que el Señor castigue a su pueblo con muchas aflicciones, sí, a menos que lo visite con muerte y con terror, y con hambre y con toda clase de pestilencias, no se acuerda de él” (Helamán 12:3). La guerra es un recordatorio para arrepentirse y volver a Dios.

Dios proporciona alivio durante la guerra

Cuando los discípulos de Dios se ven obligados a sufrir los efectos de la guerra, Él les proporciona alivio. Cuando Alma y sus seguidores fueron tomados cautivos, inmediatamente se volvieron al Señor (véase Mosíah 23:27–28), y Él sin demora respondió: “Y también aliviaré las cargas que pongan sobre vuestros hombros, de manera que no podréis sentirlas sobre vuestras espaldas, mientras estéis en servidumbre… para que sepáis de seguro que yo, el Señor Dios, visito a mi pueblo en sus aflicciones” (Mosíah 24:14).

Jacob dijo lo siguiente a los puros de corazón de su época: “Confiad en Dios con mentes firmes, y orad a él con suma fe, y él os consolará en vuestras aflicciones, y abogará por vuestra causa, y hará que la justicia descienda sobre los que buscan vuestra destrucción” (Jacob 3:1).

Los profetas de nuestros días confirman esa verdad. El élder Joseph B. Wirthlin (1917–2008) , del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “…aun cuando [Dios] no siempre intervenga en el curso de los acontecimientos, Él ha prometido paz a los fieles, incluso en sus pruebas y tribulaciones”7.

Y el presidente Benson dijo: “Aun cuando los tiempos se vuelvan peligrosos… si sólo ponemos nuestra confianza en Dios y guardamos Sus mandamientos, no tenemos por qué temer”8.

A algunos se los llama a ser un testimonio contra la iniquidad

Mientras que los discípulos de Cristo pueden ser librados de la guerra, a algunos se los llama a sufrir o morir para que sean un testimonio contra los inicuos. Ésta es una dura realidad que no es fácil de aceptar o entender. El élder Neal A. Maxwell (1926–2004), del Quórum de los Doce Apóstoles, nos hizo recordar que “el fiel tampoco estará completamente inmune contra los acontecimientos de este planeta”9. El presidente Hinckley reconoció el hecho de que algunos de nosotros “tal vez… seamos llamados a sufrir”10.

En el Libro de Mormón se han preservado algunos episodios de abuso y salvajismo inhumanos que nos ayudan a comprender por qué los discípulos del Señor, incluso profetas así como mujeres y niños inocentes, a veces sufren y mueren en la guerra. Por ejemplo, los malvados sacerdotes del rey Noé ataron al profeta Abinadí “y torturaron su carne con brasas, sí, hasta la muerte”. Antes de morir, Abinadí testificó: “…si me matas, derramarás sangre inocente, y esto también quedará como testimonio en contra de ti en el postrer día” (Mosíah 17:10, 13).

En otro caso de tortura y asesinato que se relata en el Libro de Mormón, los abogados y jueces perversos de Ammoníah quemaron a las esposas y a los hijos de los conversos; Alma y Amulek fueron llevados al lugar del martirio y se los obligó a presenciar la despiadada masacre.

“Y cuando Amulek vio los dolores de las mujeres y los niños que se consumían en la hoguera, se condolió también, y dijo a Alma: ¿Cómo podemos presenciar esta horrible escena? Extendamos, pues, nuestras manos y ejerzamos el poder de Dios que está en nosotros, y salvémoslos de las llamas”.

Alma le respondió: “El Espíritu me impide extender la mano; pues he aquí, el Señor los recibe para sí mismo en gloria; y él permite que el pueblo les haga esto, según la dureza de sus corazones, para que los juicios que en su ira envíe sobre ellos sean justos; y la sangre del inocente será un testimonio en su contra, sí, y clamará fuertemente contra ellos en el postrer día” (Alma 14:10–11).

Los justos que mueren en la guerra entran en el reposo del Señor

Mientras lloramos por la pérdida de seres queridos que han sido fieles, en el Libro de Mormón se nos asegura que ellos han entrado en el reposo del Señor y que son felices. Moroni hace este profundo comentario: “…porque el Señor permite que los justos sean muertos para que su justicia y juicios sobrevengan a los malos. Por tanto, no debéis suponer que se pierden los justos porque los matan; mas he aquí, entran en el reposo del Señor su Dios” (Alma 60:13).

Después de una batalla que dejó “los cuerpos de muchos miles… consumiéndose en montones sobre la superficie de la tierra”, incluso a algunos fieles discípulos de Cristo, el Libro de Mormón da constancia de que los sobrevivientes “lamentan por cierto la pérdida de sus parientes; no obstante, se regocijan y se alegran en la esperanza, y aun saben, según las promesas del Señor, que serán levantados para morar a la diestra de Dios, en un estado de felicidad perpetua” (Alma 28:11–12).

El Príncipe de Paz

El Libro de Mormón fue sacado a luz para bendecir a los que viven en tiempos de guerra y de violencia. Los acontecimientos y las enseñanzas que se han registrado en él hacen énfasis en la esperanza, brindan consuelo y proporcionan una perspectiva divina. Aprendemos que la obediencia a Dios libera a muchas personas, que la guerra puede ser un llamado para volver a Él, y que Él concede alivio a Sus discípulos a quienes se les requiere sufrir. También aprendemos que los justos que son llamados a morir en medio de la guerra o la violencia serán un testimonio contra los malvados y entrarán en el reposo del Señor.

En última instancia, el Libro de Mormón nos enseña cómo pueden los discípulos de Cristo tener paz en el corazón, en su hogar y en las naciones. Es el instrumento supremo para llevarnos a Jesucristo, el Príncipe de Paz.

Dios nos protegerá

Presidente Gordon B. Hinckley

“Dios estará con nosotros, velará por nosotros y nos protegerá… si somos honrados, fieles y obedientes y si prestamos atención a Su palabra”.

Presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008), “God Will Protect Us in These Perilous Times”, Church News, 22 de febrero de 2003, pág. 3.

¿Por qué existen la guerra y la violencia?

El Libro de Mormón testifica con absoluta claridad que la iniquidad engendra la guerra. Ya sea que personas inicuas procuren obtener poder sobre los demás o que el pueblo en general permita que la maldad abunde sin control, el resultado es la guerra, los conflictos y la violencia.

Cuando las personas inicuas procuran poder

Amlici perdió una elección contenciosa, pero legítima; sin embargo, no quiso renunciar a su deseo de reinar sobre el pueblo y convenció a sus simpatizantes de que lo coronaran rey de todas maneras. Entonces mandó a sus nuevos súbditos que comenzaran una guerra para destruir la Iglesia de Dios y sojuzgar al pueblo. Miles de personas sufrieron una violencia innecesaria sólo porque un hombre quiso obtener poder sobre otros (véase Alma 2).

Zerahemna, un caudillo lamanita, agitó a su pueblo contra los nefitas para lograr someterlos al cautiverio; se desató una guerra y no pudieron contar a los muertos debido al gran número de ellos (véase Alma 43:6–8, 37; 44:21).

Amalickíah, desertor nefita, se valió del engaño, la violencia y la guerra en su empeño personal por lograr el poder. Esclavizó a los nefitas, y sufrieron guerras y violencia durante los cinco años siguientes (véase Alma 46–48).

Cuando los ciudadanos permiten que la maldad prospere

Nefi enseñó que diversos grupos de personas fueron “destruidos de generación en generación, según sus iniquidades” (2 Nefi 25:9). El capitán Moroni aseguró a los de su pueblo que no serían destruidos a menos que ellos mismos lo provocaran por sus transgresiones (véase Alma 46:18). Y Mormón explicó: “…han sido sus riñas y sus contenciones [las de los nefitas], sí, sus asesinatos y sus robos, su idolatría, sus fornicaciones y sus abominaciones que había entre ellos, lo que les trajo sus guerras y sus destrucciones” (Alma 50:21).

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    Notas

  1.   1.

    Thomas S. Monson, “El poder del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2011, pág. 66.

  2.   2.

    Gordon B. Hinckley, “El vivir durante el cumplimiento de los tiempos”, Liahona, enero de 2002, pág. 4.

  3.   3.

    Ezra Taft Benson, “El Libro de Mormón: La [piedra] clave de nuestra religión,” Liahona, enero de 1987, pág. 4.

  4.   4.

    Hay por lo menos cincuenta y seis pasajes del Libro de Mormón que enseñan cómo el Señor libró a la gente de la guerra y de otras situaciones peligrosas.

  5.   5.

    Véase Russell M. Nelson, “Afrontar el futuro con fe”, Liahona, mayo de 2011, pág. 35.

  6.   6.

    Hay por lo menos treinta y cinco pasajes de Escritura, incluso once en el Libro de Mormón, que muestran que el Señor permite que haya guerra y desastres naturales para ayudarnos a que nos acordemos de Él.

  7.   7.

    Véase Joseph B. Wirthlin, “La búsqueda de un puerto seguro”, Liahona, julio de 2000, pág. 71.

  8.   8.

    Ezra Taft Benson, en Conference Report, abril de 1950, pág. 146.

  9.   9.

    Neal A. Maxwell, “Rodeados por ‘los brazos de [Su] amor’”, Liahona, noviembre de 2002, pág. 17.

  10.   10.

    Gordon B. Hinckley, “Los tiempos en los que vivimos”, Liahona, enero de 2002, pág. 86.