El ejército más poderoso


Planeaba llegar a ser un oficial del ejército pero, cuando pensé en mi futuro, recordé la pregunta de mi madre: “¿Cuándo planeas servir en una misión de tiempo completo?”.

Desde que era pequeño, me fascinaban los relatos de los líderes de la Iglesia que habían servido en las fuerzas armadas. Muchos de ellos han sido héroes de guerra y grandes ejemplos de valor y de humildad en sus países de origen. Sus experiencias me inspiraron a participar en el ejército de mi país.

Cuando tenía trece años, ingresé en una escuela conocida por su estricta disciplina militar y su riguroso entrenamiento de infantería. Mi horario era agotador; con frecuencia estaba tan exhausto al final del día que el estudio diario de las Escrituras y la participación en seminario parecían imposibles.

Al cursar el segundo año en dicha escuela, ya había hecho planes para mi vida: a los dieciocho años, al terminar la secundaria, iría directamente a la escuela de oficiales y me graduaría cuatro años después como oficial del ejército guatemalteco. Todos mis deseos y mis sueños parecían estar haciéndose realidad.

Un día le dije a mi madre mis planes y ella me preguntó: “¿Cuándo planeas servir en una misión de tiempo completo?”. A partir de ese día su pregunta acudía a mi mente cada vez que pensaba en el futuro.

Aunque todavía tenía un horario riguroso, comencé a mostrar más interés en mi preparación espiritual. Empecé a asistir a seminario, a salir a trabajar con los misioneros de tiempo completo y a participar en las actividades de la Iglesia. Siguiendo el consejo de mi hermano mayor, que prestaba servicio en una misión de tiempo completo, también empecé a leer el Libro de Mormón.

Cuando me entrenaba para ser paracaidista, todos los días teníamos un entrenamiento sumamente intenso. Volvíamos a los barracones casi arrastrándonos, pero siempre encontraba la fuerza para leer el Libro de Mormón. Leer las Escrituras a diario fortaleció mi espíritu y me ayudó a continuar con el entrenamiento.

Una noche, varios de mis amigos se juntaron alrededor de mi cama para hacerme preguntas acerca del Libro de Mormón y de la Palabra de Sabiduría. Era mi oportunidad de ser la mejor clase de soldado: uno que defiende la verdad y trae libertad mediante un testimonio firme y convincente del Libro de Mormón.

Cuando cumplí los diecinueve años, me uní otra vez a un ejército: el ejército de Dios, el ejército más poderoso de todos. Tuve el privilegio de estar hombro a hombro con los valientes élderes y hermanas de Sión en el batallón de la Misión México Puebla. Vestidos con la armadura de Dios, proclamamos el Evangelio y luchamos por la libertad con valentía y fortaleza.

Estamos luchando contra las huestes de la oscuridad, pero la victoria es de Dios. Quiero seguir siendo un soldado valiente, reclutado para nuestro Rey. Tenemos armas poderosas: el Libro de Mormón, el Espíritu Santo y la plenitud del Evangelio. Nos guían a la victoria profetas vivientes; si nos entrenamos y preparamos para la venida de nuestro Salvador Jesucristo, Él nos dará coronas de honor en la gloria celestial.