Cómo sobrevivir en territorio enemigo

De un discurso de la transmisión del centenario de Seminarios que se llevó a cabo el 22 de enero de 2012.


Boyd K. Packer

Celebramos 100 años de seminario en la Iglesia. Conservo el hilo de un recuerdo que se remonta a los primeros días cuando los recursos para este programa eran muy escasos.

A partir de aquellos humildes comienzos, ahora tenemos 375.008 estudiantes en las clases de seminario en 143 países, con más de 38.000 voluntarios y maestros de tiempo completo en todo el mundo. Invertimos mucho en nuestra juventud; sabemos lo que valen y cuál es su potencial.

La sabiduría los ayudará a combatir al enemigo

Hablo como alguien que ha visto el pasado y desea prepararlos para el futuro.

Ustedes están creciendo en territorio enemigo. Cuando lleguen a ser espiritualmente maduros, entenderán cómo el adversario se ha infiltrado en el mundo que los rodea. Él se ha introducido en los hogares, el entretenimiento, los medios de comunicación, el lenguaje; en todo lo que los rodea. En la mayoría de los casos, su presencia pasa desapercibida.

Me gustaría decirles aquello que sea de mayor valor y más anhelado. En las Escrituras dice: “Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría”; y yo añadiría: “y con todo lo que adquieras, [¡ponte en marcha!]” (véase Proverbios 4:7). Yo no tengo tiempo que perder y ustedes tampoco, así que: ¡escuchen con atención!

Recuerdo muy claramente el momento en el que decidí ser maestro. Durante la Segunda Guerra Mundial tenía unos 20 años y era piloto de la Fuerza Aérea. Estaba estacionado en la pequeña isla de Ie Shima, una isla pequeña y aislada del tamaño de un sello postal, ubicada a corta distancia del extremo norte de Okinawa.

Una solitaria tarde de verano, me senté en un acantilado para ver la puesta de sol. Me preguntaba qué haría con mi vida después de la guerra si tenía la suerte de sobrevivir. ¿Qué quería ser? Fue esa noche que decidí que quería ser maestro. Concluí que los maestros siempre están aprendiendo; y el aprendizaje es un objetivo básico de la vida.

Enseñé en seminario por primera vez en 1949, en Brigham City. Yo había sido estudiante en ese seminario cuando asistía a la escuela secundaria.

Originalmente, se impartían tres cursos en seminario: el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, e Historia de la Iglesia. Tuve el privilegio de agregar una clase de seminario matutino sobre el Libro de Mormón. Yo había regresado de la guerra con un testimonio del Libro de Mormón y con la comprensión de cómo funciona el don del Espíritu Santo.

El don del Espíritu Santo los protegerá en territorio enemigo

A lo largo de toda su vida se les ha enseñado en cuanto al don del Espíritu Santo, pero la enseñanza solamente llega hasta cierto punto. Ustedes pueden y, de hecho, deben recorrer el resto del camino por ustedes mismos para descubrir en lo profundo de su ser cómo el Espíritu Santo puede ser una influencia guiadora y protectora.

Para los hombres y las mujeres jóvenes, el proceso es el mismo. El descubrir cómo obra el Espíritu Santo en sus vidas es la búsqueda de toda una vida. Una vez que lo hayan descubierto por ustedes mismo, podrán vivir en territorio enemigo y no ser engañados ni destruidos. Ningún miembro de esta Iglesia, y eso incluye a cada uno de ustedes, cometerá un error serio sin que primeramente reciba una advertencia por medio de los susurros del Espíritu Santo.

A veces, cuando han cometido un error, es posible que hayan dicho: “Sabía que no debí haber hecho eso. No me sentía bien al respecto”, o tal vez: “¡Sabía que debería haber hecho eso; simplemente no tuve el valor de hacerlo!”. Esas impresiones son el Espíritu Santo que intenta dirigirlos hacia el bien o prevenirlos para evitar que sufran daño.

Hay ciertas cosas que no deben hacer a fin de que las líneas de comunicación permanezcan abiertas. No pueden mentir, engañar, robar ni actuar de manera inmoral y mantener esos canales libres de interrupción. No vayan donde el ambiente impida la comunicación espiritual.

Deben aprender a procurar el poder y la guía que tienen a su disposición, y luego seguir el curso indicado pase lo que pase.

En su lista de “cosas para hacer”, pongan primero la palabra oración. La mayor parte del tiempo, sus oraciones serán en silencio. Se puede hacer una oración en la mente.

Pueden tener siempre una línea directa de comunicación con su Padre Celestial. No permitan que el adversario los convenza de que en el otro extremo nadie está escuchando; sus oraciones siempre se escuchan; ¡nunca están solos!

Cuiden su cuerpo. Sean limpios. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).

Lean con atención las promesas que se encuentran en la sección 89 de Doctrina y Convenios. La Palabra de Sabiduría no promete salud perfecta, sino que los receptores espirituales dentro de ustedes se fortalecen.

Eviten los tatuajes y cosas similares que desfiguren su cuerpo. Su cuerpo fue creado a imagen de Dios.

El consejo profético enseña lo que es verdad

Ahora quiero hablarles claramente sobre otro asunto.

Sabemos que el sexo de la persona se estableció en el mundo premortal1. “El espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15). La cuestión de la identidad sexual es de gran preocupación para las Autoridades Generales, como lo son todos los asuntos que atañen a la moral.

Algunos de ustedes han tenido sentimientos conflictivos, o se les ha dicho que nacieron con ellos, y que no son culpables si se dejan llevar por esas tentaciones. Doctrinalmente, sabemos que si eso fuera cierto, el albedrío de ustedes se habría eliminado, y eso no puede suceder. Siempre tienen la opción de seguir la inspiración del Espíritu Santo y de vivir una vida moralmente pura y casta, una vida llena de virtud.

El presidente Gordon B. Hinckley anunció lo siguiente en una conferencia general: “La gente nos pregunta acerca de nuestra posición con respecto a aquellos que se consideran ‘gays’ o lesbianas. Mi respuesta es que los amamos como hijos e hijas de Dios; puede que tengan ciertas inclinaciones que son poderosas y que sean difíciles de dominar. La mayoría de la gente tiene [tentaciones] de una u otra clase en diferentes épocas. Si ellos no actúan de conformidad con esas inclinaciones, entonces pueden seguir adelante como todos los demás miembros de la Iglesia. Si violan la ley de castidad y las normas morales de la Iglesia, entonces están sujetos a la disciplina de la Iglesia, tal como los demás.

“Queremos ayudar a esas personas, fortalecerlas, auxiliarlas en sus problemas y socorrerlas en sus dificultades; pero no podemos permanecer sin hacer nada si se entregan a actividades inmorales, si intentan sustentar, defender y vivir lo que llaman un matrimonio de personas del mismo sexo. Permitir semejante cosa sería restarle importancia tanto a la sumamente seria y sagrada base del matrimonio autorizado por Dios como al propósito mismo de éste, que es el de tener hijos”2.

El presidente Hinckley habló para la Iglesia.

Utilicen su albedrío para mantener o recuperar el terreno seguro

El primer don que Adán y Eva recibieron fue el albedrío: “…podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido” (Moisés 3:17).

Ustedes tienen ese mismo albedrío; utilícenlo con sabiduría para evitar ceder a cualquier impulso impuro o tentación pecaminosa que pueda entrar en su mente. No se pongan en esa situación y, si ya están allí, salgan de ella. “Absteneos de toda impiedad” (Moroni 10:32).

No manipulen indebidamente los poderes de su cuerpo por medio de los cuales se da vida, ni ustedes solos ni con otras personas de cualquiera de los dos sexos. Ésa es la norma de la Iglesia y no va a cambiar. A medida que vayan madurando, existe la tentación de experimentar o explorar actividades inmorales. ¡No lo hagan!

La palabra clave es disciplina, autodisciplina. La palabra disciplina viene de la palabra discípulo o seguidor. Sean discípulos o seguidores del Salvador y estarán a salvo.

Uno o dos de ustedes pueden estar pensando: “Ya soy culpable de éste o aquel otro grave error. Es demasiado tarde para mí”. Nunca es demasiado tarde.

En sus hogares y en seminario se les ha enseñado acerca de la expiación de Jesucristo. La Expiación es como una goma de borrar; puede borrar la culpa y el efecto de lo que sea que esté causando que se sientan culpables.

La culpa es el dolor espiritual. No sufran de dolor crónico; desháganse de él; acaben con él. Arrepiéntanse y, si es necesario, arrepiéntanse una y otra y otra y otra vez hasta que ustedes, y no el enemigo, estén en control.

La paz duradera se logra al arrepentirse con frecuencia

La vida resulta ser una sucesión de ensayos y errores. Agreguen “arrepentirse con frecuencia” a su lista de cosas para hacer. Eso les traerá la paz duradera que no se puede comprar a ningún precio terrenal. El comprender la Expiación tal vez sea la verdad más importante que puedan aprender en su juventud.

Si se están relacionando con otras personas que los arrastran hacia abajo en vez de elevarlos, dejen de frecuentarlas y cambien de compañías. A veces puede que estén solos y se sientan solos; la pregunta importante en ese caso sería: “Cuando están solos, ¿están en buena compañía?”.

Revertir un hábito que han permitido que los atrape puede ser difícil; pero el poder está en ustedes; no se desesperen. El profeta José Smith enseñó que todos los seres que tienen cuerpos “[tienen] dominio sobre los espíritus que no recibieron cuerpos”3. ¡Ustedes pueden resistir la tentación!

Es improbable que alguna vez tengan un encuentro personal con el adversario; él no se manifiesta de esa manera. Pero aun si viniese personalmente a probarlos y tentarlos, ustedes tienen una ventaja: pueden ejercer su albedrío y él tendrá que dejarlos en paz.

Aprovechen las bendiciones de seminario

Ustedes no son personas comunes y corrientes; son muy especiales; son excepcionales. ¿Cómo lo sé? Lo sé porque nacieron en una época y en un lugar donde pueden recibir el evangelio de Jesucristo a través de las enseñanzas y actividades de su hogar y de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es, como el Señor mismo ha dicho, “la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de la tierra” (D. y C. 1:30).

Hay otras cosas que podríamos añadir a la lista, pero ustedes saben lo que deben y no deben hacer en la vida. Ustedes saben lo que está bien y lo que está mal, y no necesitan que se les mande en todas las cosas.

No desperdicien estos años de instrucción en seminario. Aprovechen la gran bendición que tienen de aprender las doctrinas de la Iglesia y las enseñanzas de los profetas. Aprendan lo que es de mayor valor; eso los bendecirá a ustedes y a su descendencia por muchas generaciones futuras.

No pasarán muchos años antes de que se casen y tengan hijos, un matrimonio que debe ser sellado en el templo. Nuestro ruego es que, a su debido tiempo, lleguen a estar firmemente establecidos en un barrio o una rama de familias.

Vayan adelante con esperanza y fe

No teman al futuro; vayan adelante con esperanza y fe. Recuerden ese divino don del Espíritu Santo; aprendan a dejar que Él les enseñe; aprendan a buscarlo; aprendan a vivir de acuerdo con Su inspiración; aprendan a orar siempre en el nombre de Jesucristo (véase 3 Nefi 18:19–20). El Espíritu del Señor los acompañará y serán bendecidos.

Tenemos una fe inmensa y profunda en ustedes.

Comparto con ustedes mi testimonio, un testimonio que recibí en mi juventud. Ustedes no son mucho más diferentes de los demás que yo; tienen tanto derecho a ese testimonio y confirmación como cualquier otra persona. Vendrá a ustedes si hacen lo necesario para merecerlo. Invoco las bendiciones del Señor sobre ustedes: que la bendición de ese testimonio sea parte de su vida a fin de que los guíe a medida que se esfuercen por tener un futuro feliz.

Ver el discurso completo

Vea o escuche todo el discurso del presidente Packer en seminary.lds.org/history/centennial.

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    Notas

  1.   1.

    Véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, noviembre de 2010, pág. 129; véase también Moisés 3:5; Abraham 3:22–23.

  2.   2.

    Véase Gordon B. Hinckley, “¿Qué pregunta la gente acerca de nosotros?”, Liahona, enero de 1999, pág. 83.

  3.   3.

    Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 223.