Hasta la próxima

¿Cuánto valgo?


El comprador decide si un artículo vale lo que cuesta.

¿Cuánto valgo?

Después de pasar cuatro años sin televisor, y seis más con televisores que otras personas habían desechado, mi esposa y yo finalmente decidimos comprar uno nuevo. Debido al costo, comparamos meticulosamente los modelos, las marcas, las características y los precios antes de comprarlo. Curiosamente, no sólo salí de allí con un televisor, sino con una importante perspectiva en cuanto a determinar la valía personal.

La experiencia nos enseña que lo que valemos se mide por comparación: con nuestros hermanos, compañeros de clase, personas de nuestra edad y compañeros de trabajo. No obstante, mientras que parece sensato determinar el valor haciendo comparaciones al comprar un televisor, en la vida, los televisores somos nosotros.

El compararnos con los demás para determinar lo que valemos parece ser tan sensato como el que un televisor mire a los otros que hay en la tienda y desee medir cuarenta pulgadas en vez de veintisiete. No tiene sentido, porque ¿“quién de vosotros podrá, afanándose, añadir a su estatura un codo” (Mateo 6:27) o una pulgada al tamaño de la pantalla del televisor? El apóstol Pablo advirtió que los hombres “midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, no son juiciosos” (2 Corintios 10:12).

También debemos prestar poca atención a aquellas personas que hacen las comparaciones por nosotros y nos dicen lo que ellos piensan que valemos. A pesar de que el comerciante tenga control sobre el costo de un televisor, dicho comerciante no determina el valor del aparato.

He aquí la clave: es el cliente el que examina el precio, evalúa el producto y decide si vale lo que cuesta. Y, en esta vida, hay únicamente un Comprador de importancia.

Nuestro Salvador Jesucristo evaluó “el producto”: nosotros, tanto colectiva como individualmente. Él sabía de la profunda iniquidad que caracterizaría a la familia humana1. Él comprendía el terrible e inestimable precio que Él tendría que pagar, “padecimiento que hizo que [Él], Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18).

Sabiendo todo eso, aún así Él decidió que yo valía la pena.

No importa cuán inferior me considere en comparación con los demás, no importa la poca valía que los demás vean en mí, Jesús consideró que yo valía el precio que Él tuvo que pagar.

El atacar nuestra valía personal es una de las tácticas más sutiles pero más siniestras de Satanás. Para mí, es esencial creer que el Hijo de Dios murió no sólo por los pecados del mundo, sino que murió por mis pecados. Si el adversario puede hacerme creer lo contrario, mi duda quizás me impida buscar la gracia expiatoria del Salvador y volver a Su presencia.

Si tienes dudas de lo que vales, acude al Comprador para conseguir la única evaluación del producto que realmente importa. “Podemos rogar a Dios con confianza que nos haga sentir el amor del Salvador por nosotros”, dijo el presidente Henry B. Eyring, Primer Consejero de la Primera Presidencia. “…Él nos amó a nosotros… lo suficiente para pagar el precio de todos nuestros pecados”2.

El tener fe en ese amor permite que el Redentor nos cambie la vida y que Él se lleve Su compra a casa.

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    Notas

  1.   1.

    Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 432--433.

  2.   2.

    Henry B. Eyring, “Hijos y discípulos”, Liahona, mayo de 2003, pág. 31.