Larry R. Lawrence
“Nací de buenos padres y recibí, por tanto, alguna instrucción en toda la ciencia de mi padre” (1 Nefi 1:1).

A los seis años estaba teniendo mucha dificultad para aprender a leer. Mi maestra dijo que tendría que repetir el primer grado. Al oír eso, mi padre se preocupó, de modo que cada noche después de cenar, practicaba la lectura conmigo. Papá lo hacía como un juego para que yo me mantuviera interesado. Al poco tiempo, yo ya reconocía palabras cuando las veía, y papá me premiaba con elogios y ánimo. Pasamos horas leyendo juntos, y mi destreza para leer mejoró.

Mi maestra decidió pasarme al segundo grado. Papá estaba orgulloso de mí; él siempre se interesaba sobre mi progreso en la escuela. Para Navidad, me compraba libros que sabía que me gustarían.

Unos meses después de que terminé la escuela secundaria, mi padre falleció de cáncer. Él no vivió para verme graduar de la universidad ni de la facultad de Medicina, pero vivió lo suficiente para saber que yo había aprendido a que me encantara leer, lo cual le dio mucha satisfacción.

Mi familia y yo no éramos miembros de la Iglesia. Un día, mientras asistía a la facultad de Medicina, saqué un libro de la biblioteca titulado Una obra maravillosa y un prodigio. Lo había escrito el élder LeGrand Richards, un apóstol. El libro hablaba en cuanto a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Leí el libro una y otra vez; lo estudié y oré en cuanto a él. El libro me preparó para unirme a la Iglesia unos meses más tarde.

Después de que me bautizaron, me enteré de que podía ir al templo y bautizarme por mi padre. Él había marcado una diferencia enorme en mi vida y, finalmente, yo podía hacer algo especial por él para agradecerle todo lo que había hecho por mí.

Todavía me encanta leer. El regalo que mi padre me dio bendice mi vida todos los días cuando leo las Escrituras y las palabras de los profetas.