Voces de los Santos de los Últimos Días

Voces de los Santos de los Últimos Días


Oré para pedir valor

Fy Tianarivelo, Madagascar

Mis padres son miembros de la Iglesia, pero no son muy activos. Eso a veces causa conflictos, porque ellos consideran que el tiempo en familia debe estar por encima de todo lo demás, por encima de ir a la capilla, magnificar mis llamamientos de la Iglesia y realizar otras actividades.

Como líder de la Primaria e integrante del coro del barrio, mis reuniones de la Iglesia a veces interfieren con mis deberes familiares. Cierto día en que me estaba preparando para asistir a la transmisión de la conferencia general en nuestro centro de reuniones de Antananarivo, mis padres me recordaron que teníamos invitados en nuestra casa.

“Tendrás que elegir entre tu familia y la Iglesia”, dijo mi madre. “O te quedas aquí y faltas a la conferencia, o vas a la conferencia y te enfrentarás a un castigo”.

Opté por no discutir con mi madre; en vez de ello, dediqué un momento para pedirle al Padre Celestial que me diera valor y fortaleza. También le pedí que me ayudara a saber qué hacer. ¿Debía quedarme en casa con mi familia o debía ir a la capilla y oír la voz del profeta?

Tan pronto como terminé la oración, sentí el Espíritu Santo; sentí que el Espíritu me instaba a decirle a mi madre cuán importante era para mí ir a escuchar al profeta. Sentí que debía decirle que recibiría consejos sabios, no sólo para mi vida actual, sino también para mi futuro.

Dios puede hacer cosas milagrosas; ablandó el corazón de mis padres y me dejaron ir a la conferencia general sin que me castigaran. Ésa fue una experiencia extraordinaria para mí; me confirmó la veracidad del pasaje de las Escrituras que dice: “Por el poder del Espíritu Santo [podremos] conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5).

Sé que si basamos nuestras acciones en los principios del Evangelio y escuchamos al Espíritu, siempre podemos ser felices con nuestras decisiones. Esta experiencia fortaleció mi testimonio de que Dios está pendiente de nosotros y de que el Espíritu Santo nos ayuda en nuestra vida.

Un lugar donde pertenezco

Dorota Musiał, Polonia

Antes de unirme a la Iglesia, mi vida estaba llena de desdicha. Tras el divorcio de mis padres cuando yo tenía siete años, mi padre fue a la cárcel. Mi madre era alcohólica y perdió todo lo que era importante para ella. A mí me mandaron a vivir con padres tutelares.

Debido a estas circunstancias, maduré mucho más rápido que muchos de mis compañeros. Nunca sentí que llegaría a encontrar mi lugar y por esa razón siempre estaba en estado de rebeldía. Cuando aún era muy joven, empecé a fumar y a hacer otras cosas que ahora entiendo que van en contra de la Palabra de Sabiduría. Tenía la seguridad de que estaba condenada a fracasar en la vida.

Lo único que me producía felicidad era ayudar a las personas, ya fuera limpiando con ellas o escuchando la historia de su vida. Deseaba desesperadamente que otras personas supieran que podían contar conmigo. Un año fui de vacaciones y conocí a una mujer mayor; decidí prestarle servicio simplemente escuchándola. Ella era cristiana y empezó a hablarme de religión.

Yo nunca había creído verdaderamente en Dios. En las ocasiones en que había pensado que quizá sí existía, le echaba la culpa de las cosas difíciles por las que había pasado. Sin embargo, a medida que esta mujer explicaba la importancia de la fe en Dios, comencé a sentir curiosidad. Antes de irme, ella dijo algo que me resultó especialmente interesante: “Los mormones siguen los mandamientos de Dios”.

Nunca había escuchado hablar de los mormones, así que fui a mi casa y empecé a buscar información en internet. Así llegué a mormon.org y encargué un ejemplar gratis del Libro de Mormón. Los misioneros me lo trajeron pocos días después.

No estaba segura de que pudiera empezar a creer en Dios, pero los misioneros me ayudaron a descubrir que no sólo podía creer en Él, sino que también podía llegar a conocerlo. Al comenzar a orar y a estudiar el Libro de Mormón, me encontré en medio de un hermoso trayecto en busca de la felicidad. Dejé de fumar; dejé de culpar a Dios y empecé a agradecerle las cosas buenas de mi vida. Llegué a saber que Su Hijo había sufrido por mis pecados y por todo el dolor que alguna vez había sentido. El 28 de octubre de 2007 fui bautizada en Su Iglesia.

Si no hubiera experimentado personalmente el cambio de la desilusión a la felicidad, no lo creería posible. Actualmente me encanta el llamamiento que tengo en la Primaria y estoy agradecida por haber tenido la oportunidad de ayudar a organizar un proyecto de servicio para una conferencia de jóvenes adultos solteros en Polonia. El ayudar regularmente a otras personas por medio del servicio en la Iglesia ha aumentado la felicidad que encontré en el evangelio de Jesucristo. Todo lo que hago ahora, lo hago con amor puro gracias a Jesucristo. Creo que la vida es hermosa y que, a pesar de los desafíos que tengamos, si seguimos al Salvador, no estaremos perdidos.

La mujer que conocí tenía razón: tener fe en Dios es esencial. No podemos encontrar nuestro lugar en este mundo a menos que lo conozcamos a Él. Estoy agradecida de que finalmente tengo un lugar donde pertenezco.

Cuéntanos de tu Iglesia

Shauna Moore, Virginia, EE. UU.

En un viaje que hice para visitar a mi hermano, iba sentada en el fondo del avión, donde se sientan las azafatas. Las dos filas de asientos que hay allí están situadas frente a frente.

Me presenté a las personas que estaban sentadas a mi alrededor y luego mencioné que asistiría a la Universidad Brigham Young. Un hombre que iba sentado frente a mí dijo que su hija tenía un buen amigo que acababa de partir para servir en una misión de tiempo completo. Su hija sabía un poco sobre la Iglesia, pero él no sabía casi nada. La azafata en seguida declaró que ella no querría pertenecer a “esa iglesia” porque estaba en contra de las mujeres. El hombre dijo que él había escuchado algo similar: que las mujeres Santos de los Últimos Días eran consideradas inferiores a los hombres, que no podían tener el sacerdocio ni presidir reuniones y que los hombres dominaban la Iglesia.

Entonces, volviéndose a mí, preguntó: “¿Qué piensas al respecto?”. Las siete personas me miraron y se quedaron esperando.

El corazón me empezó a latir con fuerza. De pequeña había memorizado los Artículos de Fe precisamente para una ocasión como ésta, y cuando era adolescente y joven adulta había practicado expresar mi testimonio de la visión de José Smith y del Libro de Mormón. Sin embargo, no tenía ni la más remota idea de cómo responder a la pregunta de ese hombre. Oré en silencio al Padre Celestial para que me guiara.

Entonces dije las primeras palabras que me vinieron a la mente: “Es que ustedes no saben acerca de la Sociedad de Socorro”. La expresión en sus rostros indicaba que no lo sabían.

“El sacerdocio funciona conjuntamente con las mujeres, y todas ellas pertenecen a la Sociedad de Socorro”, expliqué. “Hay una presidenta de la Sociedad de Socorro que dirige las actividades de las mujeres de la Iglesia en todo el mundo. La responsabilidad de las mujeres es brindar afecto y caridad a la vida de los miembros, y en especial a la vida de sus familias”.

Las personas a mí alrededor me escucharon con atención.

“Vivimos en una época extraña en que las mujeres quieren actuar, pensar y ser como los hombres. Sin embargo, nosotros creemos que Dios divide las tareas. Nosotros esperamos que las mujeres sean líderes entre las mujeres y que compartan el liderazgo de su hogar. Los hombres se apoyan plenamente en el consejo de ellas en esas áreas. Éste es un equilibrio justo; es lo que hace que las organizaciones de nuestra Iglesia tengan éxito, al igual que nuestros hogares. Y realmente creemos que ni el hombre es sin la mujer, ni la mujer es sin el hombre ante el Señor (véase 1 Corintios 11:11). Nosotros creemos que uno no está completo sin el otro; no creemos que hayamos sido creados para competir unos con otros, sino para complementarnos mutuamente”.

Al terminar, me sentí bendecida. Sabía que las palabras que había pronunciado eran del Espíritu. Todos parecían satisfechos con mi explicación; entonces el hombre dijo: “Cuéntanos más acerca de tu Iglesia”.

Fue así que, durante las dos horas que siguieron, tuve la gozosa oportunidad de hablar sobre la Restauración, contestar preguntas y dar testimonio del Evangelio que amo.

¿Debía escoger el trabajo o la Iglesia?

Kenya Ishii, Japón

Mi esposa y yo nos casamos en 1981, en el Templo de Tokio, Japón. Al principio, la vida de casados no fue fácil. Estaba agradecido por tener un trabajo, pero nos resultaba difícil cubrir todos los gastos. Le pedimos al Padre Celestial que nos ayudara e hicimos todo lo posible para sobrevivir y pagar los diezmos. Sabíamos que si confiábamos en el Señor, Él proveería.

Cierta semana, mi esposa y un amigo me dieron el mismo recorte pequeño de un periódico. Era un anuncio para trabajar como maestro de inglés a jornada completa.

Envié mi currículum vítae a la compañía y me pidieron que fuera a tener una entrevista. Al final de la entrevista, el entrevistador me dijo: “En su currículum indicó que realizó trabajo voluntario como misionero de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Eso significa que usted va a la Iglesia los domingos, ¿verdad?. Si tuviera que escoger entre ir a la Iglesia o trabajar los domingos, ¿qué elegiría?”.

Fue una pregunta difícil, ya que necesitaba un trabajo mejor; pero tras meditarlo, respondí: “Iría a la Iglesia”.

Con un esbozo de sonrisa, el entrevistador dijo: “Bien, entiendo”. Luego me despidió con la promesa de que la compañía tomaría una decisión esa noche y que yo debía llamar para averiguar los resultados. Cuando salí del cuarto pensé que no había pasado la entrevista.

Más tarde esa misma noche, cuando se hizo hora de llamar, marqué el número de la compañía con gran temor.

“¿Qué puede decirme de los resultados de la entrevista?”, le pregunté a la secretaria. “Me fue mal, ¿no es así?”

Su respuesta me dejó atónito pero feliz.

“Nos gustaría pedirle que trabaje para nosotros”, dijo.

Más o menos un mes después, me enteré de la razón por la que había conseguido el trabajo. La secretaria me explicó que el entrevistador era vecino de misioneros de tiempo completo Santos de los Últimos Días. Muchas veces había observado a los misioneros salir en sus bicicletas con mucha energía a trabajar por la mañana.

“Él consideró que usted, dado que pertenece a la misma Iglesia, se esforzaría tanto en su trabajo como los misioneros trabajan para la Iglesia”, dijo. “¡Qué suerte tuvo!”

Desde ese entonces nuestra familia siempre ha tenido lo que ha necesitado.

Cada vez que pienso en esa preciada experiencia, recibo ánimo y consuelo. Sé que Dios a menudo usa a otras personas para bendecir a Sus hijos. No encuentro las palabras adecuadas para expresar cuán agradecido me siento por la inspiración de mi esposa y de mi amigo al darme aquel recorte de diario, por aquellos misioneros que trabajaban arduamente y por su gran ejemplo, y por nuestro misericordioso, amoroso y bondadoso Padre Celestial que tiene el poder milagroso de consagrar nuestras experiencias para nuestro bien.