Adornos de Navidad y amigos que siguen a Cristo


Mary N. Cook

Al hacer preparativos para decorar nuestro árbol de Navidad, abrí una caja llena de decoraciones navideñas que no había visto ni usado por varios años. Conforme hurgaba entre las luces y mantelería navideñas, descubrí la caja de un vestido llena de adornos navideños que había juntado cuando era soltera y daba clases en la escuela. Encontré un sencillo adorno de punto de cruz que decía simplemente: “Casa abierta de Navidad, 1984”. De inmediato recordé aquel año; era soltera y con mucha aprensión me había mudado de un barrio de jóvenes adultos solteros a un barrio de familias.

Me encanta la época de Navidad, pero algunas Navidades habían sido muy solitarias para mí. Ya que tenía más de treinta años, estaba soltera y no tenía hijos, en ocasiones me sentía excluida. Era fácil compadecerme de mí misma y volver a caer en lo que yo llamaba el “síndrome pobrecilla de mí”. Ese año en particular, 1984, recuerdo haber tomado la decisión consciente de vencer ese síndrome, de mirar más allá de mí misma y ver lo que podría hacer para que los demás tuviesen una Navidad feliz.

Era relativamente nueva en el barrio y pensé que abrir las puertas de mi modesto apartamento a las integrantes de la Sociedad de Socorro para que vinieran a conocerme me ayudaría a celebrar las fiestas y a familiarizarme más con las hermanas.

Al rememorar aquella “casa abierta”, recordé el arbolito de Navidad decorado con los adornos de mi caja, el aroma de las galletas que mis amigas solteras me ayudaron a hornear y el dulce sabor del “refresco Navidad blanca” de mamá que serví a las invitadas.

Mientras miraba la variedad de adornos, el corazón se me colmó de tiernos sentimientos de amor y gratitud al pensar en las muchas amigas seguidoras de Cristo, jóvenes y mayores, que me amaron y aconsejaron a lo largo de tiempos difíciles.

Tomé el almidonado copo de nieve de macramé que me había tejido a ganchillo una mujer mayor y recordé su amorosa forma de ser. Pensé en las hermanas mayores de los muchos barrios donde había vivido que me habían transmitido su conocimiento. Aprendí a tejer a crochet y con dos agujas, a coser y hacer encaje, de esas dulces hermanas que estaban dispuestas a dar de su tiempo y en especial su paciencia para que yo pudiese disfrutar lo que ellas disfrutaban.

Sostuve una diminuta trompeta de bronce y pensé en la invitación de una talentosa directora de coro, cuando yo era adolescente, que me invitó a unirme a las prácticas de primera hora de la mañana para un programa musical especial. Su confianza inspiró en mí el amor por la música clásica y la confianza para participar en coros por el resto de mi vida.

Con una sonrisa, tomé el adorno del Ratón Mickey y me sentí agradecida por la pareja que compartió sus niños pequeños conmigo. Sus hijos llegaron a ser mis hijos: los cargaba en la capilla, les leía, jugaba con ellos y los amaba, ayudando así a llenar un vacío doloroso y profundo.

En Mateo 10:39, el Salvador nos enseñó: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”.

Aquella decisión consciente de 1984 de “perder mi vida” al mirar hacia mi exterior, ciertamente fue un momento decisivo para “hallarme” a mí misma. Al meditar sobre el pasado, me doy cuenta de que, a su vez, muchas personas habían seguido las palabras de nuestro Salvador y habían perdido sus vidas por mí. Los adornos de Navidad habían llegado a ser un dulce recordatorio de amigos que seguían a Cristo.