Para siempre Dios esté con vos


Thomas S. Monson
Si arraigamos los mensajes de los dos últimos días en nuestro corazón y en nuestra vida, seremos bendecidos.

Mis queridos hermanos y hermanas, hemos llegado al final de otra inspiradora conferencia general. En lo personal, he sido nutrido y elevado espiritualmente y sé que ustedes también han sentido el espíritu especial de esta conferencia.

Agradecemos sinceramente a todos los que han participado de algún modo. Las verdades del Evangelio se han enseñado y recalcado maravillosamente. Si arraigamos los mensajes de los dos últimos días en nuestro corazón y en nuestra vida, seremos bendecidos.

Como siempre, esta conferencia estará disponible en los próximos números de las revistas Ensign y Liahona. Los insto a leer los discursos una vez más y a meditar en los mensajes que ellos contienen. He descubierto en mi propia vida que obtengo aún más de estos sermones inspirados cuando los estudio en mayor profundidad.

Hemos tenido una cobertura sin igual de esta conferencia; ha llegado a través de los continentes y océanos a la gente de todas partes. Aunque estamos lejos de muchos de ustedes, sentimos su espíritu y les enviamos nuestro amor y gratitud.

A las Autoridades Generales que han sido relevadas en esta conferencia, permítanme expresarles un sincero agradecimiento de parte de todos nosotros por sus muchos años de servicio dedicado. Un sinnúmero de personas han sido bendecidas por sus aportes a la obra del Señor.

Hermanos y hermanas, acabo de celebrar mi cumpleaños número 85 y agradezco cada año que el Señor me ha concedido. Al reflexionar en las experiencias de mi vida, le agradezco las muchas bendiciones que me ha dado. Como dije en mi mensaje esta mañana, he sentido que Su mano dirige mi labor al esforzarme sinceramente por servirlo a Él y servirlos a todos ustedes.

El oficio de Presidente de la Iglesia exige mucho. Cuánto agradezco tener a mis dos fieles consejeros, quienes sirven a mi lado, están siempre dispuestos y son excepcionalmente competentes para ayudar en el trabajo que llega a la Primera Presidencia. Expreso mi agradecimiento también por los nobles hombres que son parte del Quórum de los Doce Apóstoles. Ellos trabajan infatigablemente en la causa del Maestro y con la ayuda inspirada de los miembros del Quórum de los Setenta.

Deseo honrarlos también a ustedes, mis hermanos y hermanas, dondequiera que se encuentren en el mundo, por todo lo que hacen en sus barrios y ramas, en sus estacas y distritos. Al cumplir de buen grado llamamientos cuando se les pide, ayudan a edificar el reino de Dios sobre la tierra.

Velemos siempre los unos por los otros, ayudándonos en tiempos de necesidad. No critiquemos ni censuremos, sino seamos tolerantes, siempre emulando el ejemplo de tierna bondad del Salvador. Del mismo modo, sirvámonos unos a otros con buena disposición. Supliquemos inspiración para saber las necesidades de los que nos rodean, y luego vayamos y brindemos ayuda.

Seamos de buen ánimo al vivir nuestra vida. Aunque vivimos en tiempos cada vez más peligrosos, el Señor nos ama y nos tiene presentes. Está siempre de nuestro lado cuando hacemos lo correcto. Nos ayudará en épocas de necesidad. Llegan dificultades a nuestra vida, problemas que no anticipamos y que jamás escogeríamos. Ninguno de nosotros está exento. El propósito de la vida mortal es aprender y crecer para ser más parecidos a nuestro Padre, y a menudo es durante tiempos difíciles cuando más aprendemos, aunque las lecciones nos duelan. Nuestra vida también puede estar llena de gozo al seguir las enseñanzas del evangelio de Jesucristo.

El Señor nos exhortó: “Confiad; yo he vencido al mundo”1. Cuánta felicidad debería darnos este conocimiento. Él vivió por nosotros y murió por nosotros. Pagó el precio de nuestros pecados. Emulemos Su ejemplo. Mostremos nuestra gratitud a Él al aceptar Su sacrificio y vivir de tal modo que seamos dignos de un día regresar a vivir con Él.

Como he dicho en conferencias anteriores, les agradezco las oraciones que ofrecen por mí. Las necesito; las siento. Nosotros, como Autoridades Generales, también los recordamos a todos ustedes y rogamos que reciban las más selectas bendiciones de nuestro Padre Celestial.

Ahora, mis amados hermanos y hermanas, entramos en receso por seis meses. Que Dios los acompañe hasta que volvamos a vernos en esa ocasión. En el nombre de nuestro Salvador y Redentor, sí, Jesucristo el Señor. Amén.