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Cómo enseñar sobre la castidad y la virtud


Matthew O. Richardson
Los padres pueden utilizar estas seis estrategias para enseñar a sus hijos acerca de la intimidad sexual.

Cómo enseñar sobre la castidad y la virtud

He tenido el privilegio de reunirme con jóvenes y jóvenes adultos de toda condición de vida y de todas partes del mundo. En una ocasión hablé con un grupo de adolescentes particularmente admirables sobre la virtud, la castidad y el vivir moralmente. Después de que les dije lo impresionado que estaba con sus comentarios, la confianza en sí mismos, su aspecto y su comportamiento, pregunté: “¿Cómo llegaron a tener la habilidad de expresar tan bien sus ideas, responder con tanta seguridad y sentirse tan cómodos con un tema tan delicado como éste?”. Sin vacilar, una jovencita dijo: “Tengo padres que enseñan”. Los demás asintieron con la cabeza. Esta experiencia, sencilla pero a la vez profunda, reafirma la influencia que los padres tienen en la vida de sus hijos, especialmente con respecto a su función de enseñar la virtud, la castidad, la intimidad sexual y las relaciones apropiadas.

Lamentablemente, es posible que muchos padres no estén enseñando a sus hijos en cuanto a asuntos sexuales tan bien como podrían. Por ejemplo, al realizar una encuesta entre más de 200 jóvenes solteros Santos de los Últimos Días activos, descubrí que solamente un 15 por ciento consideraba a los padres como la fuente principal de información sobre asuntos sexuales. Esos jóvenes miembros dijeron que aprendieron sobre este importante tema principalmente de amigos o compañeros, de internet, de los medios de comunicación, de los espectáculos, de libros de texto, de familiares o de líderes de la Iglesia.

Naturalmente, no es un tema que sea fácil de enseñar, pero creo que los padres son los mejores maestros para transmitir esos principios tan sagrados. Las siguientes estrategias les serán de ayuda para desarrollar principios y prácticas sencillas, eficaces y perdurables que fomenten el aprendizaje y la enseñanza eficaces, especialmente al enseñar a los hijos a vivir vidas virtuosas y castas.

La enseñanza y el aprendizaje se deben iniciar a temprana edad. Los padres que enseñan eficazmente a sus hijos sobre temas sexuales comprenden que la mayoría de los niños se encuentran con ese tipo de temas a una edad mucho más temprana de lo que ellos o sus padres esperan o desean. Muchos niños quedan expuestos a temas sexuales en internet cuando tienen sólo once años, y algunos aun antes. Los lugares donde se presentan espectáculos, los eventos deportivos, la publicidad e incluso los medios sociales de comunicación están cada vez más saturados de imágenes e insinuaciones sexuales.

Algunos padres preguntan acertadamente: “¿Cuándo debo empezar a hablar sobre asuntos sexuales?”. Eso depende de la edad y la madurez del niño, y de la situación específica. La guía espiritual se recibirá cuando los padres, con oración y atención, observen el comportamiento de sus hijos, deliberadamente los escuchen y tomen el tiempo para considerar y discernir cuándo enseñarles y qué enseñar. Por ejemplo, recuerdo que mi hijo me hizo preguntas acerca de anatomía cuando apenas tenía cinco años y, aunque me puse un poco nervioso, era obvio que era el momento propicio para hablar. Sin embargo, mientras pensaba cómo responder, me pareció claro que ése no era el momento adecuado para hablarle de todo lo relacionado con el sexo.

La enseñanza y el aprendizaje deben ocurrir con frecuencia. El aprender es un proceso más bien que un evento único. Cuando a los niños se les enseña en cuanto a la intimidad sexual u otros asuntos similares, la gente muchas veces se refiere a ello como “la conversación”. Ya sea en forma intencional o no, ese término supone que los padres enseñan ese tema en una sola conversación, lo cual no es la mejor manera de que el niño aprenda. El Salvador enseñó que aprendemos “línea por línea, precepto por precepto” (2 Nefi 28:30). Tendremos más éxito enseñándoles si volvemos a hablar sobre el tema con nuestros hijos a medida que crezcan y maduren. Los padres que entienden este principio se preparan mental, emocional y espiritualmente para enseñar a sus hijos en cuanto a temas relacionados con el sexo durante la niñez y la adolescencia.

El aprendizaje y la enseñanza eficaces dependen de la relación que existe entre el maestro y el discípulo. Cuando hay que enseñar a los hijos temas relacionados con el sexo, la mayoría de los padres se preocupa casi exclusivamente sobre qué deben decir. A pesar de que eso es importante, la enseñanza y el aprendizaje eficaces van más allá de hablar e informar sobre el tema. De hecho, la manera en que los padres aborden el tema con sus hijos tal vez sea más importante que lo que en realidad digan. Los estudios realizados corroboran la conclusión de que los padres que tienen más influencia en los hijos al tratar asuntos sexuales son aquellos que se comunican con franqueza, expresan amor y preocupación, y participan activamente en la vida de sus hijos1.

Los comentarios que surgieron de la encuesta informal que realicé con jóvenes Santos de los Últimos Días se centraban en que deseaban que sus padres fueran más abiertos o estuvieran más dispuestos a hablar sobre asuntos relacionados con el sexo. Esos jóvenes adultos expresaron que no sólo deseaban que sus padres participaran más activamente en el proceso, sino que también deseaban que “hablaran con ellos, en vez de sólo dirigirse a ellos”. Añoraban conversaciones que fueran “naturales”, “normales”, “relajadas” y mucho menos “incómodas”. Esto debería motivar a los padres a esforzarse más por estar accesibles y dispuestos a hablar, y por actuar con naturalidad y comodidad ante un tema, una situación o incluso el momento en que deseen hablar. Si hay un precio que pagar para que los padres enseñen eficazmente a sus hijos en cuanto a las cosas que son de más importancia, ese precio ha de ser que los padres actúen de manera que ayude a sus hijos a sentirse cómodos y seguros para hablar de cualquier tema, especialmente los más personales.

La enseñanza y el aprendizaje son más eficaces cuando el tema es pertinente y real. Dependiendo de cómo abordemos el tema, el enseñar sobre la intimidad sexual puede parecer incómodo, poco realista, impráctico o incluso un sermón. Una clave para tener éxito es darse cuenta de que la mayoría de las preguntas y dudas que los hijos tienen son reacciones a situaciones y observaciones de la vida real. Al prestar atención a nuestros hijos, escucharlos y observarlos, discerniremos lo que tenemos que enseñar.

Por ejemplo, las películas, los estilos, las modas, los programas de televisión, la propaganda, o la letra de la música proporcionan suficientes oportunidades para hablar sobre normas morales. Otras oportunidades se presentarán a medida que observemos las relaciones e interacciones que nuestros hijos tienen con los demás, la forma en que ellos y sus compañeros se visten, el lenguaje que usan, cuánto influye en ellos su asociación con el sexo opuesto, así como las diversas interpretaciones de la castidad y de las normas morales de la comunidad. Hay bastantes oportunidades en la vida real para hablar con los hijos sobre la moral y la virtud.

Tal vez el aspecto más importante de la enseñanza en la vida real es cuando los padres ejemplifican la castidad, la modestia y la virtud en sus propias vidas. Los hijos estarán más dispuestos a escuchar y a seguir el consejo de sus padres cuando ese consejo se fundamente en los buenos ejemplos que ellos les den.

Lo contrario también es verdadero. Como dijo el élder Robert D. Hales, del Quórum de los Doce Apóstoles: “De muchas maneras, nuestras acciones son más elocuentes que nuestras palabras. El presidente Brigham Young (1801–1877) enseñó: ‘Debemos darles [a nuestros hijos] el ejemplo que queremos que imiten. ¿Nos damos cuenta de esto? ¡Con mucha frecuencia vemos que algunos padres exigen la obediencia, el buen comportamiento, palabras bondadosas, una apariencia agradable, una voz dulce y la atención de un hijo o hijos cuando ellos mismos están llenos de amargura y regaño! ¡Cuán contradictorio e irrazonable es esto!’ Nuestros hijos notarán tales contradicciones en nosotros y quizás hallen justificación para actuar de modo similar”2.

Los discípulos aprenden mejor cuando entienden lo que los maestros están enseñando. Hay muchos jóvenes y jóvenes adultos que expresan frustración porque sus padres, e incluso los líderes de la Iglesia, tienen la tendencia a usar “palabras en clave” y mensajes implícitos, los cuales producen más preguntas que respuestas y causan más tensión que alivio. Esto es especialmente cierto en lo que tiene que ver con temas sexuales.

Cuando era obispo de un barrio de jóvenes adultos solteros, con frecuencia me preguntaban lo que significaba “caricias impúdicas”. A los fieles miembros de mi barrio se les había enseñado que no debían participar en caricias impúdicas, pero nunca se les enseñó lo que eso significa en realidad. Les era difícil seguir instrucciones que no comprendían.

El presidente Marion G. Romney (1897–1988), Primer Consejero de la Primera Presidencia, explicó que no es suficiente enseñar de tal forma que todos entiendan, sino que también debemos enseñar de tal forma que nadie interprete mal3. En vez de hablar en clave o incluso con términos coloquiales, tendremos más éxito si utilizamos términos correctos y apropiados, lo cual fomenta el entendimiento y cultiva el respeto.

Tomen en cuenta la forma competente en la que el élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles, ha enseñado los principios y las normas morales; él dijo: “Toda intimidad sexual fuera de los lazos del matrimonio, o sea, todo contacto intencional con las partes sagradas y privadas del cuerpo de otra persona, ya sea vestido o sin ropa, es un pecado y está prohibido por Dios; también es una transgresión estimular intencionalmente esas emociones en tu propio cuerpo”4.

A fin de enseñar eficazmente, tenemos que asegurarnos de que aquellos a quienes enseñamos entiendan el mensaje. Hacer preguntas sencillas como las siguientes es de gran ayuda: “¿Responde esto tu pregunta?”, o “¿Te lo expliqué bien?”, o “¿Tienes alguna otra pregunta?”.

Los discípulos se convierten cuando los maestros relacionan el mensaje a principios y normas eternos. En vez de centrar nuestra atención únicamente en los hechos pertinentes a la reproducción humana, la instrucción eficaz del Evangelio se lleva a cabo cuando relacionamos esos hechos con los aspectos de la vida eterna. Por ejemplo, al hablar de nuestro cuerpo, podemos hablar sobre cómo un amoroso Padre Celestial creó nuestro cuerpo y sobre la forma en que debemos considerar Sus creaciones con respeto y de acuerdo con Sus expectativas.

Mientras que el mundo se hunde en la inmoralidad, aún hay esperanza para generaciones futuras. Esa esperanza se centra en que los padres dediquen sus mejores esfuerzos para enseñar a la nueva generación a ser virtuosa y casta. Los padres que enseñan a sus hijos a vivir de manera virtuosa y casta se esfuerzan por aumentar su conocimiento y mejorar su habilidad de enseñarles. Al hacerlo, llegan a saber que “el Señor [los magnificará] a medida que [enseñen] de la manera que Él ha mandado”. Después de todo, ésta es “una obra de amor, una oportunidad para ayudar a otros a fin de que ejerzan correctamente su albedrío, vengan a Cristo y reciban las bendiciones de la vida eterna”5.

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    Notas

  1.   1.

    Véase Bonita F. Stanton y James Burns, “Sustaining and Broadening Intervention Effect: Social Norms, Core Values, and Parents”, en Reducing Adolescent Risk: Toward an Integrated Approach, editado por Daniel Romer, 2003, págs. 193–200.

  2.   2.

    Véase Robert D. Hales, “Nuestro deber como padres hacia Dios y hacia la nueva generación”, Liahona, agosto de 2010, pág. 74.

  3.   3.

    Véase Jacob de Jager, “Para que no haya malas interpretaciones”, Liahona, febrero de 1979, pág. 101.

  4.   4.

    Véase Richard G. Scott, “Preguntas serias, respuestas serias”, Liahona, septiembre de 1997, pág. 31.

  5.   5.

    La enseñanza: El llamamiento más importante, 1999, pág. 4.