Llegar a ser un verdadero discípulo


Daniel L. Johnson
Al obedecer Sus mandamientos y servir a nuestros semejantes, llegamos a ser mejores discípulos de Jesucristo.

Aquellos de nosotros que hemos entrado en las aguas del bautismo y recibido el don del Espíritu Santo hemos hecho convenio de que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo o, en otras palabras, declaramos que somos discípulos del Señor. Renovamos ese convenio cada semana al participar de la Santa Cena, y demostramos ese discipulado mediante el modo de vivir. Tal discipulado se demostró de manera bella en algunos acontecimientos recientes en México.

Había sido una hermosa primavera para las comunidades que cultivan fruta en el norte de México. Los árboles frutales estaban en plena floración y había gran expectativa de una cosecha abundante. Ya se había planificado pagar los préstamos, reemplazar los equipos que se necesitaban y las plantaciones antiguas, y cumplir obligaciones personales como el pago de matrículas escolares de los miembros de la familia; incluso se habían planificado las vacaciones familiares. Había un clima general de optimismo. Entonces, en la tarde de un lunes a finales de marzo, llegó una tormenta invernal y empezó a nevar. Nevó hasta cerca de las tres de la madrugada. Luego, al retirarse las nubes, la temperatura bajó de golpe. Durante toda la noche y temprano por la mañana, se intentó todo para salvar al menos una parte de la cosecha de fruta pero fue inútil. Había hecho demasiado frío y los cultivos se congelaron por completo. No habría fruta para cosechar y vender ese año. El martes amaneció con la desagradable y desalentadora pérdida de todos esos maravillosos planes, expectativas y sueños de apenas el día anterior.

Recibí un correo electrónico concerniente a ese terrible martes por la mañana de Sandra Hatch, la esposa de John Hatch, en ese entonces primer consejero de la presidencia del Templo de Colonia Juárez, Chihuahua. Cito partes de ese mensaje: “John se levantó temprano, alrededor de las 6:30 h para ir al templo a ver si se debía cancelar la sesión de esa mañana. Al regresar, dijo que el estacionamiento y la calle estaban despejados, por lo que decidimos continuar. Imaginamos que quizás vendrían algunos de los obreros que no tenían plantaciones y que podríamos ubicarlos a todos en la sesión… Fue muy inspirador verlos entrar, uno tras otro. Allí estaban, después de no haber dormido nada, y pensando que habían perdido los cultivos… Yo los miraba durante la reunión de preparación; les costaba trabajo mantenerse despiertos; pero en vez de pensar que tenían una buena excusa para no asistir, allí estaban. Y hubo treinta y ocho personas en la sesión (una sesión completa). Fue una mañana edificante para nosotros y dimos gracias al Padre Celestial por las buenas personas que cumplen con su deber, sin importar lo que ocurra. Sentí un espíritu especial allí esa mañana. Estoy segura de que “El estaba complacido de saber que amamos Su casa y sentíamos que era un buen lugar donde estar en una mañana tan difícil”.

Pero la historia no termina allí, y de hecho todavía continúa.

La mayoría de quienes perdieron la cosecha de fruta tenía algunos campos disponibles para plantar otros cultivos de temporada, como chiles (ajíes) o frijoles. Dichos cultivos podrían brindar al menos algunos ingresos, suficientes para sobrevivir hasta la cosecha de fruta del año siguiente. Sin embargo, un buen hermano y su joven familia no tenían otras tierras y afrontaba un año sin ingreso alguno. Otros miembros de la comunidad, al ver la situación calamitosa de ese hermano y por iniciativa y a expensas propias, se encargaron de conseguir algo de tierra, usaron sus propios equipos para prepararla y le proporcionaron las plantas de ají para que él las plantara.

Conozco a los hombres sobre los que acabo de hablar. Al conocerlos, no me sorprendió lo que hicieron. Pero quienes no los conozcan quizás se hagan dos preguntas; ambas comienzan con por qué: ¿Por qué asistir al templo para cumplir con sus deberes y para servir tras haber pasado toda la noche en vela, sólo para darse cuenta de que habían perdido la mayoría de los ingresos de todo el año? ¿Por qué usar los ahora escasos y muy valiosos recursos para ayudar a otra persona muy necesitada cuando ellos mismos estaban en tan graves aprietos económicos?

Si entienden lo que significa ser discípulos de Jesucristo, entonces conocerán la respuesta de las dos preguntas.

Hacer convenio de ser discípulos de Cristo es el inicio de un proceso de toda la vida y el sendero no siempre es fácil. Al arrepentirnos de nuestros pecados y esforzarnos por hacer lo que Él desea que hagamos y servir a nuestros semejantes como Él lo haría, inevitablemente llegaremos a ser más como Él. Llegar a ser más semejantes a Él y ser uno en Él son las metas y los objetivos supremos, y en esencia es la definición misma del verdadero discipulado.

Tal como el Salvador preguntó a Sus discípulos al visitarlos en el continente americano: “Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser?” y luego dijo en respuesta a Su propia pregunta: “En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).

Llegar a ser semejantes al Salvador no es tarea fácil, en especial en el mundo en que vivimos. Afrontamos obstáculos y adversidades literalmente cada día de la vida. Hay una razón para ello, y es uno de los principales propósitos de la vida terrenal; tal como leemos en Abraham 3:25: “Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”.

Esas pruebas varían en naturaleza e intensidad, pero nadie dejará esta existencia terrenal sin atravesarlas. Sobre todo, nos imaginamos las pruebas como la pérdida de una cosecha o del empleo; la muerte de un ser querido; las enfermedades; las incapacidades físicas, mentales o emocionales; la pobreza o la pérdida de amigos. Sin embargo, aun el logro de objetivos que al parecer valen la pena puede tener su propio riesgo del orgullo vano, en el que aspiramos más a los honores de los hombres que a la aprobación del cielo. Éstos pueden abarcar la popularidad mundana, el reconocimiento público, las proezas físicas, el talento artístico o deportivo, la prosperidad y las riquezas. En cuanto a estas últimas, algunos de nosotros quizás tengamos sentimientos similares a los que Tevye expresa en El violinista en el tejado: “¡Si las riquezas son una maldición, que Dios me hiera con ella y que jamás me recupere!”1.

Pero estos últimos tipos de pruebas pueden ser aún más desalentadores y peligrosos y más difíciles de vencer que los anteriores. Nuestro discipulado se cultivará y probará no por el tipo de pruebas que afrontemos, sino por cómo las sobrellevemos. Como nos ha enseñado el presidente Henry B. Eyring: “La gran prueba de esta vida es ver si daremos oído a los mandamientos de Dios y los obedeceremos en medio de las tormentas de la vida. No se trata tanto de soportar las tormentas como de hacer lo justo en medio de ellas. La gran tragedia de la vida es no superar esa prueba y, por tanto, no hacernos merecedores de regresar en gloria a nuestro hogar celestial” (“La preparación espiritual: Comiencen con tiempo y perseveren”, Liahona, noviembre de 2005, pág. 38).

Tengo el orgullo de ser abuelo de veintitrés nietos. Nunca dejan de sorprenderme con su entendimiento de las verdades eternas, aun en sus tiernos primeros años de vida. Mientras me preparaba para este discurso, le pedí a cada uno de ellos que me mandara una definición muy breve de lo que significa para ellos ser discípulo o seguidor de Jesucristo. Recibí respuestas maravillosas de todos ellos, pero me gustaría compartir con ustedes esta respuesta de Benjamin, de ocho años de edad: “Ser discípulo de Jesucristo significa ser un ejemplo; significa ser misionero y prepararse para serlo; significa servir a los demás; significa leer las Escrituras y orar; significa guardar el día de reposo; significa escuchar los susurros del Espíritu Santo; significa asistir a la Iglesia y al templo”.

Estoy de acuerdo con Benjamin. El discipulado tiene que ver principalmente con hacer y llegar a ser. Al obedecer Sus mandamientos y servir a nuestros semejantes, llegamos a ser mejores discípulos de Jesucristo. Al obedecer y someternos a la voluntad de Él, recibimos la compañía del Espíritu Santo, junto con bendiciones de paz, gozo, y seguridad que siempre acompañan al tercer miembro de la Trinidad. No se reciben de ningún otro modo. En definitiva, es mediante la total sumisión a Su voluntad que se nos ayuda a llegar a ser semejantes a nuestro Salvador. Una vez más, llegar a ser semejantes a Él y ser uno en Él son las metas y los objetivos supremos; y en esencia es la definición misma del verdadero discipulado.

El discipulado es lo que vi ejercerse en el Templo de Colonia Juárez y en sus campos cercanos, cuando los hermanos y las hermanas en la fe confirmaron sus compromisos para con Dios y el prójimo a pesar de adversidades estremecedoras.

Testifico que al obedecer Sus mandamientos, servir a los demás y someter nuestra voluntad a la de Él, ciertamente llegaremos a ser Sus verdaderos discípulos. Así lo testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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  1.   1.

    Véase Joseph Stein, Jerry Bock, Sheldon Harnick, El violinista en el tejado, 1964, pág. 61.